Ante este escenario de la adicción se enfrentan diariamente los vecinos en la calle Alonso del Barco
Ante este escenario de la adicción se enfrentan diariamente los vecinos en la calle Alonso del Barco - san bernardo

Embajadores, cercado por la heroína y las cundas

Los vecinos denuncian un aumento de taxis de la droga. Sus calles y portales son camas para los toxicómanos

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Un hombre con la piel ajustada a sus huesos yace sobre cartones en la zona peatonal de la calle Alonso del Barco, una de las más degradadas del barrio de las cundas, Embajadores. Dicen los vecinos que duerme los efectos de la heroína inhalada, dando la espalda al mundo, pegado a una pared. Es un habitual. A tres metros de él, un subsahariano «sin techo» permanece tumbado sobre dos cojines tomados de la basura. Afirman también que pasa los efectos de su dosis, en pleno mediodía. Asoma un carro de bebé por uno de los portales que dan a parar a este escenario de adicción. La madre esquiva los cuerpos para pasear por este barrio marcado por la droga.

Diario del barrio

«Todos los días hay que decirles que se vayan. Se meten en el baño para fumar en plata», comenta la trabajadora de una panadería de la glorieta de Embajadores. «Este año no hemos puesto la terraza porque no se nos sientan clientes y cuesta más de 1.500 euros al año. ¿Quién va a querer tomar algo si todo el rato están pidiendo los drogadictos?», expresa enfadada la hostelera de la cafetería El Botillo. «Se meten en los portales, hacen sus necesidades y luego tenemos que recogerlas los vecinos», dice una de las residentes de la calle Alonso del Barco. «Se cuelan en los portales y a veces te los encuentras por los rellanos o las escaleras después de haber consumido», narra la portera de uno de los edificios de tan mortificada rotonda. «A los bares nos han hecho polvo. Mira cómo tengo la terraza, vacía. No se sientan porque están mendigando los toxicómanos. Todos los días piden que les dejes entrar en los servicios o que les des agua. Yo no les dejo ni les doy», expresa el dueño de la cafetería Los Chiquitos. Es vecino de toda la vida y, bajo su punto de vista, compartido por otros ciudadanos del barrio, últimamente el negocio de las cundas se ha recrudecido.

Mientras los trabajadores y residentes de la zona hablan de su día a día, los taxis de la droga no cesan su frenética actividad. Se puede contar a más de una docena en la glorieta. Otros cinco en una calle perpendicular a Embajadores. Más hombres que mujeres. La presencia de jóvenes es desazonadora. La gente en el barrio tiene la percepción de que hay más gente que se dedica a este negocio. «Hay coches destartalados, pero a algunos los ves que montan a los yonquis en sus BMW y que van todo trajeados», sostiene un comerciante de la vía que da nombre al barrio.

Ordenanza muerta

El precio que se sigue cobrando a los pasajeros por el «ida y vuelta» a la Cañada Real es de 5 euros. Según calculan fuentes policiales, ninguno de los que se dedica a esto gana menos de 1.500 euros al mes. Hace unos años podían llenarse el bolsillo con hasta el doble, pero parece que ahora hay más competencia. Es dinero fácil. El vehículo del conductor no suele ser suyo e intentan reunir al máximo número de pasajeros para que el desplazamiento salga rentable.

La presencia de la Policía es constante desde hace años, pero los cunderos esquivan los lugares donde los agentes están al acecho y van moviendo su actividad a otras calles: Sebastián Herrera, Sebastián El Cano, Martín de Vargas o Moratines. La Policía realiza numerosas identificaciones al cabo del día, pero este problema para la convivencia está lejos de acabar.

El barrio de Embajadores lleva 12 años padeciendo esta lacra. Hace diez, Santiago Alonso montó junto a otros vecinos la Asociación de Afectados de la Glorieta de Embajadores por la Actividad de las Cundas. Se han movilizado en incontables ocasiones. Han mantenido reuniones con las tres administraciones, pero al final, todo es insuficiente.

El Gobierno de Ana Botella diseñó su ordenanza de convivencia, que preveía la inmovilización de los vehículos por parte de la Policía Municipal, pero se quedó en un borrador. Alonso, quien opina que la situación no ha ido a peor, transmite su desánimo: «Ya no nos creemos nada. Han sido muchas promesas políticas y estamos defraudados», aunque ve con buenos ojos la Ley de Seguridad Ciudadana para frenar a los taxis que van a la Cañada.

A juicio de este portavoz vecinal, un problema añadido que tiene Embajadores es que hace frontera con Lavapiés, otro barrio donde e l tráfico de drogas forma parte de la actividad cotidiana y Ayuntamiento y Delegación de Gobierno no son contundentes con sus acciones. La concejal-presidente del distrito de la que dependen ahora es Rommy Arce, quien, además de Arganzuela, lleva Usera. Por ahora, dice Alonso: «Estamos a la espera de cómo se configura todo con cambios políticos. Pronto pediremos una reunión».