José María Carrascal

Independencia de ida y vuelta

Rajoy no tiene prisa. Incluso está dispuesto a darle la última oportunidad

José María Carrascal
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Preguntar a Carles Puigdemont si ha declarado la independencia de Cataluña es como preguntar a un portero de discoteca si pegó al borracho que quería entrar: buscará las más exóticas explicaciones para no decir sí ni no. Tampoco creo que Rajoy espere una respuesta clara de Puigdemont a si declaró o no la independencia. Lo que quiere es que se retrate, que todo el mundo vea que es un farsante por partida triple, al haber engañado al Gobierno, al pueblo catalán y a sus socios.

Es posible que el president de la Generalitat ni siquiera le conteste o le envíe los párrafos de su declaración en el Parlament, donde no dijo sí, ni no, sino todo lo contrario. Con lo que no hará más que hundirse en las arenas movedizas en que se metió. No es envidiable su situación. De responder que ha declarado la independencia, le espera el artículo 155, más una Justicia a la que ha vuelto a ofender creando una comisión para investigar si jueces, fiscales y policías han violado derechos fundamentales en Cataluña. ¿Está loco este hombre?, se pregunta uno. ¿O sólo es tonto? Para llegar a la conclusión de que está desesperado. De contestar que no ha declarado la independencia, le esperan sus socios de la CUP, que le han dado un ultimátum aún más perentorio que el de Rajoy. Rajoy no tiene prisa. Incluso está dispuesto a darle la última oportunidad, mientras se tramita la aplicación del 155. Le conviene que sean sus socios quienes le despachen, no él. Y lo harán si no les obedece. La CUP no es nacionalista. Es antisistema, de ahí la alianza antinatural que mantiene con la vieja Convergencia, parte del sistema. Hoy intenta zafarse de los radicales y no puede. Suele ocurrir cuando te montas en un tigre.

Algún lector de buena memoria recordará que, tras la tristemente famosa sesión del Parlament donde se violaron todas las normas democráticas, dije que se trataba de una victoria pírrica: ganaron una batalla para perder la guerra. Desde entonces no han hecho otra cosa: también ganaron la batalla del referéndum, pero siguieron perdiendo la guerra con la huelga revolucionaria al día siguiente. Y donde se hundieron definitivamente fue con esa declaración independentista de ida y vuelta, que mostró a todos cómo el nacionalismo catalán iba camino de explosionar no sólo a Cataluña y España, sino también Europa. Pero les ha explotado en las manos. El detonante no ha sido la severa advertencia de la Unión Europea. Ni la actitud firme, a la par que cautelosa, del Gobierno español. Ni me atrevería a decir la salida del armario de la mayoría silenciada en Cataluña. Todo ello influyó. Pero la causa decisiva ha sido la desbandada de las empresas catalanas, grandes y pequeñas, nacionales e internacionales, a Madrid y a otras comunidades. Ese serial cliffhanger, colgado el protagonista del precipicio al terminar cada episodio, continuará por lo menos otra semana. Pero el final empieza a verse.

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