Un siglo de la historia de China

Por Juan Leña. Embajador de España
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SI el XXV aniversario de la muerte de Mao Zedong, el 9 de septiembre de 1976, permite más de una reflexión sobre la trayectoria de China en el siglo XX y sobre lo que puede ser el futuro del país más poblado de la tierra en este comienzo de siglo y milenio, otra fecha muy próxima, el 7 de septiembre, apenas transcurrida, ha sido también un aniversario señalado en la convulsa, trágica y siempre fascinante historia de China.

El 7 de septiembre se cumplieron los cien años de uno de los hechos más ominosos de lo que era todavía el celeste imperio, con la dinastía manchú (Qing) ya en el ocaso, sacudida por las tensiones entre reformistas y conservadores, las revueltas internas (la rebelión Taiping, entre otras, tan admirada después por los maoístas), las catástrofes naturales, la corrupción y, sobre todo, por las humillaciones a manos de las potencias, principalmente europeas, a las que venía a sumarse la nada lejana derrota en la guerra chino-japonesa de 1894.

El 7 de septiembre de 1901 se firmó en Pekín el Protocolo que puso fin a la llamada rebelión de los «boxers» (verano de 1900) y que supuso una nueva humillación para China, que se vio forzada a aceptar las durísimas condiciones de las potencias, entre ellas, España, que tuvo un papel exclusivamente protocolario por ser decano del Cuerpo Diplomático el ministro de la Legación de España, Bernando José de Cologan.

Señalo este hecho porque el siglo XX comenzó para China con la humillación y la derrota y porque ese acontecimiento, junto con otras movilizaciones antiextranjeras de los jóvenes y de la elite china de la época, como las que siguieron a las «21 exigencias» de Japón (1915), o las que se organizaron en torno al «movimiento del 4 de mayo» (1919) para protestar contra algunas consecuencias negativas del Tratado de Versalles para China, han de servir de punto de arranque para el nacionalismo chino, primero, con Sun Yat Sen a la cabeza, ya derrocada la dinastía manchú, y para el movimiento comunista, del que también se han celebrado ahora los 80 años.

La historia de China del siglo XX resulta, pues, inseparable de estas explosiones nacionalistas de rechazo de la presencia colonial extranjera, lo mismo que está indisolublemente unida a una personalidad tan decisiva como Mao Zedong y al Partido Comunista chino. Ambas ideas-fuerza, nacionalismo y comunismo, se darán la mano en la vertebración del país y primará una u otra al dictado de la coyuntura y según el estilo, ideas y carácter de los dirigentes de turno, como bien ilustran dos personalidades tan diferentes como el propio Mao o el padre de las reformas y la apertura, Deng Xiaoping.

Nacionalismo y comunismo han sido fundamentales para el difícil logro de la unidad y la estabilidad y para encauzar el desarrollo y el progreso del país, aunque ello haya tenido lugar en medio de no pocas calamidades para la población y con un sistema político autoritario y negador de las libertades. En la historia milenaria de China, siempre impregnada de etnocentrismo «han», al menos desde el punto lingüístico y cultural, y con un fuerte componente nacionalista, el comunismo será un episodio probablemente pasajero, aunque haya sido el instrumento sobre el que se ha construido la China de hoy desde el punto de vista ideológico, político, económico y social. Sin duda, el pragmatismo tradicional de los chinos ayudará al desenganche del sistema, como viene ocurriendo en la práctica desde el inicio de la década de los años 80 del pasado siglo.

Vistas las cosas desde la inmensidad geográfica y temporal de China, el régimen creado en 1949 será, quizás, contemplado, con la afición que muestran los chinos por la continuidad de su propia historia, casi como una «nueva dinastía», que como tantas otras debió su nacimiento a la decadencia de la que le precedió y a una revuelta campesina victoriosa.

