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Gibraltar, la cueva de Alí Babá de los cazatesoros

Día 11/08/2013 - 04.11h
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En los últimos veinte años la Roca se ha convertido en un refugio desde el que traficar con los bienes del patrimonio subacuático español

Es una anécdota, pero resulta muy relevante hoy, con la Royal Navy viajando hacia Gibraltar, repasar el papel central e intolerable que las autoridades de la Roca, colonia británica en la Europa del siglo XXI, han tenido desde hace al menos dos décadas en la destrucción del patrimonio arqueológico subacuático español. No solo porque hablamos de los restos de históricas batallas entre ambas potencias, como Trafalgar, sino también porque hablamos de una historia en la que, una y otra vez, los amigos del inglés (dicho así, como antaño) han intentado borrar nuestra dignidad o al menos nuestra visión del mundo.

Gibraltar ha dado cobijo, cobertura legal (o ilegal puesto que no cumplen ni sus propias leyes cuando a los cazatesoros no les obligan a declarar el material que manejan a la autoridad portuaria o Receiver of the Wreck) e incluso coartadas infames a quienes han traficado con los bienes del patrimonio español, a veces con la triste complicidad y la torpeza de las autoridades patrias, lo cual es también muy deprimente. Pero ello no hurta la evidencia de que toda esa continuada maniobra contra los intereses de un país que se supone aliado ha tenido una intensa actividad en los naufragios españoles de hace más de 200 años. Empezando por la fragata «Mercedes», el barco expoliado por Odyssey Marine Exploration en 2007 y que fue hundido, casual, elocuentemente, en 1804, tras el ataque a traición, en tiempos de paz, de una flotilla inglesa contra varios buques de Estado que traían pecunio público y privado, sin importar las familias y civiles embarcados que se fueron a pique con la nave. Pues sin Gibraltar, como veremos, ni Odyssey habría podido recolectar 17 toneladas de monedas, ni podría haberlas llevado en avión a su base en Florida desde un aeropuerto que se supone que es de utilización conjunta y leal.

La batalla es contra la historia y la pérfida Albión no escatima actitudes corsarias ni mercenarios aplausos ante la enajenación de los valores históricos de nuestra Armada y la aportación de nuestros navegantes a la historia naval de la humanidad. Mal que les pese, España fundó la primera navegación global, llegando a los confines del mundo antes que Cook. Pero en su visión, el imperio español estaba solo cegado por el oro. Curiosamente, España defiende desde hace mucho la versión integral de esta historia (sin ocultar lo malo, pero tampoco lo bueno, que hoy nos une a los países iberoamericanos bajo ese pasado común) y también la valoración integral de los yacimientos (con oro y sin él) frente al instinto crematístico de las empresas anglosajonas de cazatesoros.

Expolio subacuático

Ellos solo son eso, cazatesoros y se han demostrado capaces de destruir los pecios de las preciosas naves de la era moderna tan solo para extraer de ellas los metales preciosos, removiendo los restos de los marinos ahogados y sin remordimientos por la destrucción de un registro histórico único. Es como demoler un ala del Escorial y entrar con excavadoras para llevarse los retablos, las esculturas y los libros de la biblioteca. Como destrozar el transbordador espacial para robar un cable de platino. Esa es su ciencia bajo el agua. Por más que los arqueólgos británicos, liderados por Lord Collin Renfrew, barón de de Renfrew de Kaimsthorn, hayan denunciado los contratos del Ministry of Defence inglés con Odyssey y otras empresas, y por encima de las evidencias puestas sobre la mesa por la prensa británica de especulaciones salvajes en bolsa y delitos de evasión de impuestos a los que la inversión en cazatesoros ha servido. Hablamos de socios y de negocios tolerados por el Gobierno de Su Majestad.

Porque, en realidad, las más agudas fiebres del oro en los últimos siglos se vivieron en el mundo anglosajón, y son ellos quienes presionan y sobornan para lograr excavar sin permiso nuestros yacimientos y quienes siguen acusándonos, paradójicamente, a nosotros de una conquista de América a sangre y fuego, mientras borran nuestros otros empeños, que el público aficionado a la historia conoce cada vez peor. Si hablaran los indígenas del Norte, con los que además ellos jamás se permitieron mezclarse, tendríamos la definición perfecta de esta mentira continuada.

Si Gran Bretaña hubiera vencido a Blas de Lezo en Cartagena en 1741, por ejemplo, habría que ver qué habría sido de los oriundos de América, si estarían en reservas. Tal vez es una rabia mal contenida durante siglos la que les impulsa a añadir la mentira al robo, por no haber podido romper antes la fuerza de aquel imperio y de sus naves en las que viajaba, por cierto, una sociedad mestiza. ¿Por qué exigió Gran Bretaña el Asiento de Negros en el tratado de Utrecht, el mismo que les dió la propiedad de Gibraltar? Por codicia.

