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El «Tea party» se abre paso en el Congreso

Rand Paul y Marco Rubio, dos de las estrellas del movimiento que han triunfado esta noche

Día 03/11/2010 - 16.49h
Tal y como se preveía estas elecciones fueron a las de 2008 lo que la resaca a la borrachera. La obamanía se transformó en rabia, frustración y vuelco electoral. Los republicanos tomaron el control de la Cámara de Representantes, algo que se veía venir desde no muy entrada la noche, aunque algunos responsables del Partido Demócrata cargaron contra las cadenas NBC y CNN por preverlo. Los conservadores también se hicieron con varios puestos clave en el Senado, aunque el control de esta cámara sigue en manos de los de Barack Obama. La humillación fue casi completa, y el Tea Party dio la puntilla.
AFP
Rand Paul
Las tempranas victorias de Rand Paul en Kentucky y de Marco Rubio en Florida dejaron claro que el partido del té ha venido, de momento, para quedarse. La fórmula no es infalible –Chris O’Donnell, quien llegó a equiparar masturbación y adulterio, fue batida en Delaware- y tampoco es siempre mano de santo el apoyo de Sarah Palin. Este funcionó con unos candidatos y falló en otros. Pero quedó claro que el Great Old Party (G.O.P) no podría reivindicar el auge que reivindica si se pusiera a hacer distingos demasiado marcados con las huestes de la teína.
Otra cosa es que la procesión vaya por dentro. En la recta final de estas elecciones volvió a traslucir el ruido de sables republicanos ante la posibilidad de que Sarah Palin se postule como candidata presidencial para 2012. La vieja guardia es consciente de que cuanto más extremo es un discurso, más difícil de sostener a escala nacional. Lo que funciona para labrarse un nicho mediático, o incluso un escaño estatal, no sobrevive a una ambición federal.
Pero esta no era la hora de reconocer rivalidades ni divisiones quizá insalvables sino de hacer piña frente al enemigo común: Obama y todo lo que Obama representa. John Boehner, que sustituirá a Nancy Pelosi en el codiciado puesto de speaker de la Cámara de Representantes, empezó inmediatamente a hacer llamadas conciliadoras y a cuidarse mucho de adoptar un aire demasiado festivo. “Con tantos compatriotas en paro y con problemas para llegar a final de mes, no es momento para celebraciones”, advirtió. A la vez que, con lágrimas en los ojos, admitía que llevaba “toda una vida persiguiendo el sueño americano”, y por fin lo había atrapado.
“Estos resultados son un repudio de Washington”, proclamó Boehner. Y ciertamente los resultados tenían un marcado componente antisistema y outsider. Sólo que esta vez los candidatos triunfadores adelantaban al establishment por la derecha.
McCain, superviviente
En Arizona sobrevivió John McCain, aunque a costa de recordar poco al antiguo conservador de centro, casi heterodoxo. Para asegurarse seis años más en el Senado ha tenido que endurecer considerablemente su discurso sobre la inmigración, así como contra el Obamacare. El giro a la derecha se apreció con mayor claridad si cabe en las carreras por los sillones de gobernador, aunque hubo resistencias heroicas de los demócratas en plazas como Nevada –donde Harry Reid sobrevivió a un durísimo ataque de Sharron Angle- California y Nueva York. En esta última plaza no sólo Andrew Cuomo, hijo de Mario Cuomo, aseguró el sillón para la dinastía, sino que los dos senadores de Obama, Chuch Schumer y Kirsten Gillibrand, salieron reelegidos. A todos ellos les faltó tiempo para dejar claro en sus discursos que están preocupadísimos por el futuro de la economía y de la clase media.
La buena noticia para la oposición es que ha ganado mucho poder y puede todavía ganar más en las próximas elecciones, cuando el Senado, convertido en reducto demócrata, se aprestará a una masiva renovación de los escaños precisamente controlados por este partido. La mala noticia para los republicanos es que para lograr este efecto han tenido que formar una coalición casi tan abigarrada y pintoresca como la que encabezó el mismo Obama en 2008. Con lo cual también ellos pueden ser víctimas de la fragilidad y la contradicción de los apoyos.
Además está el dato de que el presidente ha asistido apesadumbrado a la debacle pero no la ha sufrido todavía en sus carnes. Su capacidad de actuación queda sin duda mermada. Pero el caudal de frustración y de rencor que el electorado le adeuda también ha descendido considerablemente. La gran incógnita por despejar es si estos resultados ayudan al G.O.P. a lograr su declarado objetivo –que Obama no sea reelegido- o todo lo contrario.
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