Beatriz, víctima de violencia machista, se incorporó al mercado laboral gracias a Programa Integra
Beatriz, víctima de violencia machista, se incorporó al mercado laboral gracias a Programa Integra - Maya Balanya
Día contra la Violencia de Género

«Me prepararon desde niña para ser la víctima perfecta»

Ana y Beatriz relatan su historia de agresiones que ya es pasado, gracias a que consiguieron el coraje para salir y un trabajo que les permite recomponerse

MadridActualizado:

Ana y Beatriz caminan libres por Madrid. Ninguna de las dos ha nacido en esta ciudad, pero por circunstancias personales diferentes, recalaron en la capital. La primera encontró aquí su pesadilla; la segunda vino de Andalucía para huir de la suya. Sus nombres son todavía ficticios. Ya solo les tienen miedo a ellos, sus agresores, maltratadores físicos que antes de los insultos y los golpes se encargaron de levantar sobre ellas muros con limitaciones inexistentes. A Beatriz, con una licenciatura bajo el brazo, no le dejaba estudiar inglés ni salir con sus amigas, le decía que no valía; a Ana, mujer también muy formada, no le permitía hacer nada que se saliese de la crianza de sus tres hijos en común. Ambas pudieron derribarlos.

El mensaje que en su conversación con ABC ofrecen a quienes hoy todavía vivan en el drama es de esperanza: «Tienen que saber que se puede salir, con ayuda, que no están solas», repiten ambas. Para ellas, decir esto es crucial. Por eso se atreven a relatar sus maltratos. Tocar fondo también es necesario. Si no, no habría pasos adelante. Ana y Beatriz tienen algo más en común, aunque con historias, edades, escenarios diferentes. Para ese salto necesitaron un arma: el trabajo.

«Luzco mi chapita de Iberia»

Ana está en «su salsa». Habla en su casa, el aeropuerto de Madrid-Barajas Adolfo Suárez. Forma parte de la plantilla de Iberia. Está eufórica por ello. «Al principio no me quitaba la chapita de Iberia ni para ir a mi psicóloga. Mis amigas siempre lo repiten y se ríen», dice con una sonrisa. Es extraño. Es una persona valiente, pero no puede evitar que, cuando habla del padre de sus tres hijos, 25 años mayor que ella, le tiemble la barbilla. «Tengo miedo por ellos. Mis hijos están viviendo con mi verdugo. La custodia la tiene él, un señor muy adinerado, porque el juez resolvió que prefería que los niños estuviesen con él a con una madre que estaba en la casa de acogida». En esa casa Ana pasó dos años. Aprendió a romper con todo junto a una compañera de 71 años, que en los estertores de su vida anuló su matrimonio porque él le atravesó una daga en la sien.

A Ana le queda recuperar a sus hijos. Ha rehecho su vida con un hombre diametralmente opuesto a su primer amor. «Desde pequeña me prepararon para ser la víctima perfecta. Mi abuela me crió en una familia de clase social alta, pero deseando que hubiese sido un niño, con mentalidad profundamente machista. Al enamorarme de este hombre, que ya había maltratado a sus otras dos mujeres, y que se casó conmigo en su tercer intento, yo buscaba su aprobación en todo».

El capítulo de horror que narra llegó hasta la noche en la que tomó la decisión más importante de su vida. «Era o matarme, o matarle, o huir». Tenía preparadas las pastillas para lo primero, el cuchillo para lo segundo, pero optó por lo tercero. «Solo hubo una razón: soy madre».

Maya Balanya
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En Iberia están encantados con ella. En la compañía llevan años colaborando con la Fundación Integra, que les envía currículos de mujeres a las que se han encargado de orientar y formar. Para que superen una entrevista de trabajo, para poner en valor sus capacidades. Al menos diez mujeres fueron contratadas por Iberia el año pasado. El expediente de Ana llegó impoluto, sin atisbo de que hubiese pasado por un infierno, con el inglés y una holgada formación por bandera. Así, esta mujer completó su transformación. «Tenía 28 años, me miraba al espejo y me sentía vieja y maloliente. Él me decía que ya había jugado todas mis cartas. Me hacía muy pequeñita». Resulta curioso. Ana mide un metro ochenta, tiene un cuerpo precioso, una mente privilegiada y una baraja entera por desplegar.

