Vídeo: Abascal: «Nunca pediremos perdón por las obras de nuestros mayores»
Abascal

La gesta que enardece a Vox: la verdad tras el mito de los 300 «espartanos» hispanos en Covadonga

La leyenda cuenta que, al mando de Don Pelayo, un pequeño grupo astur resistió en el año 722 el asedio de miles de enemigos en el norte de la Península Ibérica. Sin embargo, la realidad es bien diferente

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La línea entre el mito y la realidad es muy fina y, en el caso de la batalla de Covadonga, parece que ha sido sobrepasada. Las crónicas cristianas hablan de que, aquel día del año 722, la fuerza divina permitió a Don Pelayo acabar con un ejército musulmán formado por casi 200.000 soldados. Los historiadores del Islam, por el contrario, apenas se refieren a ella como un enfrentamiento en el que dejaron vivos a treinta enemigos (o «asnos salvajes», como se les denomina en alguna ocasión) que luego se volvieron en su contra. ¿Qué sucedió en realidad? La versión más plausible es que los 300 hombres refugiados en los montes atrajeron a los árabes hasta un paso angosto e imposible de transitar y, desde lo alto, les arrojaron una piedra tras otras hasta que se retiraron.

Abascal, bajo la estatua de Don Pelayo
Abascal, bajo la estatua de Don Pelayo

Más allá de que esta suerte de espartanos cristianos (el paso angosto bien recuerda a las míticas Termópilas de Leónidas) aplastara o no en su totalidad al ejército musulmán, lo que es innegable es que Covadonga se ha convertido en un mito. La contienda tras la que comenzó la Reconquista de la Península Ibérica. Y así queda patente en la placa que, en pleno 2019, se puede ver en la «santa cueva» que la tradición en tanta estima tiene: «Aquí en Covadonga, donde Pelayo inició la Reconquista e hizo posible la unidad nacional». Por todo ello, Santiago Abascal se desplazó el pasado viernes hasta la zona para comenzar desde ella la campaña de VOX; para simbolizar el comienzo del renacer político al que llama desde hace ya varios meses.

No es la primera vez que Vox enarbola la bandera de la historia española, aunque sí una de las más contundentes. «Nosotros venimos hoy aquí a decir que la historia importa, importa mucho. Que nosotros no tenemos ningún tipo de vergüenza por reivindicar los símbolos y lo que hicieron nuestros mayores a lo largo de los siglos», afirmó Abascal bajo la estatua de Don Pelayo. A la par que esta contienda, el político también ha rememorado otros hechos clave para el devenir de nuestro país como el descubrimiento de América o la Guerra de la Independencia contra las tropas de Napoleón Bonaparte. Hoy, no obstante, lo que nos hemos propuesto analizar es el mito de Covadonga. ¿Realidad o leyenda?

Turbulentos comienzos

Antes de hablar de la Reconquista es necesario retroceder hasta el año 711; tiempo en el que el control de la Península Ibérica (la Hispania romana) pertenecía a los visigodos al mando de Don Rodrigo (en el trono después de acabar, guerra civil mediante, con los partidarios de Witiza). Así lo explica el profesor y periodista Domingo Domené Sánchez en «Año 711, La invasión musulmana de Hispania». El mismo autor afirma que los descendientes del líder vencido llamaron a la puerta de los musulmanes para solicitarles ayuda. Querían recuperar el trono. Les salió caro ya que, al conocer la debilidad cristiana, los defensores del Islam aprovecharon la oportunidad para orquestar su propia invasión.

«La llamada a fuerzas que podríamos llamar extranjeras para conseguir el poder o afianzarse en él no era nueva (…). En las ocasiones anteriores, en cambio, los extranjeros no habían aspirado a dominar toda Hispania, habían cobrado su ayuda en dinero (…) o en territorio (…) y habían dejado las cosas como estaban», añade Domené. No sería este el caso. Musa ben Nusayr -gobernador musulmán de Ifriqiya (Túnez)-, decidió aprovechar los problemas internos para hacerse con las riquezas de Hispania y encargó su conquista a un ejército de 11.000 bereberes al mando de Tariq, uno de sus más reconocidos generales. Para hacerles frente, el recién coronado Don Rodrigo partió a marchas forzadas hasta Cádiz, lugar en el que plantaría batalla junto al río Guadalete.

