El del Ministerio de Rey mago

CARLOS HERRERA
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LA política como el toreo. El primer toro ha significado un petardo indiscutible para el matador, el respetable le ha silbado, chillado, insultado, los comentaristas le han puesto a escurrir, el petardo ha sido glorioso, la plaza ha dado la impresión de estar a punto de incendiarse... pero, después, ante el segundo de su lote, la verónica ha sido pinturera, la muleta ha dibujado el toreo en su pureza y la espada ha caído en todo lo alto. Inmediatamente, los mismos que le llamaban «cuentista», «ladrón», «sinvergüenza» y pedían que se lo llevara escoltado la Guardia Civil son los que ahora sacan los pañuelos como sábanas para pedirle las dos orejas y el rabo al grito de «¡¡¡Torero, Torero!!!». Ese es el sino del toreo y, me parece, que también de la política. José Blanco, ministro de Fomento, ha pasado de ser el torero del petardo al torero de lo sublime, ejemplo exacto del político denostado, odiado, caricaturizado, que se transforma en hombre de Estado, negociador y sensato, que deja de lado las querencias partidistas para resolver asuntos de interés general. Como en el toreo, lo más probable es que ni ahora sea para tanto ni antes fuera para tan poco, pero lo que vale al cabo es la apreciación popular de la realidad, que es la que decide, en alguna medida, el reparto de las orejas. Blanco es hoy el hombre de moda, el político de referencia, el centro de las miradas. Blanco va a acabar siendo el hombre bueno del zapaterismo. Así que pasen cuatro días se va a empezar a hablar de él como la muleta indispensable para que el presidente del gobierno pueda llegar en condiciones a cualquier puerto.

Blanco ha sido un eficaz secretario de organización del Partido Socialista. Ordenado, contundente y letal para sus adversarios, no ha tenido reparo en asumir el papel de portavoz odioso y de antipático oficial. Pero la eficacia de un individuo no hay que valorarla en la animadversión de sus oponentes, sino en la fidelidad de sus partidarios, y en el tránsito de Blanco por las tripas socialistas no se han producido fisuras significativas. Ha sido fiel colaborador de su presidente y ha transmitido a su grey una indudable seguridad y aplomo en el sustento del gobierno de ZP. Puede haber caído mejor o peor, pero ha desarrollado su trabajo con solvencia. Durante el desempeño de su función al frente de la plantilla socialista ha manejado bien la mentira, la demagogia y la insidia, pero nadie podrá decir que esa haya sido una exclusiva suya. Una vez transformado en ministro, Blanco se ha quitado la chaqueta de domador y se ha puesto la de negociador: ha demostrado ser listo cuando ha desactivado los seis o siete contenciosos absurdos y testarudos que sostenía la infumable Magdalena Álvarez y lo mismo cuando ha tirado de chequera para apagar los fuegos de urgencia brotados como consecuencia de la fobias personales de su antecesora. El mismo tipo que soltaba bilis sobre Esperanza Aguirre es capaz de llegar a un acuerdo con ella sobre la inversión necesaria en la Comunidad de Madrid en cuestión de horas. Tiene la suerte de dirigir un Ministerio de Rey Mago y de decidir a quién le llega el tren o a quién le pasa la carretera por su pueblo, con lo que puede mostrar la cara más amable de la eficacia. Corbacho, el ministro de Trabajo que huele a fósforo, lo ha dicho con claridad de hombre inocentemente sincero: «Blanco es el futuro». Seguramente ha querido decir mucho menos de lo que las mentes calenturientas del periodismo español suponemos a estas alturas, pero ha señalado una tendencia: el hombre a seguir es el que hasta hace poco llamábamos «Pepiño» y que en los últimos días estamos elevando -tal vez de forma un tanto precipitada- a la cabeza del escalafón taurino. Aún le quedan muchas orejas por cortar, pero va para figura.