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¿converso o superviviente?

El sobrecogedor enigma de Cantlie

El periodista británico rehén de los yihadistas ha pasado a protagonizar vídeos panegíricos de sus captores

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«He tenido que ver cómo James, Steven Sotloff, David Haines y Alan Henning salían por la puerta, uno cada dos semanas desde el 18 de agosto, para no regresar, sabiendo que iban a matarlos y caminando hacia su final». La frase es del periodista londinense John Cantlie, de 43 años. Lleva dos secuestrado por el Estado Islámico y la escribió en una revista de propaganda del califato yihadista. El sufrimiento inenarrable que ha padecido Cantlie, que ha visto cómo degollaban a sangre fría a sus compañeros, debe tenerse presente a la hora de abordar el enigma del personaje: un periodista veterano, con el corazón en su sitio, convertido ahora en un entregado apologista del grupo de iluminados más bárbaro del planeta. ¿Se ha convertido Cantlie y es hoy un apóstol convencido del salafismo sanguinario, o simplemente trata de salvar su vida, sabedor de que el Gobierno británico, a diferencia de los de Francia, Italia o España, se niega a pagar rescates?

Tal vez todo se mezcle: un síndrome de Estocolmo bastante claro, que se une al sentido de supervivencia propio del ser humano. Es difícil juzgar a Cantlie, y más cuando se sabe que los cuatro decapitados fueron previamente torturados, vejados y sometidos a privaciones y crudelísimos juegos psicológicos. Solo así se explica la mansedumbre inhumana con que aceptan el cuchillo del asesino Jihadi John.

Estado Islámico, que cuida al detalle la propaganda y sabe que internet también puede ser un arma, difundió el pasado martes el quinto vídeo protagonizado por John Cantlie. Algo había cambiado. De entrada, ya no vestía el blusón naranja con que EI parodia el uniforme de Guatánamo. El fotógrafo inglés aparecía vestido totalmente de negro, con camisa y una camiseta debajo. Su aspecto había mejorado, con más peso, y el pelo y la barba más largos y teñidos de negro. Además, se había afeitado el bigote, dejándose solo esa barba a lo capitán Ahab de Moby Dick, que es sello de los salafistas. El vídeo estaba rodado en exteriores, en las calles de Kobani, y Cantlie hacía una crónica de guerra como si fuese un reportero al uso, solo que al servicio del canal de los terroristas. En su alocución, desmentía los reveses de EI en Kobani y aseguraba que un cargamento de armas para los kurdos lanzado desde el aire por Estados Unidos había acabado en manos de los yihadistas.

Aunque era un «freelance» a la pieza que no logró un contrato fijo en un gran medio, no hay muchos reporteros de guerra en activo que puedan presentar una hoja de servicios tan completa como la de John Cantlie. Ha cubierto la segunda guerra de Irak, la de Afganistán, la caída de Gadafi y la guerra civil de Siria, donde ha sido secuestrado dos veces. También trabajó en Somalia y ha publicado sus reportajes en los dominicales de «The Times» y «The Daily Telegraph», los dos grandes diarios conservadores de Londres, y en revistas como «Esquire» y «GQ». En el 2008 fue el fotógrafo oficial del rally caritativo Enduro África, un viaje en moto de más de mil kilómetros por Suráfrica, donde participaron los dos hijos de Diana de Gales. Cantlie trabó allí una buena relación con el príncipe Enrique. El fotógrafo viene de una buena familia, militares, abogados y médicos, con un abuelo Sir, que destacó en la China del declive imperial.

El 18 de septiembre del 2014, Estado Islámico divulgó su primer vídeo propagandístico. Vestido de naranja, sentado ante una mesa, desaliñado y demacrado. Se le ve forzado mientras culpa de su dramática situación a la política exterior británica. Hoy, tras cinco emisiones, en las que cada vez se le ve más suelto en su apología del horror, Cantlie se ha convertido en una figura engorrosa para la opinión pública y mediática del Reino Unido. Cuesta digerirlo elogiando a Estado Islámico, que ha degollado a dos de sus compatriotas, Haines y Henning. Se hacen insufribles vídeos como el penúltimo, el anterior al de Kobani, donde defendió la tortura del ahogamiento con agua a los secuestrados que intentan fugarse, alegando que los estadounidenses hacen lo mismo con los yihadistas.

El primer secuestro de John Cantlie se produjo el 19 de julio del 2012. Cruzó la frontera Turca con un periodista holandés y un traductor. Solo se habían adentrado cuatro kilómetros en suelo sirio cuando vieron un campamento que creyeron que era del Ejército Libre Sirio, que lucha contra Asad. Resultó ser un grupo de 30 milicianos pro Al Qaida, entre los que había chechenos, paquistaníes, bangladesíes y diez británicos, «los más crueles», según contaría luego Cantlie. Al segundo día, tras haber sido amenazados de muerte con cuchillos, trataron de huir. Pero los sorprendieron y fueron tiroteados. Cantlie en un brazo, lo que le ha hecho perder la sensibilidad de su mano izquierda, y el holandés en la cadera. Los atendió un médico del grupo secuestrador, vecino del Sur de Londres, que portaba un maletín del Servicio Nacional de Salud Británico y que se había unido a la yihad dejando en Inglaterra a su mujer y su hija. A los dos días fueron liberados por fuerzas del Ejército Libre Sirio.

En noviembre del 2012 volvió. Hizo un trabajo formidable. Fotos sobrecogedoras de los tanques T72 de fabricación rusa de Assad avanzando por ciudades en ruinas, instantáneas tomadas con pulso firme en medio del pánico. Pero ese mismo mes fue secuestrado, junto a un traductor y el fotógrafo estadounidense James Foley, el primer decapitado, al que de nada le valió convertirse al Islam. Hace dos semanas, el padre de Cantlie, ingresado con neumonía en un hospital, grabó un vídeo horas antes de fallecer pidiendo al califato islámico clemencia para con su hijo.

Hoy nadie sabe quién es el verdadero Cantlie. Pero el peor periodismo ya lo compara con el sargento Brody de la serie «Homeland».