Ataturk, el intocable
Un vendedor de posters de Ataturk, en Ankara - AP
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Ataturk, el intocable

Una periodista turca se enfrenta a penas de prisión por calificar de «dictador» al fundador del actual Estado, 73 años después de su muerte

CORRESPONSAL EN ESTAMBUL Actualizado:

Su fotografía está tanto en edificios públicos como en oficinas y pequeños comercios, en postales, camisetas, e incluso tazas y mecheros. Cualquier viajero que llegue a Turquía por primera vez se verá sorprendido por la omnipresencia de iconos del que sin duda es uno de los personajes más importantes del siglo XX: Mustafá Kemal «Atatürk», de cuyo fallecimiento se cumplen hoy 73 años.

Pero mientras en el resto del mundo el fundador de la moderna República Turca no es ya más que una figura histórica, en este país es aún querido y reverenciado como el primer día, o casi. Tanto, que los riesgos de criticarla son enormes, como ha descubierto la periodista Nagehan Alçi.

Esta profesional de la televisión se atrevió a decir que «Atatürk fue un dictador» durante un debate en el programa «Los cuatro lados», de CNNTürk, emitido hace una semana. Y la reacción, especialmente entre los llamados kemalistas (los seguidores de la ideología establecida por Mustafá Kemal), ha sido furibunda.

La fiscalía pública ha iniciado una investigación para determinar si se procesa a Alçi. No es ninguna broma: podrían hacerlo en virtud de la llamada Ley de Protección de Atatürk, establecida en los años 50, que establece penas de prisión para aquellos que «mancillen la figura de Atatürk». En la prensa turca han aparecido decenas de artículos ensalzando al personaje y denigrando el trabajo de Alçi. Columnistas como Nihat Genç han llegado aún más lejos, y han escrito cosas como que Alçi «no podrá convencer a nadie de que su futuro bebé es de su marido».

El «buen dictador»

Tan sólo unas pocas voces han salido en defensa de la periodista. Entre ellos, el columnista Mustafá Akyol, liberal cercano al partido AKP de Erdogán, que equipara la legislación que permite el procesamiento de Alçi con las «leyes sobre la blasfemia» de países como Pakistán.

«El término “dictador” no es un insulto sino una definición política, y Atatürk realmente encaja en ella bastante bien», asegura Akyol. »Desde 1925, cuando inició el régimen de partido único, hasta su muerte en 1938, gobernó Turquía con un estilo dictatorial perfecto: prohibió todos los partidos de oposición, cerró incluso las organizaciones de la sociedad civil (desde las órdenes sufíes hasta los masones), y no permitió una sola voz crítica en los medios», explica.

«Naturalmente, Atatürk no puede ser comparado con los dictadores más notorios de esa época, como Hitler o Stalin, que fueron despiadados asesinos de masas. Al lado de esas figuras, Atatürk fue un autócrata bastante blando. Por ello, el historiador Ahmet Kuyas, que siente una genuina simpatía por Atatürk y su legado, argumenta que se le debe llamar “un buen dictador”. Pero un dictador, no obstante», escribe el columnista.

Mitomanía

La obra política de Atatürk (un sobrenombre que significa «padre de los turcos» que adoptó él mismo) es reivindicada por casi todo el espectro político turco: mientras la izquierda se identifica con su antiimperialismo, otros partidos defienden el importante papel que legó a las fuerzas armadas, al sector público o al nacionalismo turco. La devoción por este personaje es tal que existen cosas como un tatuador especializado en su figura (que se ofrece a grabar en la piel del cliente desde el rostro de Atatürk a su característica firma, pasando por su caballo), un «Centro de Estudios sobre Atatürk», o historiadores expertos en sus obras completas.

Por ello, cada vez que aparece una película, un documental o un libro sobre su figura, la polémica es inevitable, al mostrar aspectos como su vida sexual o su afición por el raki (la bebida nacional de Turquía, que probablemente le provocó la cirrosis que le llevó a la tumba). Este año, un dibujante fue llevado a juicio por un diputado del Partido Republicano por un cómic en el que Atatürk era arrestado y torturado por oficiales del sultán, algo que, históricamente, nunca ocurrió. Pero, aparentemente, criticar su gestión política sigue siendo el último gran tabú.