Segunda Guerra Mundial

El gran misterio de la IIGM: ¿Por qué Hitler no quiso que sus tanques arrasaran a 500.000 ingleses?

En mayo de 1940, el líder nazi ordenó a sus Panzer que se detuvieran y no acabasen con las tropas que se retiraban hacia Dunkerque. En la actualidad, se desconoce la razón

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La retirada masiva de tropas que el gobierno británico organizó en el puerto de Dunkerque, allá por mayo de 1940, se encuentra a medio camino entre la genialidad y el desastre. Genialidad, porque gracias a ella se logró salvar a más de 450.000 soldados de ser aniquilados por las huestes de Adolf Hitler. Desastre, porque supuso la capitulación momentánea de los ingleses ante las hordas nazis y el abandono de Francia a su suerte.

Ya lo manifestó el Primer Ministro Winston Churchill cuando, tras recibir las noticias del éxito de la operación, todos los presentes en el Parlamento rompieron a aplaudir de alegría: «Las guerras no se ganan con evacuaciones». A pesar de ello, los periódicos locales de la época calificaron el suceso de «bendito milagro».

Aquella evacuación (la «batalla de aniquilamiento más grande de la historia», según manifestó ABC en 1940) fue una gran victoria tras una amarga retirada ante el ejército nazi. Y todo, por culpa de los altos mandos franceses. Una pléyade de ancianos que seguían anclados en las viejas tácticas defensivas utilizadas durante la Gran Guerra. El mismo mariscal Pétain dejó claro, después de que Alemania conquistase Polonia, cuál iba a ser la reacción de su país: «¡Aquí los esperamos!». Y otro tanto hizo el general Maurice Gamelin al grito de «Quien ataca, pierde». A su favor, es cierto, tenían la línea Maginot, una muralla de hormigón que se extendía a lo largo de su frontera.

En contraposición, Hitler había abierto su mente a nuevas formas de hacer la guerra aconsejado por el teniente general Erich von Manstein. De su mano, el «Führer» inició una gigantesca ofensiva el 10 de mayo de 1940 que dejó boquiabiertos a los franceses y a los aproximadamente 300.000 soldados del Cuerpo Expedicionario Británico (enviados a la vieja Europa en apoyo de los galos y en previsión de un posible ataque).

Como explica el historiador Jesús Hernández en «Breve historia de la Segunda Guerra Mundial», esos días una parte de los carros de combate germanos atravesaron la región boscosa de las Ardenas, ubicada al norte de Francia y de la línea Maginot. Un movimiento que había sido considerado imposible por los oficiales continentales debido a que el terreno era impracticable. Otros tantos panzers hicieron lo propio en Bélgica. Aquella espectacular táctica en tenaza dejó a los aliados cercados.

¿Error o drogas?

Desesperados ante el imparable avance alemán, los ingleses iniciaron una retirada masiva hacia el mar. Pero, para el 23 de mayo, los nazis asediaban ya Dunkerque (el único puerto seguro de la zona). En pocos días, lo que parecía una defensa infranqueable se había transformado en un auténtico desastre.

De hecho, lo que impidió que británicos y franceses fuesen aniquilados tres días después fue una extraña orden mediante la que Hitler obligó a sus panzer a detenerse. A día de hoy se desconoce por qué tomó esta decisión, aunque la teoría más extendida afirma que Hermann Göring, el jefe de la «Luftwaffe» (la fuerza aérea germana) le aconsejó no dar aquella victoria al ejército de tierra, un cuerpo menos ideologizado que el suyo.

Norman Ohler, autor de «El gran delirio. Hitler, drogas y el Tercer Reich», es uno de los que baraja esta posibilidad. En sus palabras, un Göring por entonces enganchado a la morfina convenció al «Führer» de que «bajo ningún concepto había que dejar en manos de los arrogantes jefes del Heer la gloriosa victoria contra los Aliados». Siempre según este experto, la posibilidad existe. Aunque no es más que eso, una teoría que ha forjado tras años de estudio.

