Ratko Mladic. con su esposa y su hija Ana, que se suicidó
Ratko Mladic. con su esposa y su hija Ana, que se suicidó - ABC

El día en que Mladic decidió convertirse en genocida

El militar serbobosnio, condenado a cadena perpetua, mató a 8.000 personas en tres días

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¿En qué momento Mladic decidió matarlos a todos? ¿Fue cuando entró en Srebrenica, el 11 de julio de 1995, al mando de las tropas serbobosnias, y en una alocución filmada ofrendó la ciudad vacía, quemada, arrasada, «a la nación serbia», y declaró que había llegado la hora de vengarse de los musulmanes? O tal vez fue más tarde, esa misma noche, cuando recibió en un hotel de Bratunac al coronel Karremans, comandante de las fuerzas holandesas del Unprofor, quien tenía por misión asegurar la inviolabilidad de Srebrenica y la supervivencia de los miles de musulmanes bosnios que, huyendo de la invasión serbia, se habían refugiado en la base militar de Potocari; Mladic vio ante sí a un hombre aterrorizado, del que se burló con gusto y al que amedrentó con saña, un militar muy poco marcial, un pobre hombre que le tenía pánico, y comprendió que nada debía temer de él ni de sus soldados, no le harían frente, ni defenderían su base, ni a los refugiados albergados en ella, no opondrían ninguna resistencia a la voluntad del comandante en jefe del ejército serbobosnio, como pudo comprobar al día siguiente, cuando los serbios entraron en Potocari y separaron a los hombres de las mujeres (ascendieron a hombres todos los niños de más de doce años), y violaron a las mujeres y mataron a bebés que les molestaban con sus berridos y encerraron a los varones en un recinto llamado la Casa Blanca, tras haberles despojado de sus posesiones, para quemarlas (ya nos les harían falta), sin que los militares holandeses trataran de impedirlo.

Para entonces Mladic ya se sentía Dios, así se lo hizo saber a los musulmanes, «ni Alá ni nadie puede salvaros, pero yo sí»; magnánimo, concedió la vida a las mujeres y a los niños, quienes fueron evacuados en autobuses a zona bosnia; los hombres también fueron desplazados, pero sus autobuses tenían otro destino.

Hubo un tráfico inusitado de autobuses esos tres días de julio por los caminos y las carreteras que partían de Srebrenica y Potocari hacia la ciudad bosnia de Tuzla, que transportaban no sólo a los evacuados de la base, sino también a los miles de varones musulmanes que habían optado por huir del ejército serbio a través de los bosques y los senderos polvorientos, la mayor parte civiles, depauperados por semanas de sitio y de hambruna, casi todos desarmados; los soldados de Mladic fueron en su búsqueda, no les fue difícil capturarlos ni convencerlos de que se entregaran: les prometieron que nada malo les sucedería, les trasladarían en sus autobuses a territorio bosnio. Y podían haberlo hecho, ¿qué necesidad tenían de matarlos a todos? Bastaba con ejecutar a unos centenares, violar a otras tantas mujeres, quemar y devastar sus viviendas, como había hecho hasta entonces en su avanzada el ejército serbobosnio; para conquistar un territorio no era preciso aniquilar a todos sus habitantes, se trataba de expulsarlos y de que no tuvieran motivo de volver, ni ganas, la táctica y la estrategia militar aconsejan el ahorro máximo de fuerzas, recursos y munición para conseguir un objetivo, eso debieron pensar los musulmanes que, dóciles, subieron a los autobuses…

Están los hechos: Drazen Erdemovic, soldado del ejército serbobosnio, testificaría ante el Tribunal de la Haya que su compañía fue conducida en autobús a una granja de cerdos abandonada; era temprano por la mañana y nadie les había dicho cuál era su misión, qué tenían que hacer en ese paraje solitario, pero lo comprendieron en cuanto dejaron de estar solos porque empezaron a llegar otros autobuses de los que descendían hombres desharrapados, con los ojos vendados, las manos atadas a la espalda. Llegaron tantos autobuses a la granja abandonada y salieron de ellos tantos prisioneros que Erdemovic y sus compañeros no tuvieron tiempo ni de fumarse un cigarro entre descarga y descarga; según sus cálculos, en menos de quince minutos mataron a unas setenta personas; aquello duró varias horas, al cabo de las cuales a Edremovic le salió una ampolla en el dedo que apretaba el gatillo.

¿Cuántos autobuses se requieren para llevar a ocho mil personas a la muerte? ¿Y cuántos bulldozers para excavar fosas comunes a las que arrojar los cadáveres? ¿Y cuántos disparos y cuántas ampollas en los dedos de los ejecutores? Ratko Mladic lo sabe, él lo organizó y lo supervisó todo, consiguió asesinar y enterrar a ocho mil bosnios en sólo tres días, en tres largos y asfixiantes días de julio, una proeza logística.

Los hechos contrastados dan fe de una planificación y un designio, y un tribunal así lo ha declarado y ha considerado responsable de ellos a Ratko Mladic, pero la pregunta sigue sin respuesta: ¿por qué lo hizo? ¿por qué decidió matarlos a todos, cuando, desde el punto de vista de la estrategia y la eficacia militar, no era necesario?

Meses antes, una noche de marzo, un dedo femenino apretó el gatillo de una pistola que apuntaba a la sien de la ejecutora. Ana Mladic, la hija de Ratko, la única, la más querida, se suicidó. La sospecha de que su padre adorado no fuera un héroe, sino un asesino, le hizo la vida intolerable; con su gesto quizá buscaba enviar un mensaje a Mladic: «Me mato para que tú no mates», pero su padre no lo entendió o no quiso entenderlo, su mente paranoica resolvió que la culpa de aquello la tenían también los musulmanes. Y decidió vengarse.

Clara Usón es autora de «La hija del Este», novela basada en la historia de Ana Mladic