por carreteras secundarias

El frontón vasco

La belleza de los pueblos y los paisajes abruma, pero es un caballo el que nos recuerda que no siempre se es humano

NAVARRA Actualizado:

Al llegar a Zubieta, en Navarra, no muy lejos de Irún, nos damos cuenta de nuestro error. Lo notamos en cuanto preguntamos dónde se puede dormir y un paisano nos dice que el único sitio está cerrado. El día está a punto de deshacerse en hilachas grises y los chicos del frontón detienen la partida para comprobar de un vistazo que no somos de allí, tomarle la medida al Mercedes y darnos a entender con la fuerza del desprecio que no somos bienvenidos y que el coche no amanecería igual.

Menos mal que de camino hemos reparado en el balneario de Elgorriaga, y allí sí nos acogen sin más preguntas que las de rigor: indentificación y modo de pago. A la mañana siguiente, tras disfrutar de una piscina de agua salada que parece una recreación nada casual del líquido amniótico, comprobamos que esta franja del noroeste navarro, fronteriza con Guipúzcoa, se siente vasca y abertzale. Elgorriaga es tan preciosa como muchos otros pueblos de la zona: amplios tejados, fachadas blancas, dinteles de madera y profusión de flores en torno al frontón, que es como el templo pagano del lugar, rodeado de huertos bien cuidados y rosas de olor. Sobre el frontis, un gran cartel en la caligrafía consagrada por la mitología vasca, recuerda a los presos de ETA. Nos cruzamos con un nativo: treintañero, corte de pelo a hachazos, pendiente, muñequera en el brazo derecho y chicle.

—Buenos días, le digo.

Ni me mira ni me responde, aunque ya me había tomado la medida. Serán prejuicios, pero me dio la sensación de que le gustaría darme con la misma fuerza con que golpea la pelota en el frontón.

En Leitza las fiestas no se celebran hasta dentro de diez días, pero ya están las talanqueras listas. En la puerta de casi todas las tabernas, carteles a favor de la amnistía a los presos etarras. Nos cruzamos con un grupo que comparten peluquero y sastre. Llamativo culto a la fealdad. Si las miradas hablaran tendríamos heridas. Entramos en el único bar abierto que no parece una «herrikotaberna». El dueño, aunque fondón, lleva ropa militar de fatiga. Menos mal que la camarera es ecuatoriana y con su sonrisa enjuga toda una escuela de odio, enfermedad de muchos habitantes de un paisaje y unos pueblos de una belleza incombustible. Esa hostilidad no se hace visible, o no la percibimos, en Isaba, donde nos arreglan un pinchazo y nos cobran 28 euros con una honradez a prueba de bombas, ni en Ochagavía, donde las niñas se bañan en el río Zatoya.

Si hay que salvar a alguien, hagámoslo también con la dueña de otra «herrikotaberna» de Leitza que no mostró el menor desprecio y confirmó que la NA-2520, «está en buen estado y es muy bonita». Gracias a ella dimos con un percherón en la calzada que se deja acariciar. Nos confirmó que las bestias suelen ser más humanas que los hombres y que no nos hemos extraviado.