Magic People

GABRIEL ALBIAC
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EN Magic People Show, que anda ahora por la escena madrileña, hace Pino Montesano parlotear diarréicamente a un cuarteto de descerebrados. Su cráneo es hueca bóveda donde resuenan los sedantes clichés televisivos. La realidad, extinta, cede lugar a algo sórdido y difuso. Tras las palabras vacías, se dibuja el laberinto del desastre. Nada puede, en rigor, sobrevivir a un estado de degradación humana tan extremo. Y uno, si se deja llevar en la modorra, siente que está escuchando a José Luis Rodríguez Zapatero. O a cualquiera de sus ministros. Orondos declamadores de la nada. Porque a eso se reduce todo: el éxito electoral, como la bancarrota. A la exclusión perfecta de cualquier concepto. A la final reducción de la política a perverso jardín de infancia. El éxito del PSOE está entero en esa clave: haber comprendido mejor que nadie que la política ya sólo apasiona a los necios; que, al final, el cliente electoral perfecto es el lobotomizado. Y que aquel líder que aparente la estupidez más perfecta, aquel cuyas palabras más se asemejen a la pueril edad mental que se atribuye al ciudadano, ése merecerá su voto.

Como para todo hay coste, el de tal éxito se paga en efectivo: no gobernar. Otra cosa podría fácilmente ser tomada por el votante como traición al pacto de irracionalidad que selló su compromiso. Muchas cosas podrán serle criticadas al señor Rodríguez Zapatero, mas no ésa. Ni una sola medida de administración que merezca tal nombre. En cinco años. No es nada fácil perseverar en una coherencia así. Raya en lo heroico, incluso, en las extraordinarias condiciones presentes. La primera depresión que sacude al mundo desde la del año 1929 (que, conviene no olvidarlo, se cerró sólo en 1948 y tras la guerra más destructora de la historia) ha sido contemplada por el gobierno español con el plácido sosiego de quien asiste, bien guarecido, a una encantadora llovizna de primavera sobre el florido campo. Ni una sola medida. A cambio, los borbotones de palabrería que son imprescindibles allá donde la realidad falta; allá donde la realidad que duele debe ser negada. Y que tan súbitamente como se desencadenan, son borrados de la memoria común, tras su momento de eficacia. No había crisis, primero. Solbes -fastuoso personaje, en cuya carrera pública se cifra el raro mérito de haber arruinado dos veces, en menos de una década, al mismo país- fulminó como antipatriotas a los pobres ingenuos que constataban datos y contabilidades. Zapatero, que no iba a quedar por detrás de su subordinado, anunció con solemnidad el inminente pleno empleo. Un mes después, la crisis nos comía; la recesión estaba en cada dato analizado por los economistas. Pero el gobierno «no contemplaba» recesión alguna. Ni Zapatero, ni Solbes, ni nadie. El gobierno contemplaba ministerios de igualdades y alianzas civilizatorias con los rebanadores de clítoris y lapidadores de adúlteras. Y recuperación en marzo. O sea, ayer. Sentido de la historia, se llama eso.

A fuerza de no gobernar, España es hoy ingobernable. Un puñado de feudos autonómicos, cada uno de los cuales se sacude a su aire, con espasmos de cola de lagartija amputada. En Madrid, el Jefe ha decidido cambiar de gobierno. Acto escénico que garantiza un montón de fotos en primera página. Da exactamente igual quiénes sean los que salgan. Da aún infinitamente más, quienes sean los que entren. Algo sabe Zapatero: que un gobierno no está para tomar medidas materiales. De ningún tipo. Que un gobierno está para llenar pantallas en hora de máxima audiencia. Y muchas fotos en colores. Eso acarrea votos. Nunca la inteligencia. Magic People.