Lorne Thyssen: «Tita me pidió que trabajara en el museo, pero le dije que no tengo tiempo»
Lorne Thyssen-Bornemisza posa en su galería, Kallos, en Londres - kallos gallery/alan howard

Lorne Thyssen: «Tita me pidió que trabajara en el museo, pero le dije que no tengo tiempo»

Se convirtió al islam cuando se le rompió el cable de un ascensor. Desde entonces, es el hijo más discreto del difunto barón Thyssen y sigue sus pasos en el mundo del arte

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Todo coleccionista que se precie guarda con celo su primera obra. Suele ser el objeto de su afecto por el resto de sus días. La piedra angular del fabuloso museo personal de Lorne Thyssen-Bornemisza (51 años) es una antigua moneda de oro romana con el rostro de Nerón. Al igual que el último emperador de la dinastía Julio-Claudia, él es el último de una saga de héroes y próceres (en su caso húngaros) y un entusiasta protector de las artes. El hijo del difunto barón «Heini» Thyssen y de su tercera esposa, la exmodelo escocesa Fiona Campbell-Walter, es la cuarta generación de coleccionistas y acaba de inaugurar su propia galería dedicada al arte heleno, Kallos, en el barrio londinense de Mayfair.

Antes de ser un magnate del petróleo y mecenas de la cultura, el barón –el título está incorporado a su apellido– apuntaba maneras de oveja negra y cumplía a rajatabla el manual del perfecto playboy: rico, mujeriego y rebelde. Fue expulsado del internado suizo de Le Rosey; intentó ser actoren Nueva York; presumió de sus desventuras sexuales con prostitutas de Travemünde; protagonizó un romance con la modelo y aristócrata Andrea von Stumm y, con 23 años, se comprometió –brevemente– con la exótica Karina Sukarno, hija del presidente Sukarno de Indonesia.

La conversión del hermano más discreto de Borja Thyssen ocurrió hace dos décadas en el elevador de un edificio de la Quinta Avenida de Nueva York. El cable del ascensor se rompió, pero no cayó al vacío. Lorne llevaba consigo un Corán. Desde entonces es musulmán, esposo modélico, padre de una niña y alérgico a las batallas mediáticas a las que nos tienen acostumbrados su hermana, Francesca de Habsburgo-Lorena, y su madrastra, Carmen Thyssen.

—¿Cuál fue el mejor consejo que le dio su padre?

—Colecciona aquello que amas.

—En su caso, arte griego. ¿Por qué?

—Mi galería es la evolución natural de mi interés por el mundo antiguo, al que considero el hilo indestructible que nos conecta a todos. Personalmente apoyo mucho la arqueología. Financio excavaciones en Irak, Turquía y Túnez y apoyo museos como el Ashmolean de Oxford. Pero también creo que las antigüedades son una inversión segura.

—Comercia con antigüedades, pero también ayuda a preservar sitios históricos. Es un extraño equilibrio...

—La mejor manera de proteger los sitios históricos es contratando a arqueólogos cualificados. Los coleccionistas privados necesitan involucrarse porque la mayoría de los departamentos arqueológicos tienen unos presupuestos muy pobres. Colecciono antigüedades romanas pero en mi galería solo vendo piezas griegas. Así nadie puede acusarme de elegir a mi antojo las mejores piezas para mi colección privada.

—Algunos piden que el Museo Británico devuelva a Grecia sus tesoros. ¿Cuál es su postura?

—Voy a ser franco. La comunidad académica, los museos, los gobiernos, los coleccionistas, todos queremos lo mismo: prevenir los saqueos y apoyar la arqueología. Y queremos garantizar que las nuevas generaciones tengan las mejores oportunidades para estudiar el mundo antiguo. Por eso en mi galería estamos haciendo un gran esfuerzo por reunir a todos estos grupos para debatir y discutir sobre temas como este.

Espíritu renacentista

—Comenzó siendo actor, después fue productor de cine y ahora es petrolero y galerista. ¿Cómo se definiría?

—Como un hombre de negocios que siente pasión por el arte.

—Hace unos años Tita Thyssen vendió «Villa Favorita», el hogar donde usted se crió. ¿Le molestó?

—Guardo recuerdos muy bonitos de mis años en Lugano. Pero lo más importante es aprovechar el presente. Para mis hermanos y para mí crecer en una casa tan bonita como «Villa Favorita» nos empapó del amor por el arte.

—¿Cuál es su obra favorita de la colección Thyssen?

—«Retrato de niño», de Ghirlandaio.

—Su hermana, Francesca, es una reconocida coleccionista de arte contemporáneo. ¿Le interesa ese nicho? 

—Mi hermana y yo estamos en los extremos opuestos del espectro. Sería muy raro que entremos en una guerra para pujar por lo mismo.

—¿Viene mucho a Madrid?

—Lo intento. Es una ciudad maravillosa y cada vez que la visito quedo impresionado con su compromiso con el arte y la cultura.

—Su hermana forma parte del patronato del Museo Thyssen. ¿Alguna vez le interesó trabajar allí?

—Tita (Cervera) me pidió hace unos años que trabajara en el museo, como miembro del patronato de la Fundación Colección Thyssen, pero le dije que simplemente no tengo tiempo para hacer justicia a esa institución tan maravillosa.

—¿Como le sentó la subasta del cuadro de Constable?

—La pintura pertenecía a mi madrastra y fue una decisión exclusivamente suya.

—Su cuñada, Blanca Cuesta, es pintora. ¿Ha visto su obra?

—Aún no he tenido el placer, pero espero poder hacerlo en el futuro.

—¿Su apellido le facilita las cosas?

—Mi apellido goza de cierto reconocimiento en el mundo del arte, pero el éxito de mi galería solo dependerá del trabajo duro y de atraer a nuevos coleccionistas a este mundo tan apasionante.