Soldados mexicanos patrullan las calles de Apatzingán (estado Michoacán), en enero de 2014t
Soldados mexicanos patrullan las calles de Apatzingán (estado Michoacán), en enero de 2014t - AFP
CRIMEN ORGANIZADO EN MÉXICO

Apatzingán, un infierno a ratos por la violencia, busca la paz a través de la cultura

El Fondo de Cultura Económica (FCE) desarrolla en esta ciudad de Michoacán (México) un proyecto cultural inspirado en Medellín (Colombia)

Corresponsal en MéxicoActualizado:

Más de 200 personas abarrotan el galpón que un día fue estación de tren y hoy sirve de auditorio en el centro del Fondo de Cultura Económica (FCE) en Apatzingán, Michoacán. Los ventiladores alivian poco los 40 grados de temperatura. No en vano se le llama a esta región Tierra Caliente. Se conservaron tres pares de vías a la entrada para recordar el antiguo uso del edificio, igual que la torre de agua, bajo la cual se instaló una fuente, adornada con azulejos pintados por niños. Dentro, hay una librería y una sala de lectura. Un mural del artista michoacano Gilberto Ramírez decora las paredes y recuerda los hitos del pueblo. En Apatzingán se firmó, en 1814, la primera Constitución mexicana, que dividió los tres poderes pero que nunca entró en vigor.

El lugar es agradable. Sería un centro cultural corriente si no fuera por la cantidad de policía armada que poco a poco se va apreciando alrededor, o por los camiones del Ejército que patrullan por la calle al costado. Nadie diría que el 6 enero de 2015 ocurrió en el zócalo, a pocas calles de aquí, una de las matanzas más turbias de los últimos años en México, cuando 16 jóvenes murieron en un operativo de la Policía Federal, aún no está claro bajo qué fuego. Ni que hace apenas unos días, entre el 11 y el 13 de abril, a las afueras de Apatzingán quemaban vehículos, cortaban carreteras y se enfrentaban a fuerzas federales grupos distintos de civiles armados: por un lado, narcos; por otro, «normalistas» –estudiantes de una escuela de magisterio rural similar a la de Ayotzinapa, en Guerrero–, y por otro, «autodefensas», escenificando la complejidad que envuelve a la violencia en el estado de Michoacán.

A finales de 2013, algunos agricultores comenzaron a armarse para luchar contra los cárteles, liderados, por un lado, por Hipólito Mora, y por otro, por Manuel Mireles. Ambos fueron detenidos meses después, cuando los desarmó el Estado, y solo está liberado hoy Hipólito Mora. La frontera entre estos grupos y el crimen siempre ha sido difusa. Apatzingán, de poco más de 120.000 habitantes, sigue siendo un infierno a ratos, no solo por el clima.

Responsables de Medellín les explican cómo cambiaron la ciudad, antes la más violenta del mundo

Pero nada de eso esperan los dos centenares de lugareños reunidos este lunes en el centro cultural, a punto de recibir al colombiano Jorge Melguizo, miembro del gabinete municipal del Ayuntamiento de Medellín entre 2004 y 2010, que les contará de qué manera transformaron su ciudad, otrora la más violenta del mundo, en un ejemplo del triunfo social. En sus proyectos culturales, como la Fiesta del Libro y los Parques Biblioteca, se inspira precisamente el centro del FCE en Apatzingán.

«Ninguna ciudad de Latinoamérica ha estado en la situación tan dura en la que estuvo Medellín», recuerda Melguizo. Alrededor de 66.000 jóvenes perdió esa ciudad en muertes violentas a lo largo de 20 años. Solo en 1991, hubo 100.700 asesinatos. Hoy presumen de haber bajado esas cifras en un 95 por ciento. La solución, avisa, es integral: unir a políticos, sociedad civil y, muy importante, empresarios. «La clave de lo que hemos hecho en Medellín es pensar la ciudad juntos», explica. «Cuando el espacio lo ocupan los ciudadanos, no lo ocupan los criminales».

Melguizo, que asesora a gobiernos y empresarios de toda América Latina, habla paseándose por la sala a grandes zancadas, modulando la voz con entusiasmo, apelando a unos y a otros por su nombre. Parece un pastor evangelista laico, pero no es una pose: Melguizo se comporta a todas horas como la mezcla extraña que es de activista, político, periodista y profesor.

«La frase cría cuervos y te sacarán los ojos es precisa para los paramilitares»

«Los desafíos de Apatzingán y Medellín son los mismos», dice. Y arremete contra los civiles que arman para defenderse. «Hemos aprendido algo: que la frase cría cuervos y te sacarán los ojos es precisa para los paramilitares», advierte. «Lo contrario a la inseguridad no es la seguridad, sino la convivencia. Yo no me siento seguro cuando veo alguien armado a mi lado». Y concluye: «Las armas tienen que estar en poder del Estado, solo en poder del Estado».

Otra de las claves de las políticas culturales que promueve Melguizo está en el cambio de mentalidad: «No somos sociedades violentas, sino sociedades violentadas; somos víctimas, no victimarios».

A ello quiere contribuir el FCE, aunque no sea fácil. Socorro Venegas, una de las encargadas de poner en marcha el proyecto en Apatzingán, cuenta que una de las trabajadoras del centro le confesó lo que pensaron de ellas cuando llegaron al pueblo: «Estas pinches viejas, para qué vendrán con libros, tendrían que venir con cuernos de chivo». ¿Ha cambiado la cosa en este año y medio que llevan funcionando? «Ha habido cambios en los niños tanto como en nosotros», relata Adriana, encargada de la sala de lectura. También se ha producido un cambio con la relación con los vecinos, que antes los observaban con hostilidad y ahora, entran y salen «como si fuera su casa», dice Marta Luna, coordinadora del centro.

Las noticias día a día no son alentadoras. El alcalde de Apatzingán, César Chávez Garibay, reconoció ante la prensa, que grupos criminales siguen campando en la región y que «los problemas no se resuelven de la noche a la mañana».

Mientras tanto, los habitantes de Apatzingán se aferran a la esperanza que les ofrece Melguizo: «Si en Medellín fue posible, en cualquier lugar es posible». Esperan que el asunto no quede como en aquella primera Constitución, que dividió los tres poderes pero nunca entró en vigor.