Los tunecinos se manifiestan en la avenida Habib Bourguiba en Túnez en contra del regreso de compatriotas que luchan para grupos extremistas en el extranjero. La pancarta dice «No queremos terroristas entre nosotros»
Los tunecinos se manifiestan en la avenida Habib Bourguiba en Túnez en contra del regreso de compatriotas que luchan para grupos extremistas en el extranjero. La pancarta dice «No queremos terroristas entre nosotros» - REUTERS

El desafío de Túnez frente al yihadismo: de la «exportación» al regreso de sus terroristas

Al menos 5.500 tunecinos -los de mayor número- se habrían unido a Daesh y otros grupos según informes de la ONU

En los últimos dos meses se han organizado varias protestas contra el regreso de los yihadistas al país

TúnezActualizado:

Las tranquilas calles tunecinas, de colores claros de ciudad costera, mercados, zocos, puertas tachonadas y algún esporádico policía contrastan radicalmente con las de países vecinos como Egipto o incluso Bruselas o Francia, donde el estado de emergencia y la amenaza terrorista ha volcado al Ejército en los barrios. Tras un año tranquilo, en 2017 el Gobierno tunecino presume de su lucha antiterrorista sin recurrir a la militarización de las calles. Después de unos fatídicos 2014 y 2015, en 2016 Túnez registró «solo» 3 atentados. Y sin embargo, los tunecinos miran con inquietud al futuro: el regreso de cientos de terroristas que se unieron a grupos como Daesh o Jabat al Nusra (Al Qaida), que podrían importar lo aprendido en la guerra y en la yihad siria, iraquí y libia.

Al menos 5.500 tunecinos se habrían unido a Daesh y otros grupos yihadistas, según informes de las Naciones Unidas. Aunque tras seis años de conflicto muchos han muerto, el regreso de otros cientos es una realidad ante la que el Gobierno no ha presentado medidas concretas, critican grupos de la sociedad civil. El pasado 5 de febrero, decenas de personas salieron a las calles enarbolando pancartas con consignas como « Túnez no es un emirato del Daesh» o «en contra del regreso de la escoria terrorista» y pidiendo desde que se les retirara la nacionalidad hasta que fueran encarcelados inmediatamente. El debate se encendió tras la respuesta en Twitter del presidente del país, Beji Caid Essebsi: «Muchos de ellos quieren volver, no se puede impedir a un tunecino que vuelva a su país. (…) No los vamos a meter a todos en la cárcel, porque si lo hiciéramos no tendríamos suficientes cárceles, pero tomamos todas las disposiciones necesarias para que sean neutralizados».

El ministro tunecino de Interior, Hedi Mejdoub
El ministro tunecino de Interior, Hedi Mejdoub - A. ALAMILLOS

«Nadie tiene la fórmula para tratar el problema de los retornados, estamos ante una experiencia piloto», asegura a ABC el ministro tunecino de Interior, Hedi Mejdoub, desde uno de los salones del ministerio situado en plena Avenida Burguiba, en el corazón de la capital. Al menos 800 ya habrían regresado en los últimos años, según cifras admitidas por el Ministerio. En virtud de la recientemente aprobada Ley Antiterrorista (2015), cualquier tunecino que haya cometido actos terroristas en el extranjero podrá enfrentarse a desde 12 años de prisión hasta la pena de muerte. Los ministerios de Interior y Defensa han reforzado el control de fronteras para detectar a los que la crucen de manera ilegal, y «si está fichado y ha pisado una zona de conflicto, será arrestado inmediatamente», sostiene Mejdoub.

La falta de un Gobierno efectivo y la efervescencia de las luchas internas en la vecina Libia facilitan el traspaso de yihadistas, tanto en un sentido como en otro, y dificultan los trabajos de inteligencia. A principios de 2016, el Gobierno anunció la construcción de un muro de arena de 250 km y un foso de dos metros de profundidad en la frontera entre ambos países (459 km). Según señalan desde Defensa, cuentan con vigilancia por un sistema de control electrónico –con financiación alemana y estadounidense- y el apoyo de una flotilla de helicópteros.

