«¡Qué lástima! tan joven, y ya catalana...»

IGNACIO RUIZ QUINTANO
Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

ÉSA fue la respuesta que recibió de su madre el pintor mexicano Juan Soriano, cuando le presentaba a una amiga («se llama Paloma y es catalana»), hija de exiliados.

La madre estaba casada con un hombre que, cuando agonizaba, se mandó hacer seis trajes nuevos, y repetía: «¡Quiero ver otro amanecer!».

-Todos los domingos mi papá le daba una golpiza a mi madre... Cuando lo enterramos, nos equivocamos de muerto. Y a Octavio Paz y a mí, que éramos responsables de esa confusión, nos dio entonces un verdadero ataque de risa y de llanto.

Fogonazos de magnesio del realismo mágico de un «auténtico santidiablo», Juan Soriano, magistralmente esbozado por José-Miguel Ullán en el maravilloso «Relato prologal» -inacabado- de su antología de María Zambrano («Esencia y hermosura») para Círculo de Lectores.

-Pero lo que sí envidio de mi padre es que tenía unas uñas de animal salvaje... Su madre no lo quería. Yo dormía de niño con ella, con mi abuela. Y menos mal, porque los abuelos eran todos putos. Mi abuela tenía sólo tres dientes. Y era tan pequeñita que uno se extrañaba de poderla distinguir...

María Zambrano fue la cabeza más en su sitio del perpetuo exilio español, que debió de empezar cuando Escipión, el destructor de Cartago, arruinara a Numancia, por cuyos campos, como se sabe, vaga, errante, la sombra de Caín.

En algo llevaba razón Umbral: los exiliados no perdonaban, a su vuelta, que España hubiera seguido sin ellos, al margen de las intrigas de El Pardo: «Querían, no incorporarse a nosotros, sino implantarnos sus años veinte. Pero sus años veinte eran pura cretona.» Nada que ver, en fin, con la palabra ni con la obra de María Zambrano, afrentada por el mostrenco cine español, pero amorosamente desagraviada en estos textos escogidos por el mejor Ullán, quien durante años arrastró, como bola de presidiario, el compromiso prologal, donde desplegaría el formidable poder de su escritura, «hecha de inteligencia, sentido del humor, afecto y rectitud», por decirlo como él describe su amistad con Valente, y la de los dos con María Zambrano.

-María era una sangrona -habla, de nuevo, Juan Soriano-... En Roma, a veces se volvía un verdadero demonio... Lo que pasa es que luego hablaba como de oídas, y te contaba a ti al oído eso que ella escuchaba desde dentro, como en sueños. Decía palabras soñadas, que, en efecto, te dejaban maravillado.

María Zambrano y la importancia de las maneras de hablar. «Eso sí lo ha dado España, ¿ves?, el encanto de la flauta mágica. Lo tenía Valle-Inclán. Y Ortega, si hubiera querido. Federico García Lorca también lo tenía.» Y tenía la manía de que España, como México, es de color naranja, o sea, de sacrificio...

(Al fondo, abracadabrante, el eco genial de Juan Soriano: «Esto de ser artista es como que se te metió una hormiga en el c...»)