Después del terremoto no vino la calma

CARMEN DE CARLOS I enviada especial a TALCAHUANO/SAN VICENTE
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Después del terremoto no vino la calma. Tras la sacudida de la tierra llego la del mar. El tsunami, negado en las primeras horas del desastre por el Gobierno, arrasó la costa de Talcahuano y remecio las entrañas del Puerto de San Vicente y la localidad de Hualpen. La amenaza de que se repita parece un hecho.

Quinientos kilómetros al sur de Santiago y a unos 2O de Concepción, - epicentro del seismo- , la lengua de mar se llevo de un lametazo todo lo que encontro a su paso. Se extendió como una serpentina gigante y en su recorrido deslizó como un tobogan a decenas y decenas de contenedores, barcos de pesca, camiones, animales y personas.

A la entrada de Talcahuano, en lo que antes era una avenida asfaltada, los cuartos delanteros de un caballo se entierran en el barro. La peste no es a carne podrida. El olor es a mejillones, algas, gasolina y yodo. Mas o menos lo que hay en los restos del animal.

El malecón donde los turistas y veraneantes disfrutaban del sol en estas vacaciones australes, es solo un recuerdo. El pesquero Sofia quedo empotrado en una farola. La arena y el agua se han tragado todo. Unos metros mas abajo, la gente se organiza para hacer acopio de lo que el mar no se llevo. Adalberto arrampla con cajas de aceite de oliva a granel y conservas. Juan Iubini, maestro metalúrgico, le censura con un movimiento de cabeza y señala una columna de contenedores en la punta de la playa: Alcanzan una altura equivalente al quinto piso del edificio de viviendas que hay detrás.

En la Prefectura de Carabineros, el Capitán va de un lado a otro con gesto de preocupación. "No le puedo decir el numero de muertos porque no lo sabemos. Estamos incomunicados solo podemos hablar por walkie talkie. Lo mas importante ahora es que alguien nos confirme la alerta de otro tsunami para evacuar pero no hay teléfono ".

El mar se repliega fuera de tiempo. La población y los carabineros interpretan la bajada de la marea como un aviso. "Así fue el sábado. Primero baja mucho la marea y luego regresa con olas gigantes. No lo hace de golpe, es paulatino pero muy rápido", explica Juan Iubini.

Hay coches empotrados en viviendas y aplastados por cascotes. Los contenedores desparramados en algunos puntos hacen de barricada. Han partido, materialmente, el pueblo en dos. En la "frontera", donde funcionaba la gasolinera, el pueblo hace lo mismo que en Concepción. Forma fila en las bocas terrestres de suministro de combustible con largas varas de plástico. En los extremos atan cubos, botellas de plástico cortadas o cualquier otro recipiente para "subir" la gasolina a la superficie. "En Espana creen que todos somos ladrones pero allí también roban", comentan jocosos mientras posan para la foto. Después venderán el combustible como algunos hacen con el agua (a siete y ocho euros) pero Juan advierte: Tiene agua salada. La ola se mezclo con la bencina (gasolina) y no sirve.