Así contó ABC el genocidio de Ruanda

Así contó ABC el genocidio de Ruanda

Cien días que sacudieron el mundo narrados en las crónicas de entonces

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«Tutsis contra hutus: la mayor limpieza étnica desde la II Guerra Mundial». Palabras que, con el paso del tiempo, resultan especialmente proféticas. A uno y otro lado del conflicto.

El 8 de abril de 1994, éste era el titular con el que Gerardo González Calvo comenzaba su análisis en ABC. Dos días antes, el avión en el que viajaban desde Tanzania el presidente ruandés, Juvénal Habyarimana, y su homólogo burundés, Cyprien Ntaryamira, había sido derribado, encendiendo el terror y las matanzas tribales en el corazón de África.

Por entonces, las cifras comenzaban ya a estremecer las redacciones de medio mundo, tras el inicio del reguero de sangre de la mayoritaria población hutu contra los tutsis (y hutus moderados): «El número de muertos podría ascender 10.000» denunciaba ABC. No había pasado ni una semana del conflicto.

Pero entre tanta cifra anónima, los testimonios lograban poner nombre y apellido a estos escalofríos. «El pueblo ruandés no es esa gente loca que se está matando», aseguraba en entrevista la misionera Pilar Espelosín. Su relato sobre las atrocidades cometidas en Ruanda conmovió a España. Por aquellos días, el drama de los cooperantes regresados motivó que el Premio Principe de Asturias de Comunicación y Humanidades le fuera concedido a las misiones españolas en Ruanda y Burundi.

Testigo directo de aquellos crímenes fue Santiago Córcoles, enviado especial a la capital ruandesa, Kigali. «Deseamos vengar a los compañeros torturados y asesinados en Kigali», citaba en una de sus primeras crónicas.

Mientras, la apatía internacional ante la crisis encendía los ánimos periodísticos. «Los cascos azules abandonan a su suerte a los civiles de Ruanda», reflejaba ABC. Los lectores tampoco se quedaron atrás: «¡No podemos quedarnos indiferentes!», condenaba María Vilar i Vinyeta en una carta al Director.

Pero si Naciones Unidas tocaba en aquellos días cornetas de retirada, otros, en cambio, prefirieron quedarse para ofrecer consuelo a las víctimas. Como los médicos Luis Velilla y Nicolás Rodríguez, encargados de operar a los (abundantes) heridos de la miseria.

No sin riesgo, eso sí. El 27 de abril, el periodista Luis Ayllón se hacía eco de una noticia que nadie quería escuchar: La desaparición del misionero catalán Joaquín Vallmajó. El cooperante sería asesinado finalmente por miembros del tutsi Frente Patriótico Ruandés, quienes, en su sangrienta oleada de venganza contra la población hutu, buscaban eliminar a testigos incómodos de sus masacres. Ya entonces, víctimas y verdugos del genocidio comenzaban a entrelazarse. «El pueblo ruandés ha perdido a una persona que lo amaba mucho», reconocía a este diario la madre de Vallmajó.

Su muerte todavía clama justicia. No es la única, en tres meses que estremecieron al mundo y cuyas consecuencias morales y políticas continúan en la región de los Grandes Lagos.

«El primer ministro hutu reconoce su derrota. Con la capital, el Gobierno pierde el control de Ruanda», publicaría finalmente ABC el 10 de julio.

Tocaba poner punto y aparte al genocidio. Era hora de dejar paso al olvido regional.