VÍDEO: La verdadera historia de José Antonio Primo de Rivera - ABC

¿Farsa o justicia? Las dudas del juicio que condenó a muerte a José Antonio Primo de Rivera

Entre el 16 y el 18 de noviembre de 1936 se celebró en Alicante la vista contra el fundador de Falange Española. Dos días después fue fusilado

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La noche del 18 de noviembre de 1936, apenas cuatro meses después de que comenzara la Guerra Civil, el jurado de la Segunda República dictó sentencia contra el jefe (y fundador) de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera. El primogénito de Miguel (dictador entre 1923 y 1930) fue condenado a la pena capital por rebelión militar