EE.UU. plantea que los controles en aeropuertos varíen para viajeros «de confianza» y «regulares»
Un pasajero pasa a través de un escáner corporal en el aeropuerto Reagan de Washington - AFP

EE.UU. plantea que los controles en aeropuertos varíen para viajeros «de confianza» y «regulares»

Los pasajeros VIP podrían pagar 100 dólares y someterse a un escrutinio previo para evitar parte de la vigilancia

corresponsal en nueva york Actualizado: Guardar
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La autoridad estadounidense responsable de la seguridad en los aeropuertos -la TSA, por sus siglas en inglés- está empezando a darle vueltas a una propuesta para controlar a cada pasajero que se monta en un avión, pero no a todos por igual. La idea es establecer tres subgrupos: viajeros «de confianza», viajeros «regulares» y viajeros de riesgo. Cada cual tendría un nivel distinto de seguridad.

Los viajeros «de confianza» tendrían la opción de pagar 100 dólares (unos 73 euros) y someterse a un escrutinio previo de su «background» que no les eximiría totalmente de vigilancia, pero sí disminuiría apreciablemente los rigores de esta. Podrían pasar, por ejemplo, los controles sin necesidad de quitarse los zapatos o de sacar los ordenadores de sus fundas, según el «New York Times». Por supuesto tampoco se enfrentarían ni a los temidos escáneres corporales ni a los desagradables cacheos manuales. De eso no está claro que se libraran los viajeros considerados «regulares», pero estos nunca pasarían una criba tan severa como la reservada para los viajeros «de riesgo», estos sí, observados con lupa uno por uno.

Sobre el papel, todo son ventajas: menos molestias para los viajeros, la mayoría de los cuales no constituyen ningún peligro, y más agilidad en los trámites. Y es que el reto de las autoridades es cómo hacer compatible la seguridad y la racionalidad de un transporte tan complicado como el aéreo, más cuando se trata de un transporte de masas. Para hacer lo que de verdad habría que hacer para reducir los riesgos a cero, los aviones sólo podrían despegar y aterrizar con cuentagotas. Inviable.

Hace tiempo que los expertos vienen advirtiendo de que no es posible parar a ciegas todas las amenazas y hay que aprender a detectarlas. Así se viene haciendo desde hace años en los aeropuertos israelíes, cuyos controles son mucho más precisos y personalizados de lo que se acostumbra en EE.UU. Allí se para a todo el mundo, en aluvión, y en realidad no se vigila a nadie.

Cómplices de la clasificación

Por supuesto las dimensiones de gente a controlar no son las mismas en Israel que en EE.UU., que añade a su enormidad otro formidable obstáculo: clasificar a los viajeros se puede interpretar como discriminación social o racial. En este país se considera una grave ofensa, además de un delito, que un policía pare por la calle a un sospechoso sin indicio concreto de delito, simplemente porque al verlo negro, latino o árabe le ha parecido más proclive a causar problemas. Este fue uno de los caballos de batalla de la contestada ley de inmigración de Arizona, que en la práctica obligaba a la policía a «sospechar» que todo ciudadano de tez alternativa que pasaba por la calle era un inmigrante ilegal en potencia, aunque no hubiese cometido ninguna infracción que justificara el pedirle los papeles. Algunos agentes se negaron, alegando que la nueva ley les obligaba a incumplir otra más antigua.

El problema es que sin un mínimo de «perfil policial», por muy prejuicioso e incluso injusto que pueda llegar a ser, no hay trabajo detectivesco que valga. Ahogar en la cuna toda sospecha porque es políticamente incorrecta equivale a atarles una mano a la espalda a las autoridades. ¿Cómo cuadrar esa evidencia con las puritanas exigencias de Estados Unidos? Las propuestas que la TSA tiene en estudio parecen invitar a los pasajeros a hacerse cómplices de su propia clasificación; estaría hasta cierto punto en su mano elegir ser más o menos transparentes, dar más información de sí mismos de antemano, minimizando entonces las comprobaciones necesarias sobre el terreno. Más o menos del mismo modo que uno elige o no elige pagar por volar en clase «business» y tener acceso a muchas más contemplaciones que las que se obtienen viajando en turista. Es de esperar que los que se lo puedan permitir acojan la idea con agrado. La incógnita es qué harán todos los demás.