Cuadro que representa a la División Azul - AUGUSTO FERRER-DALMAU

Segunda Guerra MundialLa atroz marcha de la División Azul a través de un lago helado: cuando España asombró a los nazis

El 10 de enero de 1942, dos centenares de españoles al mando del capitán Ordás superaron el frío extremo para cumplir su misión. Hubo un 94% de bajas

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Escribir sobre historia en nuestro país es, a veces, una tarea de riesgo. Suelo afirmar que este campo causa más controversia que la política; y así lo creo en base a la experiencia. Por ello, les ruego me permitan calzarme los zapatos de buzo e ir con pies de plomo a la hora de hablar sobre la División Azul. Valga el presente como párrafo explicativo para todos aquellos deseosos de agitar el avispero político. El pasado, pasado es, y como tal puede ser narrado desde la objetividad; sin necesidad de obviar o engrandecer un hecho. Tras haber pagado (no sin frustración por tener que incidir una vez más en lo mismo) este peaje, déjenme hablarles del cruce del lago Ilmen por los soldados españoles enviados a la URSS. Una marcha en la que doscientos hombres hicieron frente a cincuenta y ocho grados bajo cero para socorrer, en pleno enero de 1942, a una unidad alemana que se había quedado aislada en territorio enemigo. Quedaron doce...

Héroes para unos, villanos para otros, esos dos centenares de soldados dirigidos por el capitán José Manuel Ordás se ganaron el respeto de los oficiales de la Wehrmacht (el ejército de tierra germano a las órdenes del Tercer Reich). Más allá de su orientación política, lo cierto es que -como bien explicó el diario ABC el 13 de febrero de 1942- la compañía de esquiadores seleccionada superó todo tipo de penurias para arribar hasta su destino: «Hundiéndose a veces hasta la cintura en el agua helada, los soldados atraviesan las anchas grietas abiertas en el hielo. […] Los uniformes mojados se tornan rígidos y como petrificados. Resulta dificilísimo orientarse, pues las brújulas han dejado de reaccionar a consecuencia del frío». El suceso, engrandecido a la postre por el franquismo, ha sido tildado de «gesta suicida» por historiadores de la talla de doctor en Historia Xavier Moreno Juliá en su obra «La División Azul» (Crítica, 2005). En todo caso, por lo llamativo, bien merece unas líneas.

Ilusión y Segunda Guerra Mundial

Pero empecemos por el principio. El origen de esta unidad hay que buscarlo en la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS por parte de Adolf Hitler en el verano de 1941. Según explica el propio Juliá, Francisco Franco ofreció entonces a Alemania la posibilidad de enviar «algunas unidades de voluntarios en reconocimiento a la ayuda recibida durante la Guerra Civil».

Los germanos aceptaron este «gesto de solidaridad», como lo denomina el doctor en Historia. Apenas dos jornadas después de que los Panzer y la Luftwaffe (la fuerza aérea teutona) asaltaran la frontera soviética, el ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Súñer, dio un discurso en el centro de la capital en el que cargó contra el comunismo y enardeció los ánimos de los madrileñós. «Camaradas: No es hora de discursos, pero sí de que la Falange dicte en estos momentos su sentencia condenatoria: ¡Rusia es culpable! ¡Culpable de nuestra Guerra Civil! […] ¡El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa!», afirmó.

Salida de la División Azul desde Madrid, el 13 de julio de 1941
Salida de la División Azul desde Madrid, el 13 de julio de 1941 - ABC

Tres días después se dio a conocer la existencia de la División Azul y se abrió el reclutamiento. La llegada de miles de jóvenes fue masiva, según explica el historiador Carlos Caballero Jurado en «La División Azul. De 1941 a la actualidad» (La Esfera de los Libros, 2019). El mismo autor recoge en su obra un fragmento del diario de un alférez provisional catalán en el que queda patente la rapidez con la que algunos españoles se alistaron: «Me he incorporado a la División Azul. Que Dios me proteja en esta campaña como lo hizo en el pasado. […] Durante los últimos días del pasado mes salió en los periódicos la autorización permitiendo el enrolamiento en las Jefaturas de FET de voluntarios para ir a combatir contra el comunismo. Tan pronto como me enteré de ello, me presenté en la Jefatura, donde me dijeron que no estaban informados todavía de si podíamos inscribirnos o no los oficiales».