Una vez dentro del país, el problema ya es otro: según admiten desde Interior, Túnez carece todavía de un plan para la integración y desradicalización de esos miles de jóvenes que se fueron a luchar por la yihad.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Lahouaiej Bouhlel (atacante de Niza), Anis Amri (atacante del mercado navideño de Berlín), Seifeddine Rezgui (el terrorista del atentado en Susa) y Abu Iyad (antiguo alto mando de Ansar al Sharia). Todos tunecinos
De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Lahouaiej Bouhlel (atacante de Niza), Anis Amri (atacante del mercado navideño de Berlín), Seifeddine Rezgui (el terrorista del atentado en Susa) y Abu Iyad (antiguo alto mando de Ansar al Sharia). Todos tunecinos - Montaje ABC

«Esas cifras, que salen de instituciones europeas y que hablan de 6.000 - 8.000 tunecinos en zonas de conflicto, son exageradas. Nosotros estimamos unos 3.000 terroristas, incluso si podemos aceptar un margen de error no supera de ninguna manera los 5.000», asegura Mejdoub. Interrumpido por varias llamadas, -«está nevando en algunas zonas del país, no es muy normal esto», bromea- el ministro trata de restarle alarmismo a un problema que amenaza la recuperación del turismo, clave en la economía de un país sin petróleo entre los «lagos de oro negro» de Libia y Argelia. «El problema de la integración o desradicalización es complejo. No hay una fórmula de éxito. ¿Se debe hacer antes de que partan, o a su regreso? ¿Debe ser voluntario u obligatorio?… Son cosas que tenemos en mente. Debemos seguir una estrategia multidimensional para abordar el terrorismo. Hay que hacer alguna cosa», confiesa el responsable de Interior.

Los terroristas de Niza y Berlín eran tunecinos, sí, pero se radicalizaron en Europa

El atentado del mercado navideño de Berlín en diciembre recordó demasiado al que sacudió Niza el pasado 14 de julio, en el que un camión frigorífico arrolló a la multitud. El perpetrador fue otro tunecino, Anis Amri, que en su huida de vuelta a Túnez fue abatido por la Policía en Milán. También tunecino ha sido el detenido la semana pasada en Alemania sospechoso de liderar una célula preparada para atentar en el país germano. «No creo que los casos de terroristas tunecinos como el de Niza o Berlín hayan afectado a nuestra imagen. Eran tunecinos, es verdad, pero se han radicalizado en Europa. Es Europa la que se debe preocupar por esta razón, no nosotros. Es más una mala imagen de los países europeos, que no hacen el trabajo como debería», defiende en una entrevista con ABC el ministro de Defensa, Ferhat Horchani.

El ministro de Defensa, Ferhat Horchani
El ministro de Defensa, Ferhat Horchani - A. ALAMILLOS

El 90% de los terroristas tunecinos tiene menos de 40 años, 7 de cada 10 están solteros y el 32% de los nacionales en zonas de guerra procede de la región capitalina, seguida por Sidi Bouzid, ciudad donde el joven comerciante Mohamed Bouazizi se quemó a lo bonzo en 2010 y desató las revolución. Son datos de un informe del Ftdes (Forum Tunecino por los Derechos Económicos y Sociales) recogidos en un reportaje de Inkyfada, medio online tunecino liderado por un pequeño grupo de jóvenes que a partir de cerca de 2.000 dossieres judiciales ha radiografiado a los terroristas tunecinos. «Estos datos prueban que los prejuicios son falsos, que la mayoría procede de la capital, no de zonas marginales como Kasserine», explica la periodista de Inkyfada Monia Ben Hamadi.

Cuatro de cada diez de los presuntos terroristas tunecinos tiene estudios universitarios. «La mayoría se radicalizó por las mezquitas y la lectura de textos salafistas. Es gente formada que no encontraba trabajo, frustrados y que se radicalizó en busca de dinero y para poner en práctica una ideología», añade Ben Hamadi.

La caída del dictador Ben Ali inauguró un nuevo tiempo en Túnez. Esperanzados por la incipiente libertad de expresión en el país, decenas de intelectuales y exiliados políticos, muchos acogidos en Francia, vieron una oportunidad única para volver a su patria. El gobierno de transición aprobó una amnistía general y entre los liberados había no sólo activistas o islamistas presos de conciencia, sino también yihadistas. «Durante la troika (gobierno de coalición liderado por Ennahda), las actividades de Ansar al Sharia (salafistas) eran completamente legales. Entre 2012 y 2013 hubo un laxismo total incluso alentado por los islamistas de Ennahda desde el gobierno, que animaba a los jóvenes a hacer la yihad en Siria para expulsar a Bashar al Assad», relata.

