El alcalde de Teherán aspira a la presidencia de Irán
Mohamed Bagher Galibaf - ARCHIVO

El alcalde de Teherán aspira a la presidencia de Irán

Mohamed Bagher Galibaf dispuesto a seguir los pasos de Ahmadineyad para cambiar el puesto de regidor en Teherán por el de presidente del país en los próximos comicios

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Las sillas comienzan a moverse en torno a la presidencia de Irán. Mahmoud Ahmadineyad concluye su segundo mandato consecutivo en 2013 y algunas figuras políticas del país se postulan como sucesores ya que la Constitución no permite a Ahmadineyad volver a presentarse.

El primero en saltar a la arena es Mohamed Bagher Galibaf, alcalde de Teherán y enemigo político declarado del actual presidente con quien ya se enfrentó en las elecciones de 2005. «Galibaf tomará parte con seguridad en las undécimas elecciones presidenciales de la República Islámica de Irán», adelantó a la agencia Fars Mohamad Nabi Rudaki, asesor del alcalde. Esto le obligaría a abandonar su puesto en febrero para cumplir con los requisitos exigidos por el Consejo de Guardianes, órgano que designa finalmente a los candidatos y tiene el poder de vetar a quien lo estime oportuno.

«Siempre suena, siempre está en las quinielas, pero no le veo como la persona para sacar al país adelante», considera una periodista iraní con gran experiencia consultada que apunta a otras opciones como la del actual presidente del parlamento, Ali Lariyani, «como futuribles para el cargo». Junto a Lariyani, Hadad Adel, ex presidente del parlamento y consuegro del Líder Supremo, Ali Jamenei, y el ministro de Exteriores Ali Akbar Salehi son otros de los nombres que se barajan. Aunque los candidatos finales los designará el todopoderoso Consejo de Guardianes.

Ahmadineyad se hizo con la presidencia tras ocupar durante dos años el asiento de alcalde de Teherán y dejará el poder después de dos mandatos marcados por el enfrentamiento con Occidente debido a la carrera nuclear y por la grave crisis política interna que sufre la república islámica desde la «revuelta verde» de 2009. Millones de iraníes se echaron a las calles para denunciar el supuesto fraude en las urnas que supuso la reelección de Ahmadineyad provocando las mayores protestas vistas en las tres décadas de historia del régimen y la proscripción del sector reformista, cuyos líderes siguen en arresto domiciliario.

Con los reformistas apartados de la carrera por el poder, los valedores de Galibaf ven en el alcalde una especie de candidato de centro, con una imagen alejada de los extremos religiosos y militares y con una opinión pública favorable tras un paso por la alcaldía marcado por el desarrollo de las obras públicas en Teherán y la mejora de la red de transporte.

En 2005 no logró colarse en la segunda vuelta que finalmente disputaron Ahmadineyad y Hashemi Rafsanyani y se tuvo que conformar con la cuarta posición, pero de aquella campaña se recuerdan sus carteles con un look moderno, gafas de sol y chaquetas de cuero que nada tenían que ver con los hábitos, turbantes y barbas revolucionarias del resto de aspirantes. «Puede tener opciones entre el votante urbano, pero en las zonas rurales la gente seguirá votando la opción ultraconservadoras, sobre todo tras la puesta en marcha de la política de subsidios de Ahmadineyad», piensa un diplomático europeo con experiencia en la zona que advierte de la poca repercusión que tiene el debate político en Irán, «totalmente eclipsado por las dificultades económicas».

Más que por el nombre del futuro presidente, los iraníes de a pie están preocupados por los efectos que las sanciones internacionales a causa del programa nuclear están causando en la economía nacional. El que hasta ahora era el cuatro productor mundial de petróleo del mundo sufre un embargo por parte de la Unión Europea y Estados Unidos que ha llevado la venta de crudo a sus niveles más bajos, siendo incluso superado por el vecino Irak. La inflación se ha disparado, la oficial es del 21 por ciento, y en los medios locales el tema central, por encima de la crisis nuclear o las amenazas de Israel, es la polémica provocada por la escasez de pollo subvencionado en los mercados. El kilo de pollo, alimento básico en la dieta nacional, ha triplicado su precio en el último semestre alcanzando los 10.000 tomanes (cuatro euros al cambio).