El 13 de julio de ese mismo año la División Azul comenzó su partida escalonada hacia Alemania en una veintena de trenes. Según Jurado, aquellos días se vivió en España cierto fervor por la marcha. «En las sucesivas despedidas que se realizaron en Madrid y las demás ciudades siempre hubo masas inmensas de gente, empezando, claro está, por los familiares», señala. En palabras del experto, los partidarios de Falange coparon los eventos «con sus rituales, sus canciones y sus himnos». El mismo Franco se mostró efusivo con el viaje de los voluntarios. Y así lo demostró en un discurso que pronunció cuatro jornadas después: «En estos momentos en que las armas alemanas se dirigen a la batalla que Europa y el Cristianismo desde hace tantos años anhela, y en la que la sangre de nuestra juventud va a unirse a la de nuestros camaradas del Eje, como expresión viva de solidaridad, renovemos nuestra fe en los destinos de nuestra Patria».

Alistamiento de voluntarios para luchar contra Rusia en la División Azul
Alistamiento de voluntarios para luchar contra Rusia en la División Azul - ABC

Poco después, los españoles (a las órdenes de Agustín Muñoz Grandes) llegaron hasta Alemania, donde, en menos de dos semanas, fueron entrenados para combatir en el frente ruso. Allí recibieron el clásico equipo del soldado de la Wehrmacht. Meterse en aquel uniforme les causó más de un problema, como bien recordaba Tomás Salvador, uno de los voluntarios: «Existían infinidad de objetos pequeños que nadie sabía por donde agarrar: cepillos para parar un tren, cajas redondas de plástico anaranjado, trinchas, tirillas... Los calzoncillos y las camisas estuvieron a punto de provocar la deserción de todo el pelotón».

Tras familiarizarse con las tácticas germanas y su equipo, la División Azul partió hacia Rusia. Aunque, para arribar a su destino, se vieron obligados a recorrer más de 900 kilómetros a pie. El primer frente en el luchar fue el del río Vóljov, ubicado al norte del país. En el mes siguiente, demostraron su arrojo en los combates que se desarrollaron en las poblaciones de Possad y de Otenski. Así, hasta diciembre, cuando ya contaban más de un millar de bajas.

Asalto soviético

En enero, cuando los muertos, heridos y desaparecidos de la División Azul ascendían ya a 1.400, la situación del ejército alemán ubicado entre el lago Ládoga y el río Vóljov (al este de San Petesburgo) no podía ser peor. Como bien explica a ABC José Luis Jiménez Rodríguez -profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Rey Juan Carlos y autor de «De héroes e indeseables: la División Azul» (Espasa, 2007)- ese invierno los germanos se vieron sorprendidos por una gigantesca ofensiva soviética que les puso contra las cuerdas. «El Ejército Rojo atacó con 75 divisiones a lo largo de un frente de 600 kilómetros para abrir un corredor que les permitiera socorrer la asediada Leningrado», desvela. Muñoz Grandes y sus hombres no estaban mejor. «Por entonces se habían visto obligados a retroceder desde el frente del Vóljov por culpa de la resistencia enemiga y del enorme frío», añade.

Tras presionar durante semanas esta parte del frente, los soviéticos lograron abrir una brecha en el extremo inferior del lago Ilmen (ubicado en Nóvgorod) el 7 de enero. La resistencia germana en la región quedó desbaratada. «El primer punto donde el frente del Grupo de Ejércitos Norte alemán se colapsó fue el sur del Ilmen, donde los soviéticos cruzaron el ángulo suroriental desbordando el flanco occidental de la 290.ª División alemana y avanzaron hacia Staraia Russa», añade Jurado. La situación no podía ser más desesperada, pues las líneas ferroviarias de esta última ciudad eran claves para que las tropas pudiesen desplazarse por la zona,. Con todo, y a pesar de la intensidad del ataque, en su avance el Ejército Rojo no pudo acabar con una pequeña guarnición nazi presente en Vzvad (en la desembocadura del río Lovat). Juliá cifra el número de estos soldados en 543, lo mismo que Jurado.

