J. CARLOS. SOLER

Benidorm, turismo fácil

No todo el mundo está hecho para Benidorm, la ciudad denostada a cuenta de los supuestos excesos

Isaac Blasco
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Es un continuo de arena y la inmensidad de un agua sometida a controles de calidad diarios. Nada más. Ni menos. Encajonada en uno de los términos municipales más pequeños de España, la presunta belleza vertical de Benidorm solo se justifica en clave funcional, al servicio de su único reclamo realmente infalible: sus playas: Levante y Poniente y, en medio, el Mal Pas, un rincón mínimo junto al castillo desde el que asoma al Mediterráneo la iglesia de San Jaime y Santa Ana, donde se conserva la talla de Nuestra Señora del Sufragio, surgida intacta de entre las llamas de una embarcación mecida por Dios o el azar que arribó, allá por el XVIII, a las costas de aquella población de marinos e inigualados faeneros del arte de pesca en almadraba.

La ciudad del bullicio nocturno, de los rascacielos y de una recua interminable de tópicos es, también, desde hace decenios -y seguro que por muchos más-, la que siempre salva los números del turismo del mal llamado Levante español. Y, no obstante, pese a los cientos de miles de viajeros que la eligen cada año para su relativo descanso, no todo el mundo está hecho para Benidorm, donde no se conoce la poca o mucha carga bucólica del estío. Ni falta que hace. La concentración de personas desafía a veces las leyes de la física y espolea, acaso por un puro instinto de supervivencia, la urbanidad y la tolerancia de unos veraneantes que merecerían el Nobel de la Paz tras la conquista sin cuartel de una mínima porción de espacio sobre el que tender su toalla.

Benidorm, «descubierta» para el turismo por los alcoyanos enriquecidos al calor de la actividad industrial y textil en las primeras décadas del siglo pasado, cambió -aunque menos de lo que aparenta- desde que, a partir de 1956, consolidó un modelo único por medio de su plan general de ordenación urbana, el segundo, tras el de Barcelona, más antiguo de España. El espíritu, y la letra, de la trama urbanística todavía vigente fue responsabilidad de Pedro Zaragoza, un alcalde casi de leyenda que era recibido en audiencia por Franco tras cubrir el trayecto hasta el Palacio de El Pardo en Vespa. Más allá de su gusto estético, ese trazado ha merecido elogios generalizados por su eficacia y seguridad, algo que quedó de manifiesto cuando, con ocasión del incendio que consumió el madrileño edificio Windsor, los expertos concluyeron la «imposibilidad» de que un eventual fuego de similares características en Benidorm pudiera propagarse por una hilera de edificios menos juntos de lo que muestran las fotografías.

Irrenunciables

Luego está la noche, denostada por muchos a cuenta de los supuestos excesos a que da pie un municipio pensado por y para una diversión de veinticuatro horas. No hay tales, aunque los hubo. Sin embargo, el tiempo y la acción de las autoridades, conscientes de que era la imagen de la ciudad lo que estaba en juego, lo refinan todo, incluso a los turistas. Por lo demás, dos o tres puntos de la comarca de la Marina Baja, glosados por el alicantino Gabriel Miró en una de esas novelas suyas en las que nunca pasa nada, calmarán la inquietud de los que no aguantan mucho en la playa. En este sentido, Guadalest, el casco viejo de Altea y Polop deben ser irrenunciables.