Álvaro del Portillo era un hombre valiente que creaba ambiente de paz
San Josemaría Escrivá de Balaguer (izquierda) y Álvaro del Portillo durante una audiencia con el Papa Juan XXIII
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Álvaro del Portillo era un hombre valiente que creaba ambiente de paz

Los tres últimos Papas han impulsado su proceso de beatificación, que tendrá lugar en Madrid el 27 de septiembre

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El 23 de marzo de 1994, Juan Pablo II se arrodillaba en un reclinatorio y rezaba ante el cuerpo sin vida de Álvaro del Portillo, fallecido pocas horas antes. Había ido a la sede central del Opus Dei para ver por última vez a un amigo, a una persona que, según manifestó aquel día, “fue un ejemplo de fortaleza, de confianza en la providencia divina y de fidelidad a la sede de Pedro”.

El ingeniero madrileño que será elevado a los altares el próximo 27 de septiembre en su ciudad natal era, efectivamente, “un ejemplo de fortaleza”. San Josemaría Escrivá, que le había escogido como su principal colaborador ya al final de los años 30 le llamaba “roca”, “saxum”, en latín. Pero era una roca con una sonrisa en los labios, incluso en los momentos más difíciles. Una persona serena, afable, que creaba paz a su alrededor.

Cuando falleció “don Álvaro” -como le llamaban todos-, el Vaticano estaba lleno de personas que le consideraban “mi amigo”. Había empezado a trabajar en la Santa Sede en la época de Pio XII, y continuó haciéndolo bajo sus sucesores, con especial intensidad durante el Concilio Vaticano II, pero negándose a recibir ascensos.

En su carta de pésame, el cardenal Josef Ratzinger atestiguaba que su trabajo “como consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe”, había contribuido a “enriquecer de modo singular” la Congregación, “con su competencia y experiencia, como he podido comprobar personalmente”.

El proceso de beatificación del ingeniero madrileño comenzó en 2004 bajo Juan Pablo II, fue impulsado por Benedicto XVI, y llegará a buen fin el próximo 27 de septiembre por decisión del Papa Francisco, quien aprobó que la ceremonia tenga lugar en Madrid ese día y sea presidida por el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, Ángelo Amato.

Varias veces al borde de la muerte

Álvaro del Portillo nació en Madrid en 1914 y estuvo varias veces a punto de morir violentamente en su ciudad natal. La primera vez fue en 1934, cuando tenía 19 años y acudía a impartir catequesis en el barrio extremo de Vallecas. Un grupo de antirreligiosos exaltados atacó a los catequistas y Álvaro recibió un fortísimo golpe en la cabeza con un llave inglesa. A duras penas consiguió entrar en un vagón de metro que estaba cerrando sus puertas, “por eso, quizá, no me mataron”.

En 1936, cuando llevaba apenas un año en el Opus Dei, estalla la guerra civil y tiene que refugiarse en la embajada de Finlandia, pero la Guardia de Asalto irrumpe y arresta a los refugiados. Álvaro del Portillo, entonces Ayudante de Obras Públicas y estudiante de Ingeniería de Caminos, termina en la cárcel de San Antón, donde sufrió torturas y de la que sacaban cada día, a veces por selección caprichosa, personas para fusilar.

Puesto en libertad a los dos meses, pasa año y medio refugiado en pisos clandestinos y en la legación de Honduras, hasta que se enrola en el ejército para intentar escapar de la zona republicana. Deserta dos veces y se enrola tres, con nombres distintos, hasta que le envían al frente de Guadalajara, donde logra pasar al otro lado.

Los documentos del proceso de beatificación subrayan que nunca guardó rencor, pues sabía perdonar. Lo había aprendido de su madre, Clementina, exilada a España por la revolución mexicana, que incautó las propiedades de la familia. También supo perdonar, a lo largo de cuarenta años, los ataques contra san Josemaría Escrivá y contra él por ser el “número dos” del Opus Dei, hasta suceder al fundador tras su fallecimiento en 1975.

Además de Doctor Ingeniero de Caminos era doctor en Filosofía y en Derecho Canónico. Pero era, sobre todo, sacerdote a partir de 1944 y obispo a partir de 1991. Los documentos del proceso de beatificación muestran un hombre valiente, muy fiel a san Josemaría y extraordinariamente sacrificado en la tarea de formar a los nuevos miembros del Opus Dei y extender la actividad apostólica a docenas de países. Creó numerosos centros de promoción social en muchos países y universidades de envergadura. Pero, sobre todo, enseñó a miles de personas a amar a Dios y al prójimo, incluso cuando no lo merece.