Rigor con rigor se paga

M. MARTÍN FERRAND
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ESO de tensar y lucir el dedo corazón de la mano derecha como señal de desdén a un auditorio hostil es una costumbre, a más de fea, extranjerizante e impropia de quien presume de ser español, incluso de serlo más que los demás. El gesto, al que algunos -impropiamente- denominan como «hacer la peineta», viene de Italia, tal que el corte de manga que obliga a flexionar el codo derecho, y no el izquierdo, según la pureza del estilo napolitano. Lo nuestro, lo que está escrito por los clásicos del Siglo de Oro, es indicar el desprecio a los demás cerrando el puño y mostrando el pulgar asomado entre el índice y el corazón. Hacer o dar la higa. Si en asuntos tan menores como los anecdóticos y gestuales perdemos el oremus, o lo pierden quienes presumen de autoridad y servicio a la Patria, mal asunto. El rigor es indispensable hasta para los suspiros.

En lo que a la ausencia de rigor respecta, el paradigma se llama José Luis Rodríguez Zapatero, el hombre que se empecina en predicar lo que menos desea, un pacto de Estado que aúne las fuerzas presentes en el Parlamento. Si lo quisiera de verdad, y sobre la base de que su partido, junto con el de Mariano Rajoy, representa a más del ochenta por ciento de los españoles, le hubiera propuesto al PP un gobierno de coalición como el que vinculó en Alemania a los dos grandes del centro derecha -CDU/CSU- y al SPD. Todo lo demás es marear la perdiz, confundir al ciudadano y hacer que se hace para no hacer lo que se debe. Algo que arrastraría un alto coste electoral.

Dado que el servicio a la Nación es un concepto que varía según lo que cada cual entienda por Nación, del mismo modo que el PP de Rajoy escapa, como quien huye del diablo, de la idea de un pacto, quienes desde el nacionalismo propugnan varias naciones diferentes se aprestan a sellarlo con Zapatero. Previo pago de su importe, naturalmente. En un Estado que padece la confusión de su propia identidad, en el que las partes cuestionan el todo, es insensato hablar de pactos coyunturales que no tengan una finalidad unívoca y, para ello, no separatista. España, para nuestra desgracia, se ha convertido en una idea de dimensión variable y cambiante según sean los interlocutores o los intereses que se persiguen. Facilitar con apelaciones pactistas una enfermedad tan grave no es riguroso y, en consecuencia, se merece la falta de respeto de una higa. No de una peineta.