Cada vez menos Obama

HERMANN TERTSCH
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ES cierto que en los últimos tiempos el Kremlin no le hace precisamente favores al candidato demócrata a la presidencia norteamericana y que la invasión rusa de Georgia es en gran medida responsable de que Barack Obama haya perdido en un mes una ventaja de entre siete y diez puntos frente a John McCain. Ayer, al comenzar la Convención Demócrata en Denver, los sondeos coincidían en que los candidatos a la Casa Blanca están empatados en la intención de voto. La espectacular y sangrienta salida del armario del nuevo imperialismo moscovita no cuadra en absoluto con el mensaje de Obama que viene a achacar prácticamente todos los males del mundo a la actual administración norteamericana. No le benefició al candidato demócrata que la noticia de la invasión le sorprendiera de vacaciones en Hawai. Y quizás menos aún que su primera declaración pública al respecto, mientras degustaba un helado, fuera una letanía de simplezas y obviedades sobre la necesidad de buscar soluciones diplomáticas a las crisis y sobre las virtudes del diálogo.

Pero la crisis del Cáucaso y la escalada de tensión entre Rusia y la OTAN no son suficientes para explicar por qué Obama, que se antojaba imparable tras su victoria sobre Hillary Clinton en las primarias demócratas, se ve ahora alcanzado por McCain, un candidato gris que comete considerables errores y carga con todo el lastre de la administración Bush. Una de las causas de este paulatino agotamiento del «fenómeno Obama» está sin duda en la división en el seno del Partido Demócrata. Durante los preparativos de la Convención ha quedado en evidencia que la hostilidad hacia el candidato por parte de algunos sectores de los partidarios de Clinton, lejos de desaparecer, ha cristalizado en un movimiento abstencionista cuando no partidario del candidato rival. Pero más allá de los incondicionales del aparato Clinton, los observadores detectan otro grupo de militantes demócratas que podría ser aun más peligroso para Obama. Apoyaron en un principio con entusiasmo el «fenómeno Obama» pero, según se acerca la fecha electoral, comienzan a temer a un presidente Obama. Todo indica que están agotados de grandilocuencia y buenismo, de sus parientes pobres africanos y sus esperanzas de armonía. Cada día están más impacientes por escuchar medidas y planes concretos.

Lo que parece claro es que entramos en una campaña electoral norteamericana a «cara de perro» en la que será Obama quien gane o pierda las elecciones. Porque sólo hay un paso desde las dudas sobre la capacidad o el temor al aventurerismo del candidato demócrata y la resignación a una presidencia de McCain, un político republicano poco republicano, sólido e informado, crítico con Bush y que previsiblemente, por su edad, no ejercerá más que un mandato. Para contrarrestar esta amenaza, el señor Obama tendrá que ser cada vez menos lo que decía ser. Los líderes del «I´ve got a dream» («he tenido un sueño») son necesarios. Pero si están secuestrados por sus sueños y no dejan que la realidad se los modifique -o incluso impida- se convierten en un peligroso poder que intenta imponer sus anhelos a los ciudadanos y divide al país entre quienes los comparten y quienes se niegan a ello. La democracia norteamericana nunca lo ha permitido. También en esto radica su grandeza. Difícilmente llegará a presidente en EEUU alguien que diga majaderías como «Os prometo que el poder no me cambiará». Si gana Obama será porque se obliga y le obligan a cambiar. Será menos Obama. Y eso es bueno.