En enero y septiembre de 1976, año del dragón, preferido de los chinos, pero de grandes calamidades e infortunios, se produjo la muerte de dos gigantes de la China popular, Zhou Enlai y Mao Zedong. La cara amable del sistema, el mandarín instruido y dúctil, el primero, y el dirigente indiscutible, el gran timonel, voluntarista y visionario, casi una fuerza de la naturaleza, el segundo.

Mao Zedong había pasado con suerte varia los primeros trece años de la historia del Partido Comunista chino. Su papel estuvo siempre en relación inversa al peso de la Internacional Comunista en China: a más peso de Moscú, menos peso de Mao y a la inversa. Mao era un heterodoxo (siempre prestó más atención a algunos clásicos de la literatura china que a las obras de Marx y Lenin) y pensaba más en la realidad de la China campesina y pobre que en la vanguardia proletaria de las ciudades como preferían otros y, sobre todo, como «sugerían» los asesores venidos de Moscú. Mao se impone al fin, porque a la postre se impone la realidad económica y social de China, sobre todo durante (Conferencia de Zunyi) y al final de la Larga Marcha (1935). Desde las bases del norte, en Yanan, Mao combate a japoneses y nacionalistas del Kuomintang y va afinando lo que será la ideología y la praxis del maoísmo puro y duro entre 1949 y 1976.

El cuarto de siglo largo de permanencia de Mao en el poder presenta zonas de luz, como la recuperación de la soberanía, la unidad nacional y la dignidad. China es ahora dueña de sus destinos, frente a un siglo XIX y primera mitad del XX, en que aparece como disminuida y sin pulso, permanentemente instalada en la crisis y con la unidad nacional rota o hipotecada. Quizá por ello, y pese a sus errores, Mao ocupa un lugar en el corazón de los chinos y continúa estando en la base de la legitimidad del sistema.

No faltan, sin embargo, densas zonas de sombra en el legado maoísta, como ponen de relieve el permanente y arbitrario recurso a las masas, el sectarismo de las campañas de educación y rectificación, lanzadas desde el partido con el beneplácito y en beneficio del propio Mao. Baste citar las Cien Flores (1956-1957), que funcionó como una trampa mortal para quienes mordieron el anzuelo de «la libertad», el Gran Salto Adelante y la creación de las comunas agrarias (1958-1961), con los desajustes que causaron en la producción industrial y agraria y la hambruna que padeció la población como consecuencia, o el dislate sin mesura de la Revolución Cultural (1966-1976), con sus secuelas de violencia, denuncias, ajustes de cuentas y caos generalizado, amén de un culto a la personalidad rayano en la histeria.

Mao nunca reconoció sus errores ni aceptó el sabio dicho de uno de los grandes libros de la sabiduría china, el Tao Te Ching:

El fracaso es una oportunidad,

pero si culpas a otro por ello

la culpa no tendrá fin

Hubo que esperar a la muerte de Mao para la eliminación de «la banda de los cuatro» y para que, a partir de la tercera Sesión plenaria del XIII Comité Central (1978), China recuperara la normalidad y afrontara con decisión los retos de la reforma y la apertura bajo la batuta del pragmático Deng Xiaoping, con la creación de las zonas económicas especiales, la abolición de las comunas en el campo y la llamada al capital y las tecnologías del exterior. En 1997 y 1999 tiene lugar, demás, la recuperación de Hong Kong y Macao, quedando Taiwan para el futuro como cuestión peligrosamente abierta.

Veinte años después, China continúa transitando por esa senda, aunque su evolución diste de estar clara, como pusieron de manifiesto los condenables sucesos de Tiananmen en 1989. Los años próximos serán cruciales para China y su paulatina inserción en el mundo, con su incorporación a la OMC, la celebración del XVI Congreso del Partido Comunista, con un más que probable relevo generacional, y la organización de los Juegos Olímpicos en el 2008. Un panorama que debe empujar a los actuales dirigentes y a los que les sucedan por la vía de la reforma y la apertura en todos los ámbitos.

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