Editorial ABC

Rivera manda callar a los críticos

La disidencia orgánica contra Rivera es minoritaria, pero resulta llamativa en un partido que durante trece años ha guardado una unidad de acción siempre indiscutida

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El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, dio ayer un nuevo golpe de autoridad al ningunear al sector crítico que plantea abstenerse para facilitar la formación de gobierno a Pedro Sánchez. Rivera planteó a los dirigentes que han criticado su estrategia -Toni Roldán, que ya ha abandonado el partido; Javier Nart, Francisco Igea o el propio Luis Garicano- que si no están cómodos en el partido pueden fundar otro proyecto, porque en ningún caso va a «permitir a Sánchez campar a sus anchas». La disidencia orgánica contra Rivera es minoritaria, pero resulta llamativa en un partido que durante trece años ha guardado una unidad de acción siempre indiscutida, y una actitud monolítica en torno a Rivera, que transformó con éxito a una marca electoral catalana en una alternativa consolidada a nivel nacional. Con este mensaje, Rivera deja claro que no va a ceder a las presiones políticas, financieras y sociales que le retratan como un intransigente carente de sentido de Estado y sin más vocación que vetar la investidura. Sin embargo, Rivera actúa de modo coherente. Empeñó su palabra durante toda la campaña negando a Sánchez cualquier posibilidad de apoyo, y ahora se ratifica.

Su estrategia de «derechizar» a Ciudadanos con la idea de superar en votos al PP y erigirse en líder de la oposición continúa intacta, por más que haya fracasado en el empeño. Pero al menos esta vez hay coherencia en sus planteamientos. En el fondo, Ciudadanos es un partido de la «nueva política» que ha envejecido a pasos agigantados, y ha adquirido vicios. El debate sobre su identidad futura está abierto: ser siempre un partido «bisagra» con una notable indefinición ideológica, y percibido como un sostén útil de PP y PSOE a derecha e izquierda, o ser un partido con vocación de gobernar España en algún momento. Rivera, y la mayoría de su equipo, se ha inclinado por la segunda opción, y por más que resulte arriesgado, no solo es legítimo sino congruente. Cuestión distinta es que logre el objetivo en algún momento.

No obstante, hay una deriva más en esta crisis de Cs que Rivera ha optado por zanjar de forma drástica y explícita, insinuando a los críticos que el trayecto está trazado, y que quien discrepe se marche. En efecto, es el primer conato de discusión interna del liderazgo de Rivera tras trece años al frente del partido. Y algo falla en ese sentido en un partido promotor de la regeneración en la vida pública que exige a los demás, sin aplicárselo a sí mismo, limitar los mandatos en política. De hecho, algunos de los fundadores de Cs ya cuestionan abiertamente el rumbo emprendido por Rivera, y algunos dirigentes que hasta ahora han sido de su confianza, también. Nadie cree ahora en ningún relevo de Rivera. Pero la primera cuña ya le empieza a apretar.