Miles de personas asisten a la ceremonia de beatificación de Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, presidida por el cardenal Angelo Amato (c), prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos - efe

Una marea de 200.000 personas celebran la beatificación de Álvaro del Portillo

El enviado del Papa, el cardenal Amato, asegura que el beato era «una figura de gran humanidad»

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Cientos de miles de personas llegadas de todos los rincones del mundo participaron este mediodía en la solemne ceremonia de beatificación de monseñor Álvaro del Portillo en un predio a cielo abierto de 195.000 metros cuadrados, en el madrileño barrio de Valdebebas.

La mayoría eran personas que trabajan en los numerosos proyectos sociales impulsados por el nuevo beato en una veintena de países y también muchas familias que querían agradecer al primer sucesor de san Josemaría Escrivá de Balaguer los muchos favores recibidos, sobre todo curaciones inexplicables de niños con enfermedades graves y reconciliaciones de matrimonios y familiares.

Con la presencia de más de 150 obispos y 18 cardenales, la misa comenzó con el rito por el que monseñor Álvaro del Portillo podrá recibir a partir de ahora culto público en las diócesis que la Santa Sede determine. Después de la lectura de una breve biografía del nuevo beato, el niño chileno José Ignacio Ureta, llevó hasta el altar, en compañía de sus padres, la reliquia de este ingeniero de caminos nacido en Madrid hace un siglo.

La curación inexplicable de este niño de once años, que padecía una grave cardiopatía al nacer, permitió al Papa Francisco en julio de 2013 fimar el decreto del milagro que abrió las puertas a la beatificación del Prelado del Opus Dei, que a los 21 años decidió dejar su carrera profesional para acercar a las personas a Dios y poner en marcha numerosas obras que hoy siguen dando respuestas concretas a las necesidades de los más vulnerables.

Durante la homilía, el prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, el cardenal Ángelo Amato, presentó a «Don Álvaro», como le solían llamar cariñosamente, como una «figura de gran humanidad», que «huía de todo personalismo» y cuya formación como ingeniero «le hacía ir al núcleo de los problemas y resolverlos».

La humildad, llave de la santidad

Pero su mayor virtud fue sin duda la humildad. El cardenal entonces tomó prestadas las palabras del propio Álvaro del Portillo y recordó ante las 200.000 personas que estaban presentes en la Eucaristía que es «necesario luchar toda la vida para llegar a ser humildes», ya que la humildad es «la llave que abre la puerta para entrar en la casa de la santidad».

Ante un mundo «contaminado por la inmoralidad y la corrupción» --aseguró el cardenal Amato-- es más necesario que nunca el «gran espectáculo de la santidad», que purifica «con su aroma agradable, los miasmas de los muchos vicios alardeados con arrogante insistencia». El enviado del Papa concluyó su homilía invitando a todos a seguir el ejemplo de Don Álvaro y "vivir una santidad amable, misericordiosa, afable, mansa y humilde".

El ambiente de oración y a la par de fiesta también resultó conmovedor gracias a la presencia del coro y la orquesta de la Jornada Mundial de la Juventud, colocado en el mismo altar, junto a los obispos y cardenales procedentes de 34 países. Entre ellos, estaban presentes el presidente de la Conferencia Episcopal Española y arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez; el nuncio de Su Santidad, Renzo Fratini; los cardenales Antonio Cañizares (Valencia) y Lluis Martínez Sistach (Barcelona) y el arzobispo electo de Madrid, Carlos Osoro, además de una amplia representación de la Curia vaticana.

Antes de finalizar la Eucaristía y como anfitrión de la ceremonia, el cardenal arzobispo emérito de Madrid, Antonio María Rouco Varela, agradeció al Papa Francisco, «que quiso que la beatificación se celebrara en esta querida Archidiócesis de Madrid». «Me atrevería a decir que el beato del Portillo, nacido aquí, es particularmente nuestro, y que nos bendice especialmente desde el cielo: y porque tenía esas raíces profundas, pudo y supo ser ciudadano del mundo, de esos cinco continentes a donde viajó; maravillosamente representados en esta asamblea orante», aseguró el cardenal, cuyo mensaje fue interrumpido varias veces por los aplausos de los asistentes.