Batalla del río Guadalete
Batalla del río Guadalete

«Don Rodrigo llegó a Córdoba y allí concentró su ejército para la expedición bélica. Se cree que llevaba 40.000 hombres (…) y que tomó la vía romana Córdoba-Écija-Cádiz, mientras que Tariq avanzaba por la de Algeciras-Sevilla (…). El 19 de Julio se encontraron cerca de las ruinas de la ciudad de Lacea, en el Wadi-Lakka musulmán que nosotros llamamos el río Guadalete», explica el experto en su texto. Sin embargo, y en contra de lo que pueda parecer a primera vista, el bando cristiano no contaba ni mucho menos con una ventaja abrumadora. La realidad es que el invasor era un contingente versado formado por soldados profesionales, mientras que el godo estaba constituido -en buena medida- por esclavos obligados a combatir.

Por si fuera poca desgracia para el bando cristiano, lo que finalmente decantó la balanza en la batalla fue la traición de los dos oficiales que manejaban los flancos del ejército defensor, algo que se explica en el libro «Colección de tradiciones: Crónica anónima del S.XI». «Encontráronse Rodrigo y Tariq (…) en un lugar llamado el lago, y pelearon encarnizadamente; más las alas derechas e izquierdas, al mando de Sisberto y Obba, hijos de Gaitixa (Witiza), dieron a huir, y aunque el centro resistió algún tanto, al cabo Rodrigo fue también derrotado y los musulmanes hicieron una gran matanza». Tras la debacle no se volvió a saber el paradero de Don Rodrigo. Muchos afirman que huyó para morir poco tiempo después de sus heridas, mientras que algunos historiadores musulmanes determinan que falleció en un combate singular contra Tariq.

Hacia el norte

Pocos soldados quedaron tras la derrota para enfrentarse al enemigo. Y así lo demuestra el que, en apenas una década, los invasores avanzaran a toda velocidad a través de la Península y relegaran a los cristianos al norte. A grandes trazos, eso sí, pues las causas pormenorizadas se cuentan por decenas y requerirían un buen tiempo para ser analizadas. Por nombrar solo una, cabe señalar que el pueblo hispano no opuso demasiada resistencia a los musulmanes porque, en principio, entendían que su llegada les libraría del abuso de los tributos de los nobles godos.

A pesar de la rápida conquista, los cristianos todavía guardaban una desagradable sorpresa a los musulmanes. En el norte, al abrigo de las montañas, se empezó a gestar una resistencia en contra de la invasión. Centenares de godos comenzaron a asentarse sobre las cordilleras cantábricas y pirenaicas. «Bajo el hecho geográfico de la división de la franja cantábrico-pirenaica en cuatro zonas (…) podemos considerar que hubo cuatro núcleos de resistencia antimusulmana que, por simplificar, llamaremos el núcleo astur-cántabro y, en los Pirineos, el vasco-navarro, el aragonés y el catalán», señala el experto en su libro.

Dos Pelayo
Dos Pelayo

Al fin, la primera resistencia se empezaba a gestar en todo el territorio montañoso, aunque sobre todo en el núcleo astur. De hecho, no pasó mucho tiempo hasta que este pequeño grupo del norte vio subir al poder a un líder que les llevaría a la victoria: Don Pelayo. Este supuesto noble tomó el poder a finales del año 718 cuando, cansado de los fuertes tributos a los musulmanes, convenció a sus compatriotas para dejar de pagar los impuestos. «Pelayo les debió animar a no pagar con un argumento tan simple y poderoso como el de que, si los musulmanes querían dinero, que fueran a buscarlo allí, a la montaña», determina Domené.

Los musulmanes reaccionaron como cabía esperar: formaron un ejército y se dirigieron con decisión hasta el núcleo astur decididos a acabar de una vez con la rebelión. Por su parte, los cristianos, de manos de Don Pelayo, decidieron plantar cara al ejército musulmán. El enclave para resistir fue un paraje situado cerca de Cangas de Onís (al este de Asturias). El caudillo cristiano protegió este territorio con los escasos soldados que pudo reunir... unos 300 hombres que se refugiaron en Covadonga (una cueva del monte Auseba situada al fondo de un estrecho valle en los Picos de Europa).

Visión cristiana

En este punto la historia se diluye y varía dependiendo de si el cronista es cristiano o musulmán. Esto se debe a que los primeros trataron el suceso como una batalla de dimensiones épicas mientras que los segundos pasan por alto este suceso y lo consideran de escasa importancia.