En Bankinter tampoco saben que su empleada, Beatriz, fue víctima de violencia machista. No lo necesitan. Como subraya María Paramés, alta directiva de la entidad, lo que aportan mujeres como ella es «una gran implicación, crean muy buen clima de trabajo, son muy responsables». Cinco mujeres de la entidad han sido contratadas por su excelente currículo inserto por la Fundación Integra en su bolsa de trabajo. A la vista de los resultados, serán muchas más, afirma Paramés. «Nos conviene porque son personas muy entregadas», señala la directora de Personal y Comunicación de Bankinter.

No se habla por vergüenza

A Beatriz se la intuye despierta y pasional. Habla de su hijo, al que rescató de los golpes de su exmarido, bañada en lágrimas. Si no hubiera sido por él, quizás no se habría atrevido a ponerle fin al horror. «Nunca lo dije por vergüenza. Mi madre, al enterarse después, se siente culpable de no haberlo sabido descubrir. Cuando llegué a Madrid, la gente, la terapia, la ayuda del personal de la Fundación Integra, que son mis verdaderos ángeles de la guarda, me salvaron».

«Hija de puta, cabrona... tirones de pelo, me aporreaba, arrastraba por el suelo...». Interrumpe la charla en una cafetería cercana a una oficina de Bankinter. Beatriz tardó años en saber que convivía con un maltratador. La sola palabra aterra.

Tener proyectos era, para ambas, un derecho arrebatado por sus verdugos domésticos. Llevar al niño a un parque de atracciones o sacarse el carné de conducir forman parte de este regalo que encontraron en su huida, el de planear con un futuro. El trabajo les ha garantizado la independencia, pero refrenda su autonomía y refuerza su autoestima minada. Uniformada, en el aeropuerto madrileño, Ana gesticula. Usa una metáfora muy visual. Dice que su ex le metió la mano en el corazón, se lo estrujó y retorció para que no volviese a sentir nada más. Años después empieza a hincharse otra vez.

El de Beatriz parece que tardará algún tiempo todavía. En su caso, corren peligro ella y su pequeño. Y aun así transmite su mensaje de optimismo. Con los ojos entornados por el dolor demanda más ayudas para entidades o la Fundación Integra, que consideran clave la independencia económica para la mujer que ha pasado por tanto sufrimiento y procuran ese encuentro entre empresas y víctimas.

Sin trabajo no podrán salir

Sus cifras avalan a la entidad: 4.000 empleos para víctimas de violencia de género. 438 solo este año. Las empresas colaboradoras son Iberia y Bankinter, pero en su lista están también Alsa, Línea Directa, FCC, Ferrovial, Grupo Eulen, Samsic, Multiasistencia, UFV... El compromiso de estas compañías, que conforman el tejido social del país, es vital para «devolver» a las víctimas al punto de salida. «Las empresas son conscientes del papel que juegan a la hora de cambiar el futuro de una mujer que ha sufrido malos tratos. Lo hacen en total anonimato para su mejor integración», cuenta Lola Sato, responsable del área de Violencia de Fundación Integra.

Otros expertos consultados por este diario lamentan que, entre las más de 200 medidas aprobadas en el Pacto de Estado contra la violencia de género, ninguna sea lo suficientemente efectiva para propiciar la imprescindible contratación laboral de sus sufridoras. Debería haberse incluido, citan como ejemplo, una medida como la que obliga a reservar el 2% de las plazas a personas con discapacidad en empresas de más de 50 miembros. Según Francisco Mesonero, director general de la Fundación Adecco, que presentó un informe en vísperas del Día Mundial contra la Violencia de Género, «el desempleo y los trabajos realizados en la economía sumergida conducen a más de 8 de cada 10 mujeres víctimas a la exclusión social y la pobreza, propiciando que la situación se perpetúe en el tiempo». Sin trabajo, muchas no podrán salir.