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Día 15/01/2012 - 16.21h
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Con 25.000 incorporaciones el año pasado, España es uno de los seis países que más contribuyen a la Seguridad Social británica. El talento español busca refugio en Londres

fotos: david salas
Víctor Campos (30), ingeniero
Arnau Millet (30), diseñador gráfico
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Las cifras oficiales comienzan a reconocerlo tímidamente, pero en la calle ya se sabe. La España de la crisis vuelve a mirar al exterior. Y las familias, asustadas por el paro, debaten en la mesa las posibilidades de buscar trabajo en el extranjero. Las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística prevén que España volverá a ser un país de emigrantes toda esta década. Y calculan que más de medio millón han hecho las maletas solo en 2011 (el 90%, extranjeros). En el caso del Reino Unido, entre 2002 y 2004, unos 11.000 españoles se daban de alta cada año en la Seguridad Social británica (National Insurance). España figuraba entonces entre los diez países que más alimentaban las arcas del sistema, con India y Polonia (a partir de 2004) a la cabeza. Durante seis años, nuestro país desapareció del ranking, pero las últimas cifras publicadas por la Oficina Nacional de Estadística lo sitúan en sexta posición, con casi 25.000 nuevos contribuyentes el año pasado. Por primera vez, hay más altas de españoles que de franceses, un país con una colonia cercana al medio millón de habitantes que sumaba desde hace años 20.000 nuevos trabajadores inscritos cada año.

«¡Todo el mundo se viene a Londres!», nos dice Alicia Canales, una malagueña de 23 años que llegó con su novio en septiembre, después de terminar la carrera. «He pasado las Navidades en España, y muchísima gente ha decidido venirse», explica. Mientras terminaba el año pasado la carrera de Traducción e Interpretación en la universidad de Comillas en Madrid, convenció a su pareja para mudarse juntos. «En España, tal y como están las cosas, iba a ser difícil encontrar trabajo, pero además quería tener la experiencia de vivir fuera porque no me pude ir de Erasmus», explica a ABC. Su novio desde hace tres años, Carlos Cosín de Carvajal, llevaba dos trabajando como consultor en Price Waterhouse Coopers, y decidió sumarse a la aventura.

Ambos han tenido suerte. Una semana después de llegar a la capital británica, Alicia encontró trabajo de dependienta en Massimo Dutti. Tres semanas después, comenzó unas prácticas de tres meses en una gestoría de proyectos de traducción. «Es un sector muy poco desarrollado en Madrid, son intermediarios que organizan los equipos de traducción. Como no existía en Madrid, no veía las oportunidades que tenía, así que ahora se me ha abierto mucho la perspectiva», nos cuenta. Finalizado el periodo de prácticas, busca trabajo. «Noto que hay movimiento, te responden a los emails, me llaman para entrevistas... Veremos los planes de futuro en función de cómo nos vaya», dice. Su novio Carlos, madrileño de 25 años, encontró trabajo en el departamento de contabilidad de un «broker» financiero. «Ha encontrado lo que le gusta», nos dice su entusiasta novia: «No me voy a arrepentir nunca de haber venido».

Sin embargo, no hay final feliz garantizado a la aventura londinense. Y son muchos los españoles que han hecho el viaje de vuelta sin haber cumplido sus objetivos. En Londres sigue siendo fácil encontrar trabajo en la hostelería, pero la situación de cuasi recesión que atraviesa el Reino Unido dificulta en estos momentos la entrada en sectores de mayor cualificación. Ana Mellado, madrileña de 24 años, no ha perdido un ápice de la tenacidad y determinación que ya mostró durante la carrera de periodismo, y el posterior máster que realizó en 2009. Trabaja sirviendo pintas en un pub desde que llegó a Londres en noviembre de 2010, después debatir con varios compañeros «qué hacer con nuestras vidas».

Al principio, en un albergue

«Ni intentamos encontrar trabajo en España aunque, más que por huir del paro, decidimos venir por el idioma: hoy día sin el inglés no vas a ningún sitio», explica a ABC. Pasaron las tres primeras noches en un albergue. Después, se mudaron al piso de la prima de uno de sus acompañantes, donde había quedado un cuarto vacante. Cada vez más, los jóvenes españoles que llegan a Londres tienen conocidos o familiares que les facilitan el aterrizaje, aunque no siempre en las mejores condiciones. Ana y dos compañeros de viaje compartieron habitación durante semanas, durmiendo en un colchón de camping.