Rusia. 1941. Los voluntarios españoles haciendo fuego con una ametralladora pesada contra las posiciones enemigas
Rusia. 1941. Los voluntarios españoles haciendo fuego con una ametralladora pesada contra las posiciones enemigas - ABC

Según Jurado, la División Azul era la unidad del ejército alemán más cercana a la posición y, por tanto, la única capaz de enviar ayuda a las tropas cercadas. Así pues, el 8 de enero el alto mando teutón contactó con los españoles. «Llamaron a Muñoz Grandes y le dieron la orden. La División Azul era, a efectos prácticos, alemana. Por tanto, recibía órdenes de los oficiales alemanes, añade Jiménez Rodríguez.

¿Por qué se eligió a los hispanos? Tras la Segunda Guerra Mundial, el franquismo extendió que las causas fueron la fiabilidad que nuestros compatriotas inspiraban en el alto mando y la buena opinión que Hitler tenía de ellos. Sin embargo, el profesor de Historia Contemporánea no está del todo de acuerdo con esta afirmación: «Dudo que, en esa fecha, Hitler pudiese tener una idea favorable de los españoles. Al fin y al cabo era una división dentro de un ejército enorme. Dicho esto, también es cierto que la División Azul cumplió siempre las órdenes que se le dieron y que, a la postre, tuvo un alto grado de bajas en todos los escalafones (entre ellos, oficiales y suboficiales). En ese sentido es inevitable que la opinión de los oficiales germanos fuese positiva».

Sobre un lago helado

Según afirmó el diario ABC en un artículo publicado el 13 de febrero de 1942, la distancia que tendrían que recorrer los españoles (afincado en la orilla opuesta del Ilmen) sería de unos treinta kilómetros a través de las aguas congeladas del lago:

«El general Muñoz Grandes, jefe de la División Española de Voluntarios que combate en el frente oriental, tiene extendido ante sí el mapa del lago Ilmen y calcula la distancia que medía entre sus riberas septentrional y meridional. Es menester efectuar un recorrido de 30 kilómetros para alcanzar la aldea rusa de X, partiendo de las posiciones guarnecidas por la División Azul. El termómetro ha descendido hasta señalar 40 grados bajo cero, y un viento gélido barre continuamente la superficie del gran lago. Parece casi imposible vencer las enormes dificultades que se presentan. Pero cuando el general español recibe la noticia de que un pequeño destacamento alemán se encuentra cercado por los bolchevistas del pueblo X y que están resistiendo heroicamente, toma una decisión rápida, que empieza a ser puesta inmediatamente en práctica. “Haremos cuanto esté en nuestra mano realizar, y hasta puede ser que algo más”. Esta es la respuesta que el general Muñoz Grandes le da por teléfono al general alemán que acaba de participarle las novedades».

Un grupo de soldados de la División Azul española camina a través de la nieve
Un grupo de soldados de la División Azul española camina a través de la nieve - ABC

Los elegidos para acometer esta misión fueron los hombres de la Compañía de Esquiadores 250ª. «Había sido creada en la segunda semana de noviembre de 1941. Cuando fueron enviados hacia Vzvad habían pasado menos de dos meses desde su formación. Eran 207 hombres que, en su mayoría, no habían esquiado en su vida. Quizá solo como deporte o entrenamiento», desvela el profesor. Al mando quedó el capitán José Manuel Ordás; un asturiano que (como afirma Manuel Ordás de Aranda en su artículo para la Real Academia de la Historia) se incorporó a la División Azul en 1941 como «mando de la Tercera Compañía Antitanques». Él sería el encargado de guiar a sus hombres a través del lago Ilmen. «Desde el punto de vista militar, la operación tuvo poca lógica por la peligrosidad que acarreaba. Aunque es difícil saber qué tiene lógica y qué no en mitad de una guerra», completa Jiménez Rodríguez a este diario.

El día 9 se puso a la unidad bajo alerta y se ordenó a sus hombres empezar a prepararse para la larga marcha a través del Ilmen. Una jornada después comenzó el viaje a través del hielo. «El 10 de enero, antes del alba y cuando todavía la luz bañaba en pálidos tintes el paisaje petrificado de hielo, se pone en marcha el capitán Ordás con su compañía de esquiadores, compuesta de soldados, de algunas ametralladoras, una estación radiotelegráfica de campaña, un médico y provisiones para tres días», señalaba ABC. El profesor de la Universidad Rey Juan Carlos añade que contaban también con trineos: «La compañía iba con trineos tirados por caballos, y no por perros, como muestran a veces las películas. Las divisiones de infantería alemanas eran hipomóviles, es decir, que basaban su movilidad en estos animales».

