Música para los cubanos

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LA música es un lenguaje prácticamente universal, y por ello los artistas de mayor éxito suelen gozar de una proyección internacional. Lo deseable para ellos es, por tanto, tener la ocasión de actuar en todas partes del mundo. Que el concierto organizado por el colombiano Juanes en La Habana se haya convertido en un acontecimiento extraordinario se debe sólo al hecho de haber superado las estrechas limitaciones de una dictadura que se empeña en mantener aislados del mundo a los cubanos. Y el hecho de que haya gozado de una audiencia masiva prueba que, a pesar de ese aislamiento, los jóvenes y adolescentes cubanos comparten con sus coetáneos del resto del mundo más cosas de las que el régimen totalitario quisiera.

Por novedoso que sea, sin embargo, ha sido un gesto pretencioso y vacuo situarlo bajo el lema grandilocuente de la evocación de la paz, porque los cubanos -salvo Fidel Castro y su hermano- no están en guerra: lo que necesitan es libertad. Para escuchar música, para leer, para ver cine, para opinar y para poder entrar y salir de su país, como recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Los artistas han entremezclado su música con mensajes más o menos pomposos y emotivos, reclamando la reconciliación entre la Cuba de la dictadura y la del exilio, lo que es en cierto modo deseable desde el punto de vista humano, aunque no sea en ningún caso ético poner en el mismo plano a unos represores que llevan medio siglo monopolizando el poder y provocando esa hemorragia demográfica que mantiene a una parte importante de los cubanos fuera de su patria. Entre los cantantes que participaron en este concierto hay algunos españoles con edad suficiente para recordar los tiempos de la dictadura franquista -incluso alguno que ganó su merecida fama cantando contra el régimen-, lo que hace inexplicable que adopten ahora una actitud que entones les habría parecido repulsiva.

Los jóvenes cubanos merecen disfrutar de la música que les venga en gana, y los artistas de éxito tienen derecho a ganarse la vida con su talento allí donde encuentren audiencia y a promocionar sus creaciones de la manera que mejor les parezca. Pero si estos últimos desean ejercer un cierto papel político, deben elegir bien las causas que quieren defender, o correr el riesgo de que se les vincule con ideas y gobiernos incompatibles con los principios básicos de la democracia.