La primera ministra de Gran Bretaña, Theresa May, pronuncia un discurso en Irlanda del Norte
La primera ministra de Gran Bretaña, Theresa May, pronuncia un discurso en Irlanda del Norte - Reuters

«El plan de Bruselas para la frontera irlandesa no es viable»

La premier asegura que Irlanda del Norte no estará en el mercado único ni en la unión aduanera

Corresponsal en LondresActualizado:

Era su primera visita a Irlanda del Norte tras el referéndum del Brexit en 2016 Theresa May volvió a dejar claro que esta región no se mantendrá ni en la unión aduanera ni en el mercado único tras la salida de Reino Unido de la UE.

En un discurso pronunciado en el puerto de Belfast en el segundo día de viaje oficial a la región, la primera ministra británica defendió nuevo su plan, recogido en el Libro Blanco, pidió a Bruselas «que evolucione» en su postura para así poder alcanzar un acuerdo que beneficie a ambas partes y evitar así la vuelta a una frontera dura.

Es algo en lo que coinciden, quizá en una de las pocas cosas en la que están de acuerdo: no debe haber controles fronterizos entre las dos Irlandas para no caer en los problemas del pasado. Por eso May señalaba ayer que ahora la pelota está en el tejado de Bruselas que tiene la responsabilidad de «responder» a la propuesta que ya le ha hecho llegar y que está bastante suavizada desde los planes iniciales que se manejaban en Gran Bretaña.

A pesar de eso, las intenciones de May siguen estando muy claras y pasan por sacar a todo el país, Irlanda del Norte incluida, tanto del mercado único como de la unión aduanera «mientras negociamos la salida de la UE, mi prioridad absoluta es proteger y reforzar nuestra valiosa unión, asegurando que el acuerdo que logremos es bueno para todas las partes del Reino Unido». La premier tiene además la presión de su principal socio de Gobierno, cuyo apoyo es imprescindible para tener mayoría absoluta en el Parlamento, los unionistas norirlandeses del DUP que también están en contra de esa frontera dura pero no permitirán, según palabras de su líder Arlene Foster, que esta región «quede marginada y con un estatus diferente al del resto de Reino Unido». Algo que colocaría, según May, la futura frontera en el Mar de Irlanda y dejaría a esta región fuera del mercado interno británico, poniendo en peligro la «integridad territorial de todo el país».

Mientras, desde el otro lado de la frontera, el Gobierno irlandés continúa presionando a su homólogo británico para que presente cuanto antes una solución «viable» y «legalmente operativa» para que no existan controles fronterizos y se mantenga todo tal y como está en este momento, o al menos cambie lo mínimo posible.

El gran problema de Theresa May sigue estando en su propia casa. Atada de pies y manos por sus propios compañeros conservadores, ha tenido que ir haciendo concesiones tanto al bando más euroescéptico como al proeuropeo para que ninguno de ellos vetase una propuesta que, esperan, convenza a Bruselas y flexibilice su postura ante Reino Unido.

Encallados

Nadie contaba en un principio con que la cuestión de la frontera, que se extiende a lo largo de 500 kilómetros se convirtiese en uno de los mayores obstáculos en las negociaciones entre ambas partes y la situación, que debería haberse solucionado en el mes de mayo, parece aún totalmente encallada. Esta ha sido en gran medida invisible desde que se retiraron los puestos de control del Ejército tras el acuerdo de paz alcanzado en el año 1998, que puso fin a tres décadas de violencia entre la mayoría probritánica y una minoría nacionalista irlandesa muy activa. La presencia de la banda terrorista IRA provocó un conflicto en el que murieron más de 3.600 personas.