Infierno gélido

El camino, ya de por sí tortuoso (marchar 30 kilómetros a toda prisa a través de aguas congeladas nunca es de buen gusto), se convirtió pronto en un verdadero infierno helado. «Las condiciones fueron atroces. Puede parecer exagerado, pero fue real. Sufrieron temperaturas de entre 30 y 58 grados bajo cero. El invierno de 1942 fue uno de los peores del siglo. La superficie del Ilmen no era lisa. Tenía grietas, murallas de hielo y zonas líquidas en las que había riesgo de ahogamiento. De hecho, varios caballos murieron en ellas. El hecho de que los mapas fueran malos, de que la ventisca fuera constante y de que tuvieran que sortear muchas murallas de hielo hizo que se perdieran. Debían recorrer 30 kilómetros, pero fueron más», afirma Jiménez Rodríguez. El diario ABC dejó constancia de ello en sus páginas al señar que «sobre el lago se han ido formando bastiones de hielo que hay que salvar mediante un largo rodeo» y que «el camino resulta más dificultoso todavía por las enormes grietas que surcan las aguas heladas».

Para aumentar todavía más las dificultades de esta misión, el intenso frío impedía que la emisora transmitiera de forma correcta mensajes al general. Aunque, según el diario, el receptor sí continuó «captando constantemente las órdenes de Muñoz Grandes, quien, día y noche, tiene el pensamiento puesto en su compañía de esquiadores». Resulta difícil decidir si escuchar las palabras de su superior les animó o les causó mayor preocupación. En todo caso, este periódico publicó todos los mensajes que se transmitieron desde la base.

La División Azul presta juramento en un lugar de Alemania
La División Azul presta juramento en un lugar de Alemania - ABC

El primero de ellos llegó a las 9:40 de la noche de la primera jornada de marcha:

«La guarnición continúa resistiendo heroicamente. Es preciso salvarla. Lo exige el honor de España y la hermandad de armas que liga a nuestros dos pueblos. Tenemos depositada la máxima confianza en los soldados de Ordás. Portaos como valientes».

A las dos de la madrugada, escucharon el siguiente:

«Está en camino una nueva emisora. Enterado de lo dificultoso de la marcha, pero sé que habéis de vencer todos los obstáculos. Sois el orgullo de nuestra raza y confío en vosotros, porque confío en España. Que Dios os ayude y portaos como españoles».

El día 11 de enero, a primera hora de la mañana, fue Ordás quien recibió un mensaje de Muñoz Grandes:

«La guarnición, perdida si todos nuestros soldados sucumben sobre el hielo. Sigue luchando con los pocos que te quedan. Y si es preciso, continúa combatiendo tú solo hasta la muerte. O se logra salvar a los alemanes o se sucumbe con ellos. En nombre de la Patria, os agradezco vuestro heroico sacrificio. Muñoz Grandes».

Los vaivenes provocados por las molestas grietas -que había que sortear- y las no menos problemáticas barreras de hielo hicieron que el camino se alargara. «Además, durante el camino pasaron por varias pociones alemanas porque se perdieron y porque, en muchos casos, querían asegurarse de que en ellas había todavía soldados germanos. Hicieron labores de observación. Eso también contribuyó en que hubiera muchas bajas. A algunos hubo que amputarles los dedos de los pies por el frío. Y otros tantos fallecieron de hambre. La naturaleza acabó con ellos», explica el profesor universitario a ABC.

Otras misiones

A la primera de estas posiciones arribaron unos días después de salir del campamento base. El 12 de enero las brújulas, estropeadas por culpa del frío, hicieron que los españoles dieran con sus huesos en Ustrika, una ciudad ubicada varios kilómetros al oeste de Vzvad. Como no hay mal que por bien no venga, su ayuda fue determinante para defender la zona y liderar un contraataque junto a la 81ª División germana.

