Un trabajador del astillero Marutake repara un barco dañado por el tsunami - ÁLVARO YBARRA ZAVALA
RUTA 45 A FUKUSHIMA

La lonja de los tiburones

Primero el tsunami y luego la radiactividad hundieron la industria pesquera nipona, que intenta sobreponerse al tremendo impacto económico de la catástrofe

ENVIADO ESPECIAL A JAPÓN Actualizado:

Al amanecer, sobre el muelle de la lonja de Kesennuma yacen 200 bonitos, 100 atunes y 5.000 pequeños tiburones que acaban de descargar del Koshin Maru 17. Con sus 15 tripulantes a bordo, este barco de 147 toneladas y 32 metros de eslora arribó la noche pasada después de un mes entero faenando en el Pacífico a 4.000 kilómetros de la costa oriental nipona. «Cada dos por tres vemos flotando en alta mar islotes de ruedas y tablones de madera», indica el maestro de pesca de la nave, Teruo Komatsu, refiriéndose a los 20 millones de toneladas de escombros del tsunami que la corriente arrastró desde la costa.

Algunos incluso podrían ser de su antiguo hogar. A Teruo Komatsu, marino desde hace 50 años, el tsunami le pilló navegando, pero destruyó sus dos casas y mató a su hermano menor. «Estaban revisando los motores de su barco y él bajó de una colina para zarpar y salvarlo, pero las olas se lo tragaron», recuerda la catástrofe que asoló Kesennuma el 11 de marzo del año pasado.

Perecieron 1.350 de sus 20.000 habitantes. Para hacerse una idea de la fuerza que alcanzó el agua, sólo hay que ver el barco Kyotoku Maru 18. Aún hoy, sus 330 toneladas siguen varadas a dos kilómetros de la costa entre las ruinas de decenas de casas reventadas.

Además de arrasar la lonja de Kesennuma, la mayor en la castigada prefectura de Miyagi y la segunda en la región de Tohoku, el tsunami destruyó las 150 fábricas procesadoras de pescado que operaban en sus alrededores. Sólo 15 han retomado la actividad, pero 3.500 de los 4.100 trabajadores que empleaba esta potente industria local siguen en el paro.

«Antes facturaban 100.000 millones de yenes (915 millones de euros). Este año esperan llegar, con suerte, a la mitad», detalla el director de la lonja, Tsukio Murata. Como se aprecia en Kesennuma, el tsunami hundió la industria pesquera en la costa noreste de Japón. «Antes arribaban entre 3.000 y 4.000 puertos al mes. En marzo del año pasado sólo lo hicieron 1.047 y, tras el tsunami, el muelle de la lonja para grandes embarcaciones no reabrió hasta septiembre. Antes concentrábamos el 70 por ciento del comercio de bonito de Japón; ahora estamos funcionando al 30 por ciento. Cada año se descargaban 150.000 toneladas de pescado, pero la cifra cayó hasta las 20.000 en 2011», desgrana los datos del naufragio Murata, quien confía en alcanzar al final de esta temporada las 80.000 toneladas, «la mitad que antes, pero cuatro veces más que el año pasado».

Para colmo de males, tras el tsunami vinieron las fugas radiactivas de Fukushima. «El público debe seguir confiando en la seguridad del pescado porque tomamos muestras para medir la radiación y no se han encontrado niveles que excedan los límites permitidos para el consumo humano», intenta despejar el miedo al “sushi” atómico el jefe de ventas de la lonja, Kazunori Onodera.

En el bullicio del muelle, los primeros rayos de sol perfilan las oscuras siluetas de los operarios cortando las colas de los atunes para que los pescaderos y tratantes comprueben la calidad de su carne. Señalados con marcas de pintura negra sobre su lomo que indican su procedencia, los atunes de 70 kilos se venden a 200.000 yenes (1.830 euros) y los bonitos de 100 kilos a 100.000 yenes (915 euros). Los tiburones pequeños, que pesan 20 kilos y miden 4,5 metros, sólo valen 3.000 yenes (27 euros) porque de ellos no se aprovechan más que las aletas, que luego se venden a precio de oro en los restaurantes de China para cocinar carísimas sopas con supuestos poderes afrodisíacos. Con la precisión y rapidez que da la experiencia, unos operarios les arrancan las aletas con sierras dentelladas y las echan en cubetas de plástico mientras otros riegan constantemente el muelle para mantener fríos los pescados y limpiar los charcos de sangre que enrojecen el suelo.

«Cada día pescamos una media de 20 atunes, 20 bonitos y 30 tiburones», señala el maestro del Koshin Maru 17, que despliega sobre el Océano larguísimos cables que llegan a tener hasta 150 kilómetros y 4.000 anzuelos. Durante un mes entero, sale a faenar ocho veces al año. Entre medias, se pasa diez días en el dique seco. Pero ahora ha tenido que prolongar sus descansos porque, como las plantas congeladoras de pescado están destrozadas, no puede descargar toda su mercancía de una sola vez y debe esperar hasta vaciar la bodega, con capacidad para 100 toneladas.

A las siete de la mañana, con los lotes escritos a tiza en la pizarra, suena la campana y empieza la subasta: una puja ciega donde cada comprador, tras examinar el pescado, hace su oferta en un sobre cerrado. Gana la más alta. Como todo en la vida, que vuelve a la lonja de los tiburones.