En palabras de los cristianos, antes de la batalla un antiguo obispo visigodo llamado don Oppas -comprado por el enemigo- trató de convencer a Don Pelayo de abandonar la resistencia. Según se narra en las crónicas de Alfonso III, ambos mantuvieron una acalorada conversación que el religioso empezó de esta guisa cuando los enemigos (nada menos que 188.000) ya preparaban armas contra ellos:

-«Juzgo, hermano e hijo, que no se te oculta cómo hace poco se hallaba toda España unida bajo el gobierno de los godos y brillaba más que los otros países por su doctrina y ciencia, y que, sin embargo, reunido todo el ejército de los godos, no pudo sostener el ímpetu de los ismaelitas. ¿Podrás tú defenderte en la cima de este monte? Me parece difícil. Escucha mi consejo: vuelve a tu acuerdo, gozarás de muchos bienes y disfrutarás de la amistad de los caldeos».

Batalla de Covadonga
Batalla de Covadonga

Pelayo respondió:

-«¿No leíste en las Sagradas Escrituras que la iglesia del Señor llegará a ser como el grano de la mostaza y de nuevo crecerá por la misericordia de Dios?»

La decisión estaba tomada. Don Oppas sabía que habría que combatir para expulsar a los astures y así se lo hizo saber a los invasores. Poco después comenzó la batalla. Según la versión más extendida, los musulmanes fueron los primeros en disparar sus catapultas. Así lo narran las crónicas de Alfonso III.

«Alqama, el dirigente musulmán, mandó entonces comenzar el combate y los soldados tomaron las armas. Se levantaron los fundíbulos, se prepararon las hondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraron las magnificencias del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Santa Virgen María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos. Y como Dios no necesita las lanzas, sino que da la victoria a quien quiere, los cristianos salieron de la cueva para luchar contra los caldeos; emprendieron éstos la fuga, se dividió en dos su hueste, y allí mismo fue al punto muerto Alqama. En el mismo lugar murieron 125000 caldeos y los 63.000 restantes subieron a la cumbre del monte Auseba».

Ni estos últimos lograron «escapar a la venganza del Señor» ya que, cuando «atravesaban por la cima del monte que está a orillas del río Deva», el monte «desgajándose de sus cimientos, los aplastó a todos».

Versión musulmana

Por el contrario, las escrituras musulmanas guardan una visión mucho menos heroica. En ella, se afirma que unos pocos miles de soldados acudieron a Galicia para combatir contra «un asno salvaje llamado Pelayo». En palabras de los enemigos, los soldados árabes cercaron a las tropas cristianas hasta que estas murieron casi en su totalidad de hambre. Así queda patente en los textos elaborados por el historiador Ahmed Mohamed al-Maqqari en el siglo XVI:

Estatua de Don Pelayo
Estatua de Don Pelayo

«Dice Isa ben Ahmand Al-Razi que [...] se levantó en tierra de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo. Desde entonces empezaron los cristianos en Al-Andalus a defender contra los musulmanes las tierras que aún quedaban en su poder, lo que no habían esperado lograr. Los islamitas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado de su país hasta llegar a Ariyula, de la tierra de los francos, y habían conquistado Pamplona en Galicia y no había quedado sino la roca donde se refugió el rey llamado Pelayo con trescientos hombres. Los soldados no cesaron de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían qué comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en la hendidura de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo: “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?”».

¿Qué sucesdió en realidad?

A pesar de las múltiples versiones, Domené Sánchez expone una versión más realista y posible dentro del texto: Según el profesor, Al Qama y los suyos se vieron obligados a penetrar por un angosto valle para plantar cara a los astures. «La estrechez del terreno no les permitía desplegarse. Tenían pues que avanzar en fila. A los seguidores de Pelayo, situados en las laderas, les fue relativamente fácil hacerlos retroceder por un procedimiento tan simple como el de arrancar peñas y lanzarlas ladera abajo», afirma.

A su vez, determina que lo que las crónicas cristianas explican como un milagro, -el que la ladera y el río se tragaran a miles de musulmanes-, pudo haber sido más bien un afortunado desprendimiento de tierra. Finalmente, el profesor es bastante escéptico con respecto al gran número de soldados musulmanes fallecidos: «El cronista (….) fue excesivo al decir que el ejército musulmán tenía 188.000 soldados».

Fuera como fuese, lo cierto es que la victoria de Covadonga supuso el inicio de la Reconquista cristiana, la cual duraría nada menos que ocho siglos. Y ya saben lo que dice el dicho: «Asturias es España y lo demás tierra conquistada».