Pánico en el naufragio

La izquierda se asusta ante el colapso de su hegemonía cultural

Hermann Tertsch
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Ulrich Herbert es un muy reconocido historiador alemán, hoy profesor en Friburgo. Ha recibido decenas de premios entre ellos los más prestigiosos, como el Premio Leibniz que es algo así como el Non Plus Ultra de la comunidad de investigación histórica. Pues hace unos meses una editorial británica le ha dado calabazas al laureado historiador como si fuera un poeta novel que intenta publicar su opera prima. La editorial Verso de Londres le mandó una carta de británica cortesía en la que le comunicaba que, en contra de lo acordado inicialmente, no publicaría su «Historia de Alemania en el siglo XX», un libro celebrado y premiado por la crítica en Alemania. La editorial decía haber concluido que los puntos de vista del historiador son incompatibles con opiniones e intereses editoriales de la casa.

Pronto se hizo saber al historiador alemán lo que pasaba. El libro es demasiado anticomunista. En el trato de la Revolución de Octubre, los movimientos comunistas y la izquierda con su terrorismo, la editorial británica veía una línea excesivamente crítica. Esto sucede cien años y cien millones de muertos después de la revolución bolchevique. Es como pedir en España, especialmente en estos días de dolor y asco, que por favor no se hable demasiado mal de Santi Potros. Herbert no es de la escuela de Ernst Nolte y otros investigadores que fueron más lejos hasta ver en el comunismo el impulso real para todos los crímenes de las ideologías redentoras, comunismo, fascismo y nazismo. Nolte, venerado historiador, desencadenaba así en 1986 la célebre pelea de historiadores (Historikerstreit) en la que la izquierda dirigida por Jürgen Habermas, se lanzó a la yugular de Nolte. Entonces se vio ya que el neomarxismo había dejado de ser académicamente omnipotente.

Herbert es una gran autoridad en la historia del nacionalsocialismo. Sus libros son referentes imprescindibles. En nada sospechoso de revisionismo. Pero el anticomunismo es sospechoso todo él en las elites europeas. Y la verdad no importa. Lo importante es el efecto político. Inmersos en su burbuja de arrogancia y elitismo intelectual antinacional, están en pánico por lo que pasa en Europa y EE.UU. Cada vez más sociedades y países se rebelan contra una hegemonía cultural de dichas elites que llegó a no tener fisuras. Que ha impuesto un relato tan mentiroso como los de antiguas dictaduras. Y se persigue y reprime con represión, difamación y también leyes, la de la Memoria Histórica en España en una vergüenza especial, cualquier intención de defender verdades que no plazcan. Llaman fascista y nazi al adversario de la peste leninista. Pero también al que se opone al rodillo de la socialdemocracia que se ha revelado como el brazo amable del mismo proyecto totalitario. Esa práctica del descrédito viene de lejos. Los emigrados que llegaban a París huyendo del comunismo 1948 decían que declararte anticomunista en Francia no te suponía la ejecución inmediata como en Polonia, Hungría o Bulgaria, pero si la ejecución civil a cámara lenta. Ese «asesinato reputacional» es práctica general del neomarxismo que educa a las elites en las universidades occidentales y cuyo más patético símbolo sigue siendo Habermas. Una expresión de la censura y vocación totalitaria está en las redes sociales. Facebook y Twitter censuran con cualquier pretexto cuentas que defienden posiciones conservadoras, liberales, de la derecha política y nacional. Jamás a cuentas de la socialdemocracia ni a la izquierda, totalitaria, separatista, violenta y antidemocrática. La editorial quería un libro de izquierdas de Herbert para competir con cada vez más historia no marxista en el mercado. Es un signo muy esperanzador. La propia izquierda sabe que solo le queda la censura para defender una hegemonía cultural, vigente todo un siglo, que naufraga.

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