Obreros trabajan en las preparaciones para la investidura presidencial de Donald Trump ante el Capitolio
Obreros trabajan en las preparaciones para la investidura presidencial de Donald Trump ante el Capitolio - Efe

El Capitolio, símbolo de una democracia persistente

La sede del Congreso de EE.UU. es un imponente edificio neoclásico en el que no se notan las cicatrices y los contratiempos que ha sufrido en más de dos siglos de vida

Corresponsal de ABC en Nueva YorkActualizado:

Cuando el ingeniero francés Pierre Charles L’Enfant vio la colina en la que que hoy descansa el Capitolio de EE.UU. la calificó como «un pedestal esperando un monumento». Era 1791, y un país en pañales buscaba alojamiento para la sede de su Gobierno. A L’Enfant le había nombrado una comisión seleccionada por el primer presidente, George Washington, para diseñar el Capitolio, el complejo que acogería el Congreso —con sus dos órganos, la Cámara de Representantes y el Senado— y el Tribunal Supremo. El país naciente quería construir una ciudad gubernamental desde cero y lo hizo en esta zona como una concesión de los estados norteños; la capital natural hubiera sido Nueva York. El nombre de Capitolio se debió a Thomas Jefferson, entonces secretario de Estado, inspirado por la Colina Capitolina de Roma.

L’Enfant creó un ambicioso plan que incluía la residencia presidencial, conectada con el Capitolio a través de una amplia avenida (la actual Pensilvania Avenue) y otro espacio público todavía más grande en dirección al río Potomac (hoy el Mall). Pero el ingeniero galo pronto enfureció a los Padres Fundadores: no mostraba boceto ninguno del edificio, decía tener los diseños en su cabeza y se negaba a recibir sugerencias. Fue la primera de las muchas idas y venidas del Capitolio, que no ha dejado de sufrir cambios y mejoras hasta nuestros días.

L’Enfant fue despedido en 1792 y Jefferson anunció un concurso para el diseño del Capitolio. Lo ganó William Thornton, un médico de las Islas Vírgenes Británicas, con un proyecto sencillo: un ala para el Senado, otra para la Cámara de Representantes y un espacio central rematado por una cúpula, todo en estilo neoclásico. Washington lo aplaudió por su «grandiosidad, simplicidad y conveniencia».

Durante años, la Cámara de Representantes se reunió en una construcción de madera, con su ala sin terminar

El presidente puso la primera piedra con pompa y circunstancia masónica en 1793, pero las obras estuvieron plagadas de problemas, retrasos y ahogos financieros. La capital tuvo que quedarse en Filadelfia hasta 1800, cuando en el mes de noviembre se celebró la primera sesión conjunta del Congreso en la nueva sede. El Capitolio estaba muy lejos de ser un edificio imponente: solo se levantaba el ala Norte, con los pisos de arriba sin acabar, y en ella se amontonaban el Senado, la Cámara de Representantes, el Tribunal Supremo, la Biblioteca del Congreso y las dependencias del Distrito de Columbia. Durante años, la Cámara de Representantes se reunió en una construcción de madera, con su ala sin terminar.

En 1803 se retomaron los esfuerzos para acabar el edificio con la contratación de Benjamin Henry Latrobe, el primer arquitecto profesional de EE.UU. Latrobe aceleró la construcción de las alas y su sucesor, Charles Bulfinch construyó la parte central y la remató con la primera cúpula. Durante décadas continuaron las extensiones del edificio, hasta que la cúpula se quedó pequeña. En 1863, la inmensa cúpula que se observa hoy en día fue instalada.

Durante el siglo XX el Capitolio también sigo creciendo, en especial con la extension de su fachada oriental, y en el XXI lo hizo de forma subterránea con un centro de visitantes inaugurado en 2008 con una extensión casi tan grande como el propio edificio.

En agosto de 1814, las tropas británicas le prendieron fuego y solo una tormenta de verano repentina lo salvó de la destrucción

En la actualidad, el Capitolio es un mastodonte blanco con 540 salas y 658 ventanas, 108 de ellas en la cúpula, repleto de retratos, murales, salas de estatuas y por el que desfilan cada día legisladores, un ejército de asistentes y miles de turistas. Es el gran símbolo de la democracia de EE.UU., el único país en el que persiste ese sistema político desde su nacimiento, aunque también ha vivido episodios negros. La guerra de 1812 con los británicos lo dejó, en palabras de Latrobe, como «la ruina más magnífica». En agosto de 1814, las tropas británicas le prendieron fuego y solo una tormenta de verano repentina lo salvó de la destrucción. El Congreso tuvo que reunirse en el hotel Blodget y entre 1815 y 1819 se refugió en un edificio en el lugar que ahora acoge al Tribunal Supremo.

Las afueras del Capitolio fueron el escenario del primer intento de asesinato de un presidente de EE.UU. Lo sufrió Andrew Jackson el 30 de enero de 1835, pero la humedad del día impidió que las dos pistolas que llevaba el asaltante fueran efectivas.

La violencia también se produjo dentro del edificio. El 1 de marzo de 1954, cuatro puertorriqueños dispararon desde la galería de visitantes los miembros de la Cámara de Representantes al grito de «Libertad para Puerto Rico». Cinco legisladores resultaron heridos y el incidente supuso el cambio de las normas de seguridad en el Capitolio, que años después estuvo a punto de formar parte del día más trágico de la historia de EE.UU. El 11 de septiembre de 2011, un avión comercial se estrelló en Pensilvania después de que los pasajeros trataran de tomar el control de un avión secuestrado por terroristas. Se especula que su objetivo era estrellarse contra el Capitolio o la Casa Blanca.