Democracia con subtítulos

IGNACIO CAMACHO
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CUANDO la austeridad se ha vuelto una exigencia tan perentoria que hasta el presidente Zapatero entiende la necesidad de fingirla con recortes cosméticos de la elefantiasis administrativa, el Senado se dispone a contratar traductores de lenguas autóctonas para convertirse en una especie de Cámara subtitulada. La ONU de las autonomías, un Parlamento con pinganillo. Aunque se trate de un desembolso leve y llevadero, lo fundamental consiste paradójicamente en su carácter accesorio, pura gestualidad superflua destinada a complacer el ego nacionalista con la anuencia de un PSOE que en su torrija posmoderna confunde diversidad con particularismo y se siente subyugado por la tentación de hacer visible el dudoso concepto de la «nación de naciones». El resultado es un ridículo cantonalista que diluye la idea de una nación unida para sustituirla por el dispositivo simbólico -las «sensaciones» perceptivas tan gratas al zapaterismo- de una ficticia pluralidad confederal. El gesto por encima del gasto.

En el fondo de esta absurda retórica diferencialista se halla la ausencia de un sentido coherente para el papel del Senado en nuestro sistema parlamentario, pendiente de una reforma constitucional que ajuste su integración en la arquitectura del Estado. Como Cámara de segunda lectura de las leyes es inútil y carece del poder efectivo del veto. No desempeña ningún rol en la elección del presidente del Gobierno, y su función de control del Ejecutivo duplica y solapa la del Congreso. Se ha optado por otorgarle un cierto carácter de foro territorial, pero para eso le faltan músculo y articulaciones, capacidad para regular el tráfico legislativo de unas autonomías que han devenido en la práctica en soberanas y/o federales. Así que sólo queda la posibilidad de utilizarla, además de como aparcadero clientelar de cargos, como un mero ámbito de discusión, escenario de una suerte de terapia colectiva en la que dar forma a las obsesiones identitarias sin llegar a ninguna conclusión relevante. Y a ser posible en versión original.

Ahí entran las pulsiones simbólicas, en cuyo desarrollo y énfasis coinciden los nacionalistas, siempre atentos a la representación de su imaginario, y el Gobierno zapaterista, volcado en la ingeniería de la apariencia. Juntos pretenden convertir el Senado en un falso parlamento plurinacional a base de repartir auriculares entre unas señorías que disponen de una lengua común para debatir sobre problemas comunes. Pero lo que les interesa es la escenificación de la particularidad, un fragmentarismo casi patológico que tratan de imponer, pinganillos mediante, sobre el concepto igualitario de la nación de ciudadanos. Al galimatías competencial de los estatutos le quieren añadir la babel de una democracia con subtítulos.