Las trincheras no cambiaron en toda la guerra, aunque muchos de ellos fueran enterrados allí - Vídeo: Se cumplen 100 años del final de la I Guerra Mundial

El horror de la Primera Guerra Mundial desde las trincheras: así se rompen los hombres

Arzalia Ediciones publica por primera vez en castellano el estudio clásico de la Primera Guerra Mundial «Anatomía del valor», que finalizó en 1945 el médico personal de Winston Churchill

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Lord Moran sirvió como oficial médico y vivió en directo algunas de las batallas más crueles de la Primera Guerra Mundial (1914 a 1918), conflicto del que se cumplen este domingo 100 años de su final. El británico, que ejercería de médico de Winston Churchill años después, miró a los ojos al horror y de allí volvió con unas experiencias nítidas que plasmó en «Anatomía del valor», editado por primera vez en castellano por Arzalia Ediciones. Una reflexión sobre los límites y el origen del coraje humano escrita desde las trincheras:

«Al escribir sobre la germinación del miedo pienso en algo más enraizado que nada tiene que ver con el miedo escénico de un novato que no sabe si va actuar bien o mal, algo que surge del tiempo y el estrés, y que un hombre debe vigilar para evitar que consiga influir en sus actos. Se manifiesta únicamente en aquellos individuos marcados por largo tiempo de guerra, siempre y cuando el primer contacto con esta no haya sido una batalla o un intenso bombardeo, pueden pasar meses antes de que el hombre corriente experimente algún problema. [...] Al principio tiene una extraña sensación de invulnerabilidad –una suerte de egotismo–, luego cae de repente en la cuenta de que, lejos de ser un mero espectador, forma parte del objetivo; de que, de producirse bajas, él podría contarse entre ellas»

Charles McMoran Wilson
Charles McMoran Wilson

Charles McMoran Wilson publicó su estudio sobre los efectos psicológicos de la guerra en 1945, justo cuando el mundo vivía el final de otra pesadilla, más dura si cabe: la Segunda Guerra Mundial. No obstante, el miedo, el valor, el liderazgo y las miserias humanas que se abordan en su libro resultan cuestiones universales que trascienden los períodos y los contextos. Su estudio se convirtió pronto en un clásico para los militares de todo el mundo y, más allá de lo marcial, una guía sobre el comportamiento humano en situaciones extremas. «Se trata del testimonio de una persona ilustrada, con honestidad e inteligencia, que vivió la guerra en primera línea, no como un turista. Un pionero en el análisis de la conducta del ser humano cuando está sometido a un estrés máximo», explica a ABC Ricardo Artola, principal responsable de esta edición en castellano.

En calidad de capitán, McMoran prestó servicio como médico en el batallón de Fusileros Reales del Ejército británico durante dos años y medio. Allí convivió con el resto de soldados británicos y atenció a hombres rotos. Cuenta en las páginas de «Anatomía del valor» el caso de un sargento de la Compañía D que no se encontraba bien tras días en las trincheras. Se lo encontró sentado, mirando fijamente a un fuego, sin afeitar y con los pantalones medio abiertos. El sargento se mostró taciturno y cerrado, a lo que el médico no pudo sonsacarle nada. No tenía aspecto de estar enfermo, así que tampoco podía mandarlo a casa, únicamente le recomendó un descanso. Al día siguiente, cuando todos los demás habían acudido a la primera línea, se voló la tapa de los sesos en medio de su descanso. «Por aquel entonces yo no conocía las jugarretas que puede gastarle la guerra a la mente del individuo», anota en su informe.

Enfermeras francesas cuidan de heridos belgas en Calais (Francia), noviembre de 1914
Enfermeras francesas cuidan de heridos belgas en Calais (Francia), noviembre de 1914 - Central News

La prolongación de la guerra hizo que los oficiales médicos empezaron a preocuparse por las mentes tanto como por los cuerpos de los militares: hasta entonces «no preguntábamos si lo estaban soportando bien ni si aguantarían los hombres. ¡Pues claro que aguantarían! ¿por qué no iban a hacerlo?». McMoran vio cómo el paso de los días embarraba la idea del valor homérico, y cómo los soldados de carrera empezaban a desaparecer y la moral a decaer como si fuera un depósito de gasolina agujereado. «Su visión fue revolucionaria. Como agudo observador intentó entender por qué se produce la pérdida del valor en los soldados. Consideraba que los médicos tenían que estar pendientes de la salud mental, aparte de la física, en un tiempo donde no había forma de descifrar los síntomas y las señales de que alguien estaba a punto de consumir todo su coraje», señala el editor de Arzalia.

Hacia los días más oscuros –observó Lord Moran– solo unos cuantos hombres «tenían madera de líderes, eran como troncos a los que se aferraba el resto de la humanidad en busca de apoyo y esperanza». Si estos líderes tardaron meses en emerger, de los valientes que no tienen miedo ninguno se puede decir que tardan un soplido en desaparecer. El oficial médico anotó así cuatro categorías de soldados en su estudio: «Hombres que no sentían miedo; hombres que sentían miedo, pero que no lo exteriorizaban; hombres que sentían miedo y lo exteriorizaban, pero cumplían con su deber y hombres que sentían miedo, lo exteriorizaban y eludían su responsabilidad».

En la ofensiva de Somme (verano de 1916) murieron muchos de esos líderes y miles de los temerarios. «Decir Somme es decir trauma para los ingleses. Como Cuba para nosotros. Para ellos es una herida profunda y la contienda más trascendental en la historia de Inglaterra. Se les hundió el suelo bajo los pies; temieron que con otra batalla así desaparecería toda la élite del Imperio británico», señala Artola. En la operación, catorce divisiones inglesas se abalanzaron sobre las líneas alemanas. Cuando se encontraban a 100 metros de su objetivo, las líneas «hunas» escupieron una incesante lluvia de proyectiles. Solo una decena de ingleses alcanzaron las trincheras. Por el camino quedaron 19.240 muertos, 35.493 heridos y 2.152 desaparecidos.

La pertinaz insistencia inglesa, y no el valor o el genio, obró una victoria a los puntos al cabo de semanas. Tras concentrar sus ataques en objetivos limitados, los británicos comenzaron a causar un lento goteo de bajas entre los alemanes de Somme. McMoran fue testigo del precio pagado por la infantería de su país:

«En el suelo a mis pies hay un soldado tumbado boca abajo con los brazos extendidos: le han rasgado la camisa para acceder a sus heridas... Hay sangre por todas partes y su hedor tapa todos los demás olores... En el refugio no queda nada salvo retales de ropa, material sanitario y sucios apósitos sanguinolentos, además de algún que otro rifle o bota, unos pocos cascos de latón y máscaras de gas...».

100 años después del final de la guerra, el testimonio de McMoran es el mejor epílogo a un conflicto donde no se halló una solución militar para el laberinto que plantearon las trincheras. «No hubo genios militares en la Primera Guerra Mundial. No hubo solución al rompecabezas de las trincheras en el norte de Francia. Con la aviación y los tanques en pañales, no hubo manera de darle la vuelta a esa guerra endemoniada», concluye Ricardo Artola.