Cultura

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Michel Foucault, al descubierto

Un amante ocasional y discípulo incondicional revela en un libro su oscura vida íntima

Día 11/01/2011
AFP
Michel Foucault
Nuevas revelaciones sobre los capítulos más oscuros de la vida íntima de uno de los últimos grandes filósofos franceses, Michel Foucault (1926–1984), caído del estatuto de genio tutelar al de gurú de un «gineceo» de jóvenes discípulos y amantes, homosexuales y drogatas, que hoy miran hacia atrás sin ira ni nostalgia. Durante los años 60 y 70 del siglo XX, ocupó en Francia un puesto excepcional, presentado como uno de los grandes «gigantes» del pensamiento de su tiempo. Ese estatuto comenzó a vacilar cuando Foucault publicó sus primeros panegíricos de la revolución islámica protagonizada por el ayatolá Jomeini, saludado como el profeta de una revolución «liberadora».
Años más tarde, comenzaron a publicarse revelaciones sobre los hábitos sexuales de Foucault, homosexual sadomasoquista, presto a perderse en los barrios bajos del París musulmán para recibir «palizas amorosas», o a viajar a los barrios gay de San Francisco, disfrazado con trajes de cuero y clavos de hierro. Se publica ahora un testimonio mucho más íntimo. Mathieu Lindon, amigo, amante ocasional y discípulo incondicional, publica una «novela» descubriendo capítulos mal conocidos de la intimidad de Foucault. El testimonio de Lindon tiene una importancia particular: su padre, Jérôme Lindon, fue el editor de Beckett y la escuela del Nouveau Roman; su amigo y amante le abrió su lecho y la intimidad de su «gineceo» intelectual y sexual.
Sexo y drogas
Sin ira, seducido siempre, Mathieu Lindon vuelve al domicilio donde Foucault vivía con uno o varios amigos (Hervé Guibert, Daniel Defert, él mismo...), iniciándolos a la promiscuidad sexual y el consumo de drogas. Lindon cuenta con detalle cómo Foucault proponía «trips» (viajes en pareja o en grupo), con ácido (LSD), heroína, opio u otras drogas menos duras, para explorar colectivamente nuevas sensaciones, nuevos territorios de la más diversa sensibilidad. No es un secreto que, por aquellos años (finales de los 70, primeros 80), la promiscuidad sexual comenzó a provocar los primeros estragos del SIDA, que también se llevó a varios de los amantes ocasionales de Foucault.
Lindon recuerda que él mismo era considerado, por entonces, como «un mariquita, drogata y amigo de Foucault». Su recuerdo de aquellos años deja al descubierto una tela de araña de oscuras relaciones, en las fronteras de lo inconfesable, ofreciendo el rostro patético de un Foucault perdido entre varias vidas incompatibles: la del «sabio» oficial, y la del homosexual sadomasoquista, coqueteando en la intimidad con una promiscuidad sexual que terminaría siendo fatal, trágica.
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