Esta semana hace cuatro años, el político secularista líder de la oposición a los regímenes de Habib Burguiba y Ben Ali –y encarcelado por ello- Chokri Belaid fue asesinado a tiros a la puerta de su casa. Para muchos, la muerte de Belaid, que había sufrido amenazas, fue instigada por los islamistas más radicales alentados por la permisividad de Ennahda. Seis meses más tarde, otro político de la oposición, Mohamed Brahmi, corrió la misma suerte. Tras estos asesinatos políticos, Ansar Al Sharía fue clasificada como grupo terrorista, pero el daño ya estaba hecho: es el grupo más y mejor organizado en Túnez, catalizador del fanatismo islámico.

«Ansar al Sharia y otros grupos se han aprovechado de ese clima de libertad post revolución para tratar de cambiar el modo de vida de los tunecinos e instar al uso de la violencia. Pero eso lo hemos sabido después, teníamos que permitir el curso normal de la democracia: todo el mundo tenía el derecho de crear su partido, pero poco a poco se ha ido regulado por la ley», argumenta el responsable de Interior.

En los últimos años, en Túnez han florecido y recuperado muchas mezquitas. Los nombres de algunas se repiten testarudamente en los sumarios judiciales y han sido objetivo de intensa vigilancia policial. Según algunas voces locales, de «acoso». «Si llevas barba y te vistes con ropas tradicionales, te toman por terrorista», critica un joven tunecino en un reportaje de FP ante la intensificación de las labores de la Policía. En los últimos meses de 2016, las fuerzas de seguridad aseguran haber desarticulado más de 160 células terroristas dentro del país.

Minarete en Túnez capital
Minarete en Túnez capital - A. ALAMILLOS

Ben Guerdane, «el principio del fin de Daesh»

Varias «cités» o barrios periféricos rodean el corazón de la capital tunecina a apenas unos minutos en coche. En Ettadhamen, una barriada con más de medio millón de habitantes, islamistas de tendencias radicales y salafistas controlan un buen puñado de mezquitas, a las que jóvenes sin esperanzas recalan cada viernes. «Si eres humillado, no tienes trabajo, apartado… en cualquier momento puedes ser manipulado y radicalizado. Hay que hacerles sentir ciudadanos, darles importancia y que se sientan parte de la región. Eso es un excelente ejercicio para evitar la radicalización», sostiene Imed Abdeljaoued, director de proyectos en el Programa de Apoyo a la Sociedad Civil, una iniciativa de la UE. «Donde los jóvenes están metidos en iniciativas de sociedad civil y trabajo social, los radicalizadores no lo tienen tan fácil como entre la miseria».

«Tenemos que sofocar los focos de frustración. El terrorismo nace en un terreno de injusticia, y sólo triunfa cuando el Estado es débil», apunta el ministro de Defensa Horchani.

En Ben Guerdane, localidad a pocos kilómetros de la frontera con Libia, es difícil encontrar un trabajo legal. Los jóvenes se amontonan en las cafeterías viendo pasar las horas o con algún trabajillo por unos pocos dinares, y el comercio y tráfico es prácticamente el único modo de ganarse la vida en esta ciudad que se siente «marginada» por el Gobierno central, según un último informe de International Alert. En contraste con otras zonas del país, esta ciudad fronteriza carece de numerosos servicios públicos de calidad en salud o transporte público, lo que genera un sentimiento de exclusión y resentimiento en cerca del 90% de la población, según encuestas llevadas a cabo por esta organización.Fue también la primera ciudad de paso de yihadistas en su ruta a Siria e Irak. El pasado 7 de marzo, un convoy de más de 50 terroristas provenientes de Libia atentaron contra la ciudad con la intención de hacerse con el control de ésta, esperando encontrarse con el apoyo de la población. Tras varias horas de refriega en las calles, fueron reducidos y expulsados de la ciudad, en una operación que se convirtió en un espaldarazo para la lucha gubernamental contra el terrorismo. «Intentaron crear su emirato o santuario en Ben Guerdane y fracasaron. Creo que en Ben Guerdane se consumó el comienzo del fin del terrorismo de Daesh», sostiene el ministro Horchani, que incide en el apoyo de una población local que rechaza el yihadismo. En una terraza de la turística ciudad de Sidi Bou Said, ahora de capa caída, una joven da un sorbo a su café: «Con los atentados, por cómo está la situación económica en Túnez, el turismo… la gente no está acostumbrada a ver esto así. No se les va a aceptar. Son odiados».