Las perversiones de Gadafi
Una alfombra con el rostro de Gadafi en una calle de Trípoli durante la revolución en 2011 - luis de vega

Las perversiones de Gadafi

Violaba a niños y niñas, guardaba en neveras a opositores muertos y obligaba a sus víctimas a ver y jalear ejecuciones

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La estela de terror dejada por el dictador libio Muamar Gadafi persiste más de dos años después de su muerte. La última y macabra prueba de cómo se las gastó el sátrapa durante las cuatro décadas que se mantuvo en el poder son las mazmorras en las que torturaba y violaba a personas de todas las edades y sexo, según un reportaje de la cadena BBC que se emitirá mañana lunes y que desentraña la trastienda más cruel, viciosa y oscura del líder libio. Era un secreto a voces del que hablaban de puertas adentro muchos libios y sobre el que poco a poco comienza a hacerse la luz.

Son miles los ciudadanos que, más allá de las ejecuciones a cientos llevadas a cabo en el penal de Abú Salim, han sufrido, casi siempre en silencio, las locuras de Gadafi. Muchos abusos, especialmente los sexuales, han quedado a menudo ocultos bajo el peso del estigma que impone la religión musulmana.

La parte más visible del despiadado régimen era el famoso grupo de las «amazonas», las guardaespaldas que acompañaban de manera permanente al líder en sus desplazamientos y sobre las que circulaban todo tipo de historias y rumores. Pero, también, muchas de las víctimas eran estudiantes elegidas por el dedo caprichoso del tirano en sus visitas a escuelas y universidades. En ellas la virginidad era un «plus» para el dictador. El solo gesto de rozar la cabeza de una de ellas indicaba que había sido «agraciada», daba igual que fuera menor.

De algunas nunca más se supo, otras fueron abandonadas, moribundas, en plena calle. Pero algunas lograron escapar y han relatado tales barbaridades sobre orgías de sexo, palizas, drogas, viagra y alcohol, que eran difíciles de creer. No parecía posible en alguien que llevaba las riendas de un país, como ya contó en 2012 la periodista francesa Anick Cojean en su libro «Las cautivas».

Una chica que estuvo en la siniestra nómina de guardaespaldas relata en el reportaje del canal británico cómo Gadafi la mantuvo encandilada hasta que fue obligada a presenciar varias ejecuciones de adolescentes. Grabada en siete países, entre ellos Libia, la historia de BBC4 recoge además el testimonio de una profesora que fue testigo de cómo Gadafi eligió en su escuela a varias alumnas de las que luego abusó en sus palacios. El de la esposa del ministro de Exteriores, cuyo cadáver el dictador guardaba en una nevera. O el del cirujano plástico brasileño que tuvo que operarlo sin anestesia porque el tirano tenía miedo a ser envenenado y que tuvo que parar la intervención para que se comiera una hamburguesa.

Jalear las ejecuciones

Ahora sabemos cómo eran algunos de los infiernos en los que se llevaban a cabo aquellas tropelías, según imágenes del reportaje que ha publicado el diario británico «Daily Mail», y por las que pasaban también jóvenes y niños de sexo masculino. Una habitación lúgubre, de decoración setentera con una cama de matrimonio. Y como antesala, una consulta ginecológica donde las víctimas eran examinadas para asegurarse de que no llegaban con alguna enfermedad sexual o para practicarles el aborto si quedaban embarazadas. Por si fuera poco, recuerda el diario británico, a veces eran obligadas a presenciar y jalear ejecuciones. Al coronel le gustaba mantener los cuerpos de sus víctimas en frigoríficos y deleitarse después con la macabra vista de los cadáveres.

Hechos como estos son los que llevaron a muchos libios a justificar el linchamiento del dictador poco después de ser hallado escondido en una tubería a las afueras de la ciudad de Sirte en octubre de 2011. Pero Gadafi murió matando y en los últimos meses de su dictadura trató de aferrarse al poder empleando todo tipo de torturas sobre los disidentes, a los que llegó a encerrar en contenedores hasta la muerte.

El odio y la violencia sembrados a lo largo de los 42 años de gadafismo siguen pasando factura a Libia, donde a día de hoy se cometen abusos de todo tipo bajo un sistema carcelario y judicial que, según algunos informes de organizaciones humanitarias internacionales, no difiere mucho del que se pretendía enterrar con la revolución. El país «se sumerge cada vez más en la anarquía», afirma Human Rights Watch (HRW).