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Segundo día de protestas y represión policial en Egipto

Dos muertos más y 500 detenciones de manifestantes que piden la salida de Mubarak, en un proceso que imita la revuelta tunecina

JERUSALÉN Actualizado:

«Electrizado». Así describía a ABC una participante en las protestas de Egipto el clima de alta tensión vivido ayer en El Cairo, que a primera hora de la tarde estallaba en otra furiosa carga policial con palos, gases y proyectiles de goma contra centenares de manifestantes que —retando las órdenes del régimen de Hosni Mubarak— osaron salir por segundo día consecutivo a las calles para exigir el fin a 30 años de leyes de excepción. Un policía y un manifestantes resultaron muertos en El Cairo, con lo que la cifra total sube a seis en dos días de manifestaciones. El policía y el manifestante murieron por las pedradas que se lanzaban las partes enfrentadas, en un barrio pobre de la capital, según Ap.

Los disturbios se reprodujeron también en Suez, donde los manifestantes incendiaron un edificio gubernamental, y con menor intensidad en Alejandría, mientras colectivos activistas preparan para mañana, al término de la oración de mediodía, el llamamiento a otra jornada de cólera que anuncian masiva.

Revolución propia

El pulso, con la experiencia liberadora de Túnez en la retina, parece estar servido. Ni los cuatro muertos en los enfrentamientos del día anterior, ni las amenazas de Interior prohibiendo más «movimientos organizados», están frenando por ahora la ambición ciudadana de intentar su propia revolución. Tampoco el desafío hace temblar el puño a Mubarak.

Decidido a que nada empañe su autocracia, ni el sueño dinástico de perpetuarse en el poder a través de su hijo Gamal, el «rais» mandó ayer sus antidisturbios a sitiar los centros neurálgicos de El Cairo y a reprimir otra vez a las masas. Washington, el gran aliado, ha pedido respeto para los civiles y ayer el primer ministro egipcio, Ahmed Nazif, defendía que la actuación policial solo «pretende garantizar la libertad de expresión por medios legítimos».

Hubo al menos 90 detenciones, que cabe sumar a las más de 500 en todo el país que se estima se produjeron el martes, porque no hay cifras oficiales. Solo existen cómputos dispersos de colectivos como la Red Árabe para la información de Derechos Humanos (ANHRI) que han empezado a denunciar la ausencia de jóvenes cuyo paradero se desconoce, y el inicio de supuestos interrogatorios a los que no tienen acceso los abogados.

Apresar a los heridos

«Se están llevando presos a los heridos de los hospitales», aseguraba a este diario una activista residente en la capital. El diario independiente egipcio «Al Masry Al Youm» narraba en su edición electrónica cómo ayer la policía arrastró hasta un sótano a 30 personas que se encontraban cerca de la plaza de Tahrir, el corazón de las protestas en El Cairo, donde, al parecer, luego «fueron golpeadas». Nada asegura que las fuerzas de Mubarak no acaben disparando contra su pueblo para poner fin a este motín, el mayor levantado nunca contra su autoridad absoluta. La contraofensiva oficial se ha intensificado también con la mordaza a la información. La televisión pública ha ignorado las protestas nacionales, el martes prefirió emitir las del Líbano y películas, en un intento por evitar el contagio de la ira por todo el país.

Diversas redes sociales, en particular Twitter —vía clave para convocatorias y expresión de la desesperanza—, han sido bloqueadas, pero algunos pudieron burlar la censura hasta conseguir insertar mensajes como «ayer todos éramos tunecinos, hoy todos somos egipcios y mañana todos seremos libres». Cerrados quedaron también el canal on-line «Bambuster» y los diarios virtuales «Dostor» y «Badil», que ofrecían imágenes en directo de la calle. También han dejado de funcionar muchos perfiles en Facebook, aunque ayer, grupos como el llamado «6 de abril» —en honor a la huelga general celebrada en esa fecha de 2008 contra la subida de precios—, se las arreglaron igualmente para seguir espoleando la rebeldía. «Victoria o muerte» era el grito final de su comunicado, donde invitaban a «resistir hasta que se hagan realidad todas las exigencias del pueblo».

El martes por la noche cundió el rumor de que Mubarak iba a dirigirse a la nación, aunque no lo hizo. Por ahora, una de las pocas voces oficiales que han aparecido es la del ministro del Interior, Habib Al-Adly —«jefe de la tortura sistemática en Egipto» según la ANHRI—, que ha acusado a la oposición de los Hermanos Musulmanes de las protestas. «Es una excusa para intentar hacer creer que están usando la fuerza no contra la población, sino contra nosotros», se defendía un miembro de la Hermandad, Essam El-Erian.

Tras los incidentes de la tarde, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, instaba «a las autoridades egipcias a no evitar las protestas pacíficas o bloquear las comunicaciones en las redes sociales». «Creemos firmemente que el gobierno egipcio tiene una importante oportunidad en este momento de llevar a cabo reformas políticas, económicas y sociales para responder a las necesidades legítimas e intereses de los egipcios», añadía, en lo que se entiende como el mensaje más grave de Washington dirigido a Mubarak.