Hermann Tertsch

Niño prodigio en apuros

El francés es un Estado saturado de empleados públicos, prejubilados y parados con fobia a no serlo

Hermann Tertsch
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Emmanuel Macron dice que esta primavera va a afrontar una reforma global de las pensiones y del desempleo para intentar que los franceses prefieran trabajar a vivir sin hacerlo. Muchos dudan de que vaya a intentarlo en serio. Apenas hay quien crea que pueda conseguirlo. Los chalecos amarillos ya le han arrancado tantas concesiones que resulta poco creíble que el presidente se meta ahora en un conflicto del que saldrían chalecos de todos los colores. En la reforma de un estado sobrecargado por una acumulación colosal de prestaciones en gran medida disparatadas y contraproducentes se han estrellado todos los presidentes franceses de este siglo.

Los últimos fracasados han sido Nicolás Sarkozy y Francois Hollande. La vida es corta, la presidencia también y nadie en el Elíseo quiere pasar los años de esplendor en estado de excepción permanente. Por eso bastan las primeras andanadas de violencia para disuadir de los intentos de desmantelar esa inmensa burbuja en la que viven millones de franceses trabajando nada o muy poco. En unas condiciones que no podría soportar ni un Estado social eficaz y competitivo. No digamos el francés, saturado de empleados públicos, prejubilados, parados con fobia a no serlo y repleto de trabajos improductivos sindicalizados.

Macron llegó a la Presidencia como un elegido por los dioses que son todos los poderes fácticos de Francia que querían impedir un accidente que llevara a Marine Le Pen al Eliseo. Ella ayudó con sus propuestas antiliberales y sus terribles errores. Pero lo cierto es que nunca estuvo tan unido el «establishment» francés a la hora de inventar a un salvador como en la fabricación de la opción Macron a partir de la quiebra general del Partido Socialista y el naufragio uno tras otro de las opciones de centroderecha. Dos años después, Macron, el niño prodigio artificial, está tan desgastado como una Merkel que lleva veinte años en el negocio. Apenas ha hecho nada con trascendencia para un saneamiento del discurso y del funcionamiento de la república. Como Merkel, goza fuera de su país de prestigio, pero dentro carece de él. El problema está en que Merkel está de salida y él pretende quedarse.

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