«Menos mal que mis padres no vieron cómo vivía. Nunca te planteas que vas a vivir así, tienes tu cuarto en la casa de tus padres, lo tienes todo, y de repente estás durmiendo en el suelo, hacinados en una casa donde había de todo, españoles, lituanos etc.», nos cuenta. «Pero merece la pena, prefiero estar así y poniendo copas que tener que levantarme cada día en Madrid sin saber qué es lo que te espera por delante». Ha firmado un contrato indefinido por el que cobra 6,08 libras (7,33 euros) la hora. Trabaja por las tardes, de lunes a viernes, de 3 a 10:30. Y busca cada día empleo más cualificado en Gumtree, el popular portal de anuncios clasificados. «Encontrar trabajo de camarero es facilísimo, en una semana tienes curro aunque no hables inglés», asegura. «El problema es que tengo amigas con varios másters, dos o tres idiomas, en situaciones parecidas. Da igual el currículum que tengas», se lamenta.

Las cifras facilitadas por la Embajada de España en Londres confirman el fuerte incremento del número de españoles afincados en el Reino Unido. En 2009 había 57.350 personas inscritas como residentes o transeúntes en el consulado en la capital británica. En 2011 ascendían ya a 68.668, casi un 20% más. «Hay un aumento muy significativo en el número de registros de españoles que se asientan aquí», explica Miguel Oliveros, cónsul adjunto de España en Londres, quien matiza que no todos los casos pueden vincularse a la crisis económica.

Arnau Millet, barcelonés de 30 años y residente en el barrio de Hackney, mira las cosas con la perspectiva diferente que le dan los once años que lleva en Londres. «Nunca planeé quedarme aquí tanto tiempo, vine a pasar el verano cuando tenía 18 años, quería explorar un poco el mundo. Era joven, y enseguida me sentí muy bien, y vi que era un buen lugar para ir definiéndome, así que decidí quedarme», nos cuenta. Estudió diseño gráfico durante cinco años, y luego encontró unas prácticas en OneDotZero, una iniciativa de creatividad digital que organiza festivales de animación. Ahí le surgió el trabajo en Shroom Studio, un estudio que acaba de abandonar, después de cuatro años, para trabajar como freelance. «Es un dato importante: es mucho más fácil ser autónomo en Reino Unido que en España. Aquí pagas una vez al año en función de lo facturado, no casi 300 euros al mes aunque no hayas facturado nada», explica.

Escapar del pesimismo

Arnau acaba de regresar de pasar las Navidades en Barcelona, y describe el mismo panorama desolador que ven todos los jóvenes consultados. «Me encontré una especie de virus que tiene a mucha gente envuelta en una empanada mental, quejándose todo el día de la crisis y la falta de trabajo. El ambiente es muy negativo. Pero es que, cuando la situación es mala, es cuando hay que moverse», afirma con convicción.

El variopinto exilio español en el Reino Unido está lleno de jóvenes con talento confiados en sus posibilidades, dispuestos a trabajar y pelear por sus proyectos. Es el caso de Víctor Campos, que lleva un año en Londres después de que el Santander le seleccionara para el Programa Corporativo de Desarrollo de Profesionales de Alto Potencial, la cantera de talento interno del banco. «La cosa se ve muy parada en España, pero es un país con mucha gente muy preparada, y las grandes oportunidades salen de los grandes retos», afirma. Este vallisoletano de 30 años es ingeniero de Telecomunicaciones, casi licenciado en Ciencias Físicas (a falta de unos pocos créditos) y máster en Administración de Empresas. Forma parte de esa generación de españoles formados mejor que nunca que se ha dado de bruces con la crisis. Y ha encontrado en Londres un ambiente del que valora «el dinamismo y la innovación».

Ninguno descarta volver algún día a España. Víctor echa de menos «la luz de España». Arnau se queja de «la máscara de buena educación» bajo la que ocultan a menudo los sentimientos. Y Mellado ha tenido que aguantar malas caras al pedir a algún cliente que repita la comanda. Abrirse paso en la vida exige pelea. Y Londres, cada vez más, se erige en refugio para muchos jóvenes dispuestos a luchar por forjarse un futuro que, por ahora, su país les niega.

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