Chernóbil, las voces de una tragedia olvidada

Las cifras oficiales no hacen justicia a la magnitud de la catástrofe que tuvo lugar tras una explosión en la central de Chérnobil. ABC ha visitado la zona afectada y recogido algunos testimonios

prípiat (ucrania)Actualizado:

«Todo pasó en unas horas. Eran poco más de las cinco, cuando me despertó el sonido del teléfono. Llamaba mi jefe que, sin ninguna explicación, me dio el día libre. Había amanecido un hermoso día de primavera así que salí de paseo con familia», explica Iván Kuzmin, un liquidador de Chernóbil que vivió durante años en Prípiat, el monumento al sueño socialista. Fundada en 1970, a 250 kilómetros de Kiev, cumplía con el estereotipo de urbe soviética: limpia, ordenada, ajardinada, con grandes avenidas, segura. Daba cobijo a más de 50.000 personas.

«Cuando regresamos a casa –continúa– volvieron a llamar. Me dijeron que debía cerrar todas las ventanas e ir a trabajar esa misma noche. Supe entonces que había sucedido un accidente en la central nuclear la madrugada anterior. Y aunque Prípiat sería evacuada, yo me ofrecí de forma voluntaria a colaborar en la descontaminación», recuerda.

El 27 de abril de 1986, un día después de la catástrofe, fue evacuada en una flota de 1.200 autobuses. Han pasado ya 30 años y aún quedan otros 24.000 más para que pueda volver a ser habitada. Hasta entonces permanecerá como una ciudad fantasma.

Kuzmin se quedó solo los dos primeros días. «Después nos juntamos varios trabajadores de Chernóbil en un mismo piso. Nos parecía menos desolador así». En aquel momento no era consciente del peligro que corría su salud. «Sabía que había radiación, pero a efectos prácticos no entendía lo que ello suponía. Yo era un simple cerrajero y nadie me explicó cómo me afectaría a lo largo de los años».

Kuzmin llegó a Prípiat con 22 años. Se enamoró de la ciudad y de su panadera, lo que le impulsó a establecerse y buscar trabajo en la central nuclear de Chernóbil. Vivió los cinco años más felices de su vida hasta que el 26 de abril de 1986 el reactor número cuatro hizo explosión, liberando una cantidad de radiación 200 veces superior a las de las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

En ese momento, 200.000 militares y 400.000 civiles de todas las repúblicas soviéticas se dirigieron a Chernóbil para luchar contra un enemigo al que la humanidad no se había enfrentado antes: la radiación. Fueron los llamados liquidadores, que con un traje que apenas cubría las necesidades básicas de seguridad, expusieron sus vidas para descontaminar y evitar el cataclismo nuclear. Muchos de esos hombres han muerto ya, el resto están enfermos. Su legado: una estructura de 35 metros de altura llamada «El Sarcófago», que cubre el cráter del reactor y que evita que halla fugas radiactivas del interior. (La fecha de caducidad del Sarcófago fue en enero del 2014).

La decisión más drástica fue evacuar y delimitar una zona de 30 kilómetros. Una zona que se vallaría, se militarizaría y, por qué no decirlo, se olvidaría. Una región entera que se la conoce como zona de exclusión, zona de alienación o la zona muerta. Kuzmin y su familia, son unos de los miles de refugiados nucleares que provocó el accidente. Hoy viven en Kiev, pero hay otros que se negaron a abandonar sus hogares.

Territorio radiactivo

Es el caso de Yusefa Ivanovav, de 91 años, una de los únicos cuatro habitantes que quedan vivos en Poliske (a mediados de los años 80 tenía 12.000). Asegura que no se marchó «porque aquí nacieron y murieron todos mis antepasados. Yo también crecí aquí ¿Acaso no tengo el mismo derecho? De alguna manera, Poliske me pertenece», subraya con vehemencia. Nunca la asustó la radiación. «¿Por qué iba a hacerlo? No muerde (ríe con ganas). No la puedo ver, ni oler, ni sentir».

Pero este enemigo invisible sigue causando estragos. «El 90% de los habitantes del distrito de Ivankiv tiene el estatus de víctimas de las consecuencias del accidente nuclear», explica la doctora Oksana Kandun, directora del hospital local. «La tasa de mortalidad de las personas en edad de trabajar ha aumentado 10 veces en comparación con los años anteriores a la catástrofe y la discapacidad de la población infantil es causada en el 30% por defectos de nacimiento».

Para Kandun, el panorama es alarmante, especialmente si se cumplen los estudios que afirman que el ADN de las células germinales que transmiten la información genética fue dañado por la radiactividad. Lo que sugiere que las secuelas de Chernóbil podrían perdurar durante varias generaciones. «Convivimos con una sensación de riesgo constante».

En Orane, una aldea perteneciente a Ivankiv, con 500 habitantes, vive Vladimir Snidco, que con solo 12 años ya acumula cinco veranos en San Sebastián y dos operaciones de estómago. Es un niño rubio, sin brío, anémico. Forofo del Athletic de Bilbao, sueña con ser camionero «para viajar lejos de Ucrania». El historial médico de su familia no es muy alentador: su madre nació el año de la catástrofe y ahora tiene en su mejilla derecha una protuberancia del tamaño de un huevo, su tío y su abuelo fallecieron recientemente de cáncer de tiroides y su padre y sus dos hermanos sufren enfermedades relacionadas con el corazón. Ninguno tiene empleo. Subsisten con las hortalizas que cultivan, los animales de corral y el único ingreso económico que entra en casa es la pensión de la octogenaria abuela, Hanna.

La cifra oficial de muertos desde 1986 hasta el año 2000 era de 30 muertos, una cifra que comprende únicamente a los empleados y a los bomberos que murieron la noche del desastre y los días posteriores. Una cifra, por supuesto, manipulada. Las Autoridades Soviéticas obligaron a los médicos a relacionar las defunciones o las discapacidades con alguna enfermedad anterior del paciente, nunca con Chernóbil. La peor parte se la llevaron Ucrania, Bielorrusia y Rusia.

Por el aniversario del desastre, Greenpeace ha recopilado informes de Naciones Unidas y de la Organización Mundial de la Salud, publicados con anterioridad. Desde 1986 habrían muerto entre 50 y 100 mil liquidadores, pero además se espera que hasta el año 2065 se diagnostiquen 50 mil nuevos casos de cáncer y que para ese mismo año, otras dieciséis mil personas mueran por enfermedades relacionadas con el desastre. En total, entre heridos, evacuados, enfermos de leucemia, cáncer y en general el calvario que la gente continúa en vida hacen un total de diez millones de personas. Las cifras no dejan lugar a duda: Chernóbil fue un auténtico infierno creado por el hombre.