Beji Caïd Essebsi, en 2014
Beji Caïd Essebsi, en 2014 - EFE

Muere a los 92 años el primer presidente electo de Túnez

Beji Caïd Essebsi, que llegó al cargo en 2014, ya había anunciado que no se presentaría a la reelección en los comicios de noviembre por los problemas de salud que arrastraba

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El primer presidente electo en la historia de Túnez, Beji Caid Essebsi, murió este jueves a los 92 años de edad tras un mes de enfermedad. La militancia nacionalista de Beij Caïd Essebsi hunde sus raíces en su adolescencia, cuando presenció los primeros enfrentamientos entre los seguidores de Habib Burguiba y las autoridades francesas. El punto de no retorno fue alcanzado con la destrucción de la sede del Partido Neo Destour -el de Burguiba- en el municipio donde vivía. A punto estuvo de colocar una bomba en una vía férrea, pero fue disuadido por sus superiores, que le recordaron los principios del Neo Destour, al tiempo que le pidieron borrar cualquier huella: Burguiba siempre rechazó el terrorismo como medio para alcanzar independencia. Aprendida la lección, Essebsi emprendió estudios de Derecho, que completó en París, donde conoció al carismático estadista. Para entonces, Essebsi era vicepresidente de la Asociación de Estudiantes Tunecinos en París: el consiguiente activismo motivó su expulsión de Francia el mismo día en que terminaba sus exámenes.

No hay mal que por bien no venga, debió de pensar, pues de vuelta a Túnez ejerció de abogado de militantes independentistas, transcurriendo buena parte de su tiempo entre el Tribunal militar y la cárcel, y acumulando los suficientes méritos para integrarse en el aparato del nuevo Estado independiente a través de los gabinetes ministeriales, desde los que participó en tareas como el mantenimiento del orden en zonas inestables. Essebsi exhibió eficacia en cada destino. Por eso Burguiba, recién desbaratada una conspiración para derrocarle, le encomendó la dirección de la Seguridad del Estado. Era 1962. Tres años más tarde, era nombrado titular de Interior antes de pasar, en 1969, a Defensa. Lo que parecía una trayectoria imparable se truncó al cruzarse con el carácter volátil de Burguiba, que, a raíz de una crisis de gobierno, le envió de embajador a París hasta que una nueva discrepancia significó el inicio de una década de travesía del desierto.

Pero Essabsi volvió por la puerta grande: en 1980 asumió la cartera de Exteriores y ejerció protagonismo planetario al conseguir que la Onu condenase el ataque israelí a la sede tunecina de la Olp. En el plano interno, se amoldó al régimen de Ben Ali, en el que sirvió brevemente como presidente de la Cámara de Diputados antes de retirarse discretamente. La segunda resurrección de Essebsi se produjo al socaire de la Revolución de 2011, convirtiéndose en jefe de un Gobierno cuya actividad fue más bien plana. Semejante legado, curiosamente, le perfiló, en un país políticamente algo desnortado, una estatura de hombre de consenso, lo cual facilitó su elección como presidente de la República a finales de 2014. Essebsi empezaba, con ochenta y ocho años, la etapa más decisiva de su dilatada carrera. Si de puertas afuera tuvo éxito en proyectar una imagen de normalidad, visitando Washington, entre otras capitales, de puertas adentro su balance es más bien escueto: la igualdad entre hombres y mujeres en lo tocante a las herencias, una de sus principales promesas electorales, sigue sin ser una realidad.