Tesoros bajo el mar

Regresando del elocuente pasado, en un presente de la misma condición Gibraltar ha acogido con una insensibilidad hacia España rayana con la indecencia a los barcos de Odyssey Marine Exploration, que hicieron desde los últimos años noventa de Gibraltar su base de operaciones a ambos lados del Estrecho. Investigaron en distintas etapas más de mil anomalías bajo el mar, muchas de ellas pecios que van desde los púnicos y romanos hasta los galeones con oro, los buques de la II Guerra Mundial y los mercantes -algunos cargados secretamente con diamantes y oro- que hundieron los submarinos alemanes en ambas contiendas mundiales.

Los barcos de Odyssey estuvieron consignados en Gibraltar como buques del MOD, Ministry of Defence que ahora envía sus buques de guerra en apoyo simbólico a Picardo. Además, ABC publicó-sin que mediara refutación británica- que el embajador de Londres participó en una reunión de alto nivel en el Ministerio de Exteriores español en la que amenazócon remover el tema de las aguas de Gibraltar si España no dejaba a los buques de Odyssey paso franco para investigar los fondos del Estrecho. La fuente de aquella información era una persona que estaba presente en aquella reunión. La conclusión: la complicidad Londres-Gibraltar fue y es transparente. El entusiasmo de la empresa cazatesoros para servirla, incluso ante la evidencia de un conflicto diplomático, fue una mera y triste anécdota.

La cosa no ha terminado con el regreso de las monedas de la «Mercedes», después de que los tribunales de EE.UU. diesen la razón a España. Gibraltar guardaba un almacén de «otros» hallazgos arqueológicos de Odyssey y desde la Roca se puso dificultades para su inspección tras sendas comisiones rogatorias. Al final, se impuso la razón de un litigio acabado en Tampa y que no podría abrirse en Gibraltar. No es que no pudiera abrirse por buen rollo (ganas no faltaban), sino porque si Gran Bretaña hubiera dejado invalidada la inmunidad soberana de los buques de Estado ante los jueces de la Roca y se vería tarde o temprano contemplando a los cazatesoros entrar sin permiso en sus propios yacimientos. Claro que para eso llega Londres a contratos con Odyssey, para controlar la excavación del oro del «HMS Sussex» y repartirse el botín (el contrato incluía los porcentajes) o para excavar el «HMS Victory» y darle a este vicio suyo una pátina de historia.

Y seguimos. Solo en el último año, en otras dos ocasiones, la Armada Española ha expulsado a dos buques cazatesoros que husmeaban en el Mar de Alborán pecios con carga preciosa y ya investigados por Odyssey. Curiosamente, no en uno sino en los dos casos, los barcos habían parado en Gibraltar. Es como si la roca fuera la base perfecta, la nueva cueva de Alí Babá de los cazatesoros. No paran en Algeciras, ni en Málaga. En Gibraltar, por algo será.

La roca es un refugio para ellos que seguramente alimenta la imagen off-shore del enclave colonial. Y sirve a esta imagen de España que ellos buscan, un retrato decadente de un Estado siempre a la defensiva mientras los ricachones anglosajones vienen a nuestras aguas con la tecnología de la era espacial y las bodegas cargadas de dólares con el fin de seducir a quien quiera escuchar que los buenos de la historia eran ellos siempre, los nuevos Julio Verne, los rompedores de los límites y de las fronteras del conocimiento.

Resaca colonial

Lo que más llama la atención es la firme continuidad en la defensa de estos intereses que trasluce el clúster naval gibraltareño-británico-cazatesoros. Lo que más sorprende es que Londres responda a todos los tics infumables de su digno pasado en un asunto en el que la historia naval y la arqueología deberían ser valores a compartir entre Reinos democráticos y aliados dentro de la UE. Pero debe ser que en Londres pesa más el pasado y como Jekyll tiene un Hyde al que no quiere abandonar: el gobierno británico sigue siendo ese colono despótico y práctico, que se mira en el espejo del antiguo régimen y sigue sonriendo a su peluca. Solo pensando en Locke y Newton, o en Collin Renfrew resulta evidente que tienen mejores espejos en los que mirarse. Al menos en lo que a la arqueología naval se refiere.

¿Gibraltar es la cueva de Alí Babá? La respuesta está en el viento que impulsaba las velas gloriosas de dos imperios antes enfrentados y hoy aliados, o eso se supone, que es el mismo viento que mece los barcos de los ladrones de la historia, los cazatesoros anclados en su refugio. Hoy Londres aún padece resaca de su colonialismo, en pleno siglo XXI. Y nuestro deber es mostrarle esa vergüenza de la que trata de sacar provecho, como siempre. Su postura es lamentable, desde una perspectiva histórica y desde la dignidad, tal y como la entendemos desde las revoluciones Francesa y la Americana. ¿Hay alguna parte de la Gran Bretaña de hoy que se sigue viendo incómoda en ellas? Será por algo, será por Gibraltar, una anomalía intolerable para las dos naciones y para el resto del mundo, a estas alturas, por más que echemos tierra, o bloques de hormigón, sobre el asunto.

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