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El electricista detenido confiesa que él robo el Códice Calixtino

Se han hallado tres libros, una «caja B contable», donde el ladrón anotó todo el dinero que ha robado durante años; la cantidad es mayor que la recuperada

Día 06/07/2012 - 00.15h
FOTOS CEDIDAS POR EL CORREO GALLEGO

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Una treintena de investigados, desde las señoras de la limpieza de la catedral de Santiago a estudiosos de confianza, pasando por vigilantes de seguridad y antiguos empleados. Tras peinar ese elenco, en enero las pesquisas del Códice Calixtino se estrecharon en torno al electricista José Manuel Fernández Castiñeiras, Manolo, para quienes le trataban, después de descartar al resto. Un tipo hosco y cerrado que hasta anoche no admitió haber robado el manuscrito.

Tampoco el dinero: 1.100.000 euros en billetes usados -aunque se han hallado algunos pequeños fajos nuevos-, 30.000 en dólares y algunas monedas extranjeras en pequeña cuantía. Como recuerdo guardaba algún billete de 5.000 pesetas, según detalló ayer el comisario jefe de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (Udev), Serafín Castro.

«No me acuerdo»

«No me acuerdo. No lo sé». A esas negaciones se han limitado sus respuestas desde que fue detenido el martes cuando salía de su visita diaria a la catedral a primera hora de la mañana. No le importó que su mujer y su hijo le acompañaran después en el trance de comisaría, acostumbrado como está a proteger su botín. Y al amago de su hijo de abrir la boca lo fulminó con una mirada que cortó de cuajo cualquier ayuda.

Desde enero estaba en la diana de la Brigada de Patrimonio Histórico y sus agentes han tratado con él en varias ocasiones e, incluso, lo han acusado sin contemplaciones y sin resultado. «Manolo, has sido tú», le decían, y Manolo curtido en el silencio se limitaba a agachar la cabeza y a callar. Solo tuvo un desliz hace unos meses. «A ver si van a quemar el libro», fue la estratagema seguida y entonces sí, saltó como un muelle y respondió. «No, no, no está quemado». «La sospecha ya no era sospecha», ironizó el comisario. Castiñeiras tenía un motivo: su despido después de 25 años trabajando como electricista autónomo para la catedral.

Cuando el deán, José María Díaz, es nombrado para ese puesto intenta «regular determinadas situaciones anómalas», como era el caso del electricista. Esa expulsión no solo le suponía perder el trabajo, sino que lo apartaba de su alternativo modo de vida: conseguir miles y miles de euros de entre las paredes del templo saqueando sin que nadie le pusiera coto -se le han encontrado códigos de las cajas de seguridad-. Se resistió y entabló un litigio civil, aún no resuelto, con los responsables de la catedral que se negaron a pagarle los 40.000 euros que él reclama.

Llamada anónima

La Policía está convencida de que el robo del valiosísimo manuscrito se debe a una venganza por su despido, personalizada en el deán de la catedral, José María Díaz. El electricista no tenía la intención de vender el Códice, sino de perjudicar a quien era el responsable último de su custodia. No tuvo especiales dificultades para hacerlo, dado que asistía a diario a la catedral y conocía cada dependencia a la perfección (tenía llaves de muchas).

En febrero, en esta trama de intriga, venganzas, enemistades personales y dinero, surgió un nuevo episodio desconcertante. Una persona ajena, cuya identidad se mantiene en el anonimato, reveló un escondrijo a los investigadores: «Tienen que mirar en un cuartucho que hay subiendo por la torre, debajo hay una puerta y allí encontrarán cosas escondidas».

Los agentes volaron en busca del recoveco, esperanzados en que ese fuera el escondite del Códice. No lo encontraron, pero sí un montón de cables, enchufes y trastos inservibles. Entre ellos, hallaron un juego de llaves con una etiqueta escrita a mano que rezaba: «Llaves del archivo». Supieron que ese era el habitáculo utilizado en el pasado, y quizá todavía, por Manolo y descubrieron asimismo que esa letra menuda e inconfundible era la suya. Así que pese a que se proclamara que solo tres personas tenían la llave de la sala del Liber esa era una verdad más que a medias.

El Códice no estaba, no había ni rastro de él y, por tanto, la prudencia aconsejaba esperar. «Siempre he pensado que el libro nunca había salido de Santiago, incluso llegué a creer que ni siquiera de la catedral». En esa línea, apoyada e impulsada por el juez José Antonio Vázquez Taín, implicado como el que más, siguieron las pesquisas hasta principios de esta semana.

Mientras, se seguía cada paso, a diario las idas y venidas de Manolo al templo, su aparente concentrado rezo semiescondido, su misa diaria, su café rutinario, su paseo y su trabajo en la huerta. Cada detalle de su vida era escrutado. Hubo otro momento de tensión: los agentes descubrieron que el electricista que ya contaba con tres viviendas en propiedad, garajes y trasteros, estaba interesado en comprar un nuevo piso valorado en 300.000 euros. Supieron que tenía intención de pagarlo en efectivo, según su costumbre y saltaron las alarmas. Al final, la transacción no se llevó a cabo.

A esas alturas, ya se sabía que en 2008 había adquirido un ático, de unos 300.000 euros, en la cotizada playa de La Lanzada en El Grove (Pontevedra), adonde se escapaba desde entonces con su mujer María Remedios Nieto cada fin de semana. A principios de la década, compró otro piso justo enfrente del suyo para su hijo.

En ambos casos, el ahorrador electricista había pagado «a tocateja», según explicó el comisario Castro. La tercera vez pensaba hacer lo mismo. Había heredado algunas fincas, pero ninguna había sido vendida. La pregunta era obvia, mucho antes de que se hallaran los casi 1,2 millones de euros en sus propiedades: ¿de dónde salía tanto dinero, de una pensión de 400 euros? ¿De una vida de ahorro?

Documentos del despacho

«No conocemos la procedencia exacta del dinero, pero la vamos a averiguar», aseveró el comisario Castro sin querer ir más allá. Sí reconoció, porque ya lo había desvelado horas antes el deán a todo aquel que preguntó que hay documentos manuscritos por el propio detenido que hacen alusión a la procedencia del dinero. Se trata de tres libros, una especie de diario a modo de caja B contable en los que el minucioso Manolo anotaba todo lo que robaba y las fechas en las que lo hacía. En los libros figuran cantidades más altas que las encontradas por la Policía -entre 300.000 y 400.000 euros más- que puede haberlos gastado.

El deán, José María Díaz, admitió que ha estado robando a la catedral, sin más detalles. Tampoco contó que tardó bastante en denunciar que además del Códice faltaban documentos de su despacho y papeles con dos siglos de antigüedad. Solo lo denunció cuando la investigación ya estaba en marcha. Puntos oscuros que el comisario general de Policía Judicial, José Losada, apartó ayer. «Para los que somos gallegos el Códice Calixtino es una joya fundamental», zanjó.

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