Vista de la playa e Dunquerke después de la retriada estratégica de los ingleses
Vista de la playa e Dunquerke después de la retriada estratégica de los ingleses

«De ser así, temía Göring, los generales alemanes del Ejército de Tierra disfrutarían entre el pueblo de una reputación que podría socavar su propia posición y la de Hitler», añade Ohler en su obra. Para un Hitler que veía en el Heer un cuerpo altivo formado por vetustos oficiales de infantería que le habían conocido de forma despectiva el «Cabo bohemio», ofrecer la victoria a su amada y nazificada «Luftwaffe» era un sueño hecho realidad.

Lo que está claro es que, como bien señala el historiador Carlos Javier Taranilla de la Varga en «Misterios y enigmas de la historia», con su decisión impidió que sus blindados acabaran con más de 500.000 enemigos. Heinz Guderian, al mando de los blindados encargados de avanzar sobre el enemigo, debió quedarse boquiabierto cuando recibió la orden de detenerse. Sería el comienzo de unas desavenencias con Hitler que se extendieron hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el líder nazi le acusó de torpe y derrotista en el mismo búnker de la Cancillería.

Otro tanto les debió ocurrir a los soldados aliados, como bien señala el autor en su obra: «Cuando los británicos vieron que los tanques alemanes se detenían de sopetón, no dieron crédito a su buena suerte e iniciaron un movimiento de evacuación inaudito en dirección a Dunkerque».

Alocada retirada

En todo caso, desde Gran Bretaña se aprovechó ese momento de duda para movilizar a decenas de navíos y enviarlos a través del Canal de la Mancha con el objetivo de evacuar al grueso del Cuerpo Expedicionario Británico.

Evacuación de Dunquerke
Evacuación de Dunquerke

La responsabilidad de planificar la retirada (llamada «Operación Dinamo») recayó sobre el Almirante Bertram Ramsay. «La situación es increíble, espantosa. Estoy al mando de una de las misiones más difíciles y peligrosas jamás concebidas. A menos que el buen Dios sea amable, la tragedia será terrible», afirmó el oficial. El operativo comenzó el domingo 26 de mayo.

Para entonces, los aliados se habían atrincherado en Dunkerque a lo largo de un perímetro de 25 kilómetros. La zona, como cabía esperar, fue bombardeada hasta la extenuación por la «Luftwaffe». A su paso, los aviones de Hitler dejaron decenas de muertos y dañaron considerablemente los puertos, lo que impidió a los grandes buques ingleses acercarse. Aquello supuso un auténtico contratiempo para los británicos, que se vieron obligados a solicitar el envío de pequeñas embarcaciones para que actuaran como enlace entre el continente y los navíos enviados en primera instancia.

Así explicó este reclutamiento improvisado en su edición del 5 de junio de 1940 el ABC: «Churchill ha dicho esta tarde en los Comunes que un millar de barcos han intervenido en la operación. Toda clase de embarcaciones espontáneamente cedidas y pilotadas por particulares».

Heinz Guderian
Heinz Guderian

Durante las jornadas siguientes, los oficiales trataron de mantener el orden entre las tropas, pero las constantes bombas alemanas desquiciaron a muchos soldados. Así lo recordó, en una entrevista posterior, el subteniente Stanley Nettle (al mando de las operaciones de playa): «Vi un bote. Los soldados se precipitaron para entrar en él y volcó. Fui con el agua hasta la cintura hacia allí y les dije que esperaran, pero me ignoraron. Tuve que sacar mi revólver y disparar cerca de ellos». A pesar de todo, el 4 de junio se había evacuado a 338.662 británicos y 123.095 franceses. Así lo afirman los autores Miguel del Rey y Carlos Canales en «Blitzkrieg. La victoria alemana en la guerra relámpago». Atrás, no obstante, dejaron a entre 30.000 y 40.000 galos a los que fue imposible embarcar.