Un misil durante el ejercicio conjunto de capacidad de lanzamiento de precisión entre Corea del Sur y Estados Unidos
Un misil durante el ejercicio conjunto de capacidad de lanzamiento de precisión entre Corea del Sur y Estados Unidos

Washington avisa a Pyongyang: «Estamos listos para la guerra»

Pide esfuerzos a toda la comunidad internacional para frenar a Corea del Norte

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Seis decenios después de que un arreglo soviético-norteamericano dividiera la península entre la Corea comunista (del Norte) y la democrática (del Sur), el conflicto alcanza su momento más caliente. Las provocaciones de Pyongyang y el enfrentamiento no son nuevos. Sí lo es que el joven dictador, Kim Jong-un, en su empeño por convertir Corea del Norte en una potencia nuclear, haya lanzado un misil intercontinental capaz de llegar a Alaska, el territorio de EE.UU. más cercano. «Esto cambia todos los cálculos», proclamaba ayer el exsecretario de Defensa William J. Perry. Washington forzaba una reunión de urgencia en Naciones Unidas para aprobar nuevas sanciones. El Departamento de Estado y el Pentágono se ufanaban en el conflicto más importante que tiene planteada la Casa Blanca, como Obama avisó a su sucesor Trump, mientras en la zona, el lenguaje bélico alcanzaba un grueso calibre: «Tanto EE.UU. como Corea del Sur estamos preparados para ir a la guerra en cuanto se dé la orden». Era la réplica del general Vincent Brooks, el comandante estadounidense para Corea del Sur.

La declaración tenía lugar pocas horas después de que los dos ejércitos aliados llevaran a cabo una demostración de fuerza, con el lanzamiento de misiles en la costa este surcoreana. A la espera del Consejo de Seguridad de la ONU (anoche) y de la reunión del G-20 en Hamburgo, hoy y mañana, la combinación de dureza en el tono y en el terreno intentaba contrarrestar la propaganda de Pyongyang, que celebraba el éxito de su misión como «un regalo para los bastardos americanos». El continuo avance norcoreano, que en muy pocos años le permitirá contar con misiles nucleares que alcancen todo el territorio de Estados Unidos, estrecha cada vez más el margen de respuesta. La opción militar presenta riesgos muy elevados. Con Seúl, la capital de Corea del Sur, con diez millones de habitantes y a 55 kilómetros de la frontera con el enemigo, el cálculo de daños se dispara en progresión geométrica. A ello habría que añadir un previsible ataque de Pyongyang a Japón, el otro aliado norteamericano, que convertiría el conflicto bélico en un infierno. El jefe del Pentágono, general James Mattis, lo resume así: «Una guerra con Corea del Norte sería el peor conflicto que ha sufrido la mayoría de la población en su vida».

Política de equilibrio

El problema es que las sanciones no están funcionando. Desde su llegada, Trump ha buscado sin éxito la ayuda del presidente Xi Jinping para que China empleara su notable influencia en Pyongyang y frenara las provocaciones de su dictador. En pocas semanas, Trump asumió que «EE.UU. tendrá que ir solo», ante la escasa acción de Pekín, que en el primer trimestre de 2017, ha incrementado un 40% su intercambio comercial con Corea del Norte. China no va a abandonar su política de equilibrio con Pyongyang, que se basa en presiones, pero también en que el régimen se mantenga a flote.

Nadie descarta el diálogo. Es la propuesta de Rusia y China, pero no sólo. La propia Corea del Sur, la más afectada, se plantea un intento de llegar a acuerdos con Pyongyang, según expresó a Trump su presidente, Moon Jae-in. Tampoco es nuevo. Clinton, Bush y Obama ya intentaron el acercamiento, pero siempre se concluyó que es un negociador «poco fiable».

A la vez que insiste en sumar los «esfuerzos conjuntos» de toda la comunidad internacional, según el llamamiento del secretario de Estado, Rex Tillerson, Washington busca desarrollar la mayor capacidad posible en el terreno tecnológico. De forma preventiva, Estados Unidos, con la colaboración de Japón y Corea del Sur, trabaja en programas para neutralizar futuros lanzamientos de misiles desde Corea del Norte.