Varias personas escuchan los testimonios a través de las paredes - BELÉN DÍAZ ALONSO / VÍDEO: DAVID CONDE

«Los niños vieron cómo papá le cortaba el cuello a mamá»

Cuatro paredes en Atocha reproducen historias de víctimas por violencia de género

MadridActualizado:

El 31 de julio de 2007, Alicia fue asesinada por el padre de sus hijos. Los niños estaban delante. Fueron 30 puñaladas. «Me llamó pidiendo ayuda y diciendo diciendo que iba a matarla. Avisé a la Policía y fui corriendo, pero llegué tarde». La que habla es la hermana de la víctima, que recuerda el trauma que arrastraron los pequeños. «Había que esconder los cuchillos, cada vez que los veían lo recordaban todo. Veían un charco de agua y les recordaba a la sangre. Vieron cómo papá le cortaba el cuello a mamá», cuenta.

A día de hoy, explica esta mujer, los niños siguen teniendo miedo de que su padre, el asesino de su madre, aparezca por su casa. «Le condenaron a quince años. Ha cumplido nueve años y once meses y lleva un año en tercer grado. Los niños sienten terror absoluto sabiendo que está suelto. El mayor a veces se despierta con pesadillas», cuenta. El testimonio de esta mujer se puede escuchar durante estos días en la madrileña Estación de Atocha. La Fundación Mujeres y el Fondo de Becas Soledad Cazorla han instalado cuatro paredes que representan habitaciones de domicilios de víctimas, con el nombre «Paredes que hablan», en las que, al acercar la oreja, se pueden escuchar voces de familiares que relatan el asesinato.

«No mires a otro lado»

Esta semana, el Ministerio del Interior lanzaba la campaña «No mires a otro lado» para concienciar a la sociedad de que la violencia de género es una lacra que se tiene que vencer con la colaboración de toda la sociedad. En Atocha, son muchos los que cuando pasan por delante ignoran estas paredes. Otros leen el panel informativo que introduce la exposición, pero deciden no acercarse y ponerse en la piel de los familiares de las mujeres asesinadas. «Sé que lo que voy a oír no va a ser agradable y prefiero no hacerlo», reconoce una mujer de mediana edad que recorre la estación.

Los más jóvenes, en cambio, se paran sin dudarlo. Natalia Sáez, de 20 años, no puede contener las lágrimas tras haber escuchado uno de los testimonios. «Sientes mucha rabia. Te das cuenta de que matar sale muy barato, y eso mismo es lo que los asesinos piensan. Hay que acabar ya con esto», sentencia. Una familia griega que pasa unos días de vacaciones en Madrid aplaude la iniciativa y el trabajo de España en este ámbito. «En Grecia también matan a las mujeres, pero no se habla de ello», dice una de las hijas.

Una pared amarilla es la que más llama la atención de quienes pasan por delante. Un perchero en forma de conejo, un unicornio que se ilumina y un estante con juguetes de niña la decoran. Representa a la habitación de Marta, una niña que, en 2013, cuando tenía dos años, presenció cómo su padre mataba a su madre. El progenitor, además, simuló que la víctima se había suicidado, por lo que durante los tres primeros meses la pequeña tuvo que vivir con él. «Fueron los tres meses más duros de mi vida, y fueron horribles para ella», relata la voz del tío materno a través del muro.

«El mejor homenaje que nosotros podemos hacer a mi hermana se llama Marta, y donde esté, seguro que está tremendamente feliz de ver cómo su hija va creciendo día a día», cuenta el tío de la pequeña, que recuerda el temor que en su familia sintieron cuando por fin lograron la custodia de la niña: «Fue un momento brutal. Teníamos miedo, pero las dudas desaparecieron cuando nos vio. Nos reconoció al instante y salió corriendo hacia nosotros, estaba como loca de contenta». Sin embargo, cuando el asesino ya llevaba un año en la cárcel, un juez estableció visitas supervisadas con Marta, «un jarro de agua fría» para la familia: «Hay decisiones judiciales que en base a la Ley son correctas, pero son muy duras».