Los apátridas de África
Refugiados somalíes llegan al campo de refugiados de Dadaab en junio de 2009 - reuters

Los apátridas de África

El afán de las élites políticas de seguir en el poder a expensas de otros grupos ha llevado a miles de personas a un limbo moral y burocrático. Sin nacionalidad y ciudadanía, carecen de cualquier derecho

corresponsal en nairobi Actualizado:

Apenas 50 kilómetros cuadrados. Quizá no sea demasiado, pero en las últimas dos décadas, éste es el único horizonte que Bashir Aden ha conocido. «Desde que llegué al campo de refugiados kenianos de Dadaab, nunca he salido de él, a no ser por motivos médicos. Mis hijos han nacido en sus límites y así lo harán mis nietos», asegura a ABC este exlíder local.

En octubre de 1991, tan solo nueve meses después de la caída del dictador Siad Barre y ante el incipiente flujo migratorio proveniente de Somalia, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados comenzaba la «edificación» de los primeros campamentos en el noreste de Kenia. Unas tareas humanitarias que culminarían en junio 1992 con la finalización del proyecto. Desde entonces, las cerca de 463.000 almas (630.000 según fuentes extraoficiales) que habitan este campo de refugiados se encuentran en una situación de indefensión amparada por la Ley: residentes en Kenia desde hace más dos décadas, pero convertidos en parias sin nacionalidad.

Su caso no es único. Las crisis políticas desde independencia en la mayor parte de los estados del continente han mostrado siempre un mismo patrón: la élite política trata de reforzar su apoyo entre una parte de la masa mediante la exclusión de una minoría. Como denuncia Bronwen Manby, analista del Africa Governance Monitoring and Advocacy Project, en la actualidad, cientos de miles de personas que viven en el continente africano se encuentran en un limbo moral y burocrático, pese a ser ciudadanos de segunda e incluso tercera generación. No pueden inscribir a sus hijos al nacer, ni escolarizarlos, ni siquiera acceder a los servicios estatales de salud o lograr un empleo. Son los apátridas de África.

Para Manby, el caso de Costa de Marfil es clave para entender esta situación. Durante la década de 1930, las autoridades coloniales alentaron el movimiento migratorio hacia este país de varios cientos de miles de trabajadores agrícolas provenientes de las actuales Burkina Faso y Malí. Mientras que el Estado productor de cacao disfrutó de auge económico, la situación de este grupo era relativamente poco polémica. Sin embargo, a medida que el pastel comenzó a disminuir, la población se embarcó a la desesperada en un movimiento nacionalista que les impidiera perder el estatus político. Y en un país donde más de un tercio de sus habitantes son inmigrantes, tan solo era cuestión de tiempo que la cuestión étnica explotara.

«Ivoirité»

No en vano, en 1995, el exmandatario Henri Konan Bédié introdujo la doctrina nacionalista «Ivoirité» que, entre otras cuestiones, tan solo permitía presentarse a cargos políticos a los marfileños de segunda generación. Incluso, al actual presidente, Alassane Ouattara, se le impidió participar en los comicios de 1995 y 2000 debido a que su padre era originario de Burkina Faso. «En su esfuerzo por aumentar el precio del cacao, el Gobierno decidió limitar los derechos de los inmigrantes que lo cultivaban. Ahora esta cuestión se le ha vuelto en contra», reconoce Manby.

Pese a que Costa de Marfil puede ser un caso extremo, no es el único. En la República Democrática del Congo la disputa sobre el estado de indígena o no-indígena de la población Banyarwanda en las provincias orientales ha sido uno de los primeros acicates del conflicto regional: cinco millones de muertos desde 1998. O Zimbabue, donde las políticas xenófobas del Gobierno diseñadas para socavar a la oposición han dejado -a cerca de un millón de personas- sin ciudadanía ni Estado.

Pérdida de los derechos naturales

En ese último país, el presidente Robert Mugabe anunció en 2002 una reforma agraria acelerada con el objetivo de provocar la adquisición forzosa de las explotaciones de la minoría blanca. De forma paralela, introdujo una enmienda a la Ley de Ciudadanía, por lo que las personas con doble nacionalidad (caso de los antiguos colonizadores) perdían automáticamente sus derechos naturales. La medida, eso sí, no solo afectó a los granjeros blancos (cerca de 300.000).

En aquel momento, la mayor parte de los trabajadores agrícolas eran inmigrantes de segunda o tercera generación cuyos ancestros se habían trasladado a Zimbabue (o a la antigua Rhodesia antes de la independencia en 1980) procedentes de Malawi, Zambia o Mozambique. Y pese a sus más de dos décadas en el territorio, todos ellos perdieron su puesto de trabajo y viviendas.

«Desde la independencia, estas políticas continentales tan solo han sido utilizadas para subvertir el proceso democrático y fortalecer o prolongar la permanencia en el poder de un grupo a expensas de otro» -destaca Manby-. «Eso sí, el resultado final tan solo es el sufrimiento de las masas». Son los apátridas de África. Simplemente, por tener el apellido equivocado.