Una vez que acabó la batalla en Ustrika los españoles solicitaron volver a su misión original, pero el alto mando alemán no estaba por la labor. Necesitados de ayuda como estaban, reforzaron a los españoles con una unidad letona y les ordenaron partir hacia Schismorovo (una región que era clave mantener para restablecer las comunicaciones por ferrocarril). Allí lucharon hasta el 14. Por entonces, y como señala Caballero, apenas quedaban en el contingente inicial 60 miembros de la División Azul.

A pesar de que solicitaron una y otra vez partir hacia Vzvad, los nazis se negaron y les ordenaron combatir en la toma de Staraia Russa. Aquel fue un nuevo calvario, pues el 17 se vieron obligados a resistir el asalto de unidades acorazadas rusas y, tan solo dos jornadas después, colaborar en los posteriores contraataques. Las jornada siguiente fue igual de movida. «El 20 de enero, a las catorce y treinta, el capitán Ordás puede anunciar en un mensaje que el enemigo ha sido rechazado definitivamente. El jefe de la División alemana tiene sentidísimas palabras de cordial reconocimiento para los valientes», explicó el diario ABC.

Durante aquel día el mando alemán les permitió cumplir su misión original y dirigirse hacia Vzvad. Allí llegaron un día después; cuando los defensores habían iniciado ya su retirada. «En la tarde del 21 de enero logran, por fin, abrazarse los muchachos de la compañía, de esquiadores y los defensores de la aldea», explicaba este diario. Así terminó una marcha de 14 días que habían cumplido tan solo 12 hombres. Entre ellos, Ordás.

«Desde el punto de vista militar fue una operación desastrosa, pero en la que se cumplió el objetivo de socorrer a una unidad. La fuerza alemana con la que se encontraron se sorprendió cuando llegó el contingente. Los supervivientes fueron condecorados por el bando alemán. Primero porque la misión había sido heroica. Segundo, porque les interesaba hacer propaganda de este tipo de gestas para lograr que sus soldados -a los que se les había ordenado resistir a cualquier precio- estuvieran motivados y no pensaran en rendirse», añade Jiménez Rodríguez.

Dos jornadas después, Ordás y sus hombres todavía tuvieron energías para colaborar en un ataque contra las posiciones rusas; una última muestra de naso que cautivó a Muñoz Grandes:

«La singular proeza de esos muchachos de la División la División Azul corre de boca en boca en todo el sector. Tanto usted como las fuerzas a sus órdenes tienen sobrados motivos para estar orgullosísimos de ese comportamiento. Mucha suerte y que la victoria continúe coronando todas sus empresas».

Cuatro preguntas a José Luis Jiménez Rodríguez

1-¿Cuál fue la aportación de la compañía de esquiadores en la ofensiva de 1942?

Desde el punto de vista de la lógica militar, la suya fue una aportación simbólica. Pero con ella se demostró que los españoles estaban teniendo muchas bajas en operaciones de poca entidad. El mando quería que la unidad participase en un operativo importante, pero por entonces no lo habían logrado.

Enero de 1942. Un soldado cubierto con el abrigo especial de color blanco que le hace casi invisible para el enemigo
Enero de 1942. Un soldado cubierto con el abrigo especial de color blanco que le hace casi invisible para el enemigo - ABC

2-¿Cómo recibió España a la División Azul tras la contienda?

La División Azul no fue recibida de ninguna forma especial. Cuando se sucedieron las primeras repatriaciones, en la primavera de 1942, se procuró evitar los recibimientos oficiales porque el número de bajas había sido muy grande, no había caído Leningrado y no se habían cumplido los objetivos que se esperaban. Cuando comenzó la operación Barbarroja una parte del gobierno confiaba en la victoria alemana y no suponían que las bajas iban a ser tan extensas. Al final, se procuró no hablar mucho del tema. Llegaron a San Sebastián, donde se atendió a los heridos, y se les devolvió a sus pueblos de procedencia.

3-¿Fue exagerada la gesta por el franquismo?

Los diarios de operaciones siempre se adornan. En ellos siempre se disimula o se exagera. Pero en este caso parecen fidedignos si analizamos los hechos. Partieron 207, llegaron 12; era el mes de enero de 1942; debían atravesar un lago helado y pasaron por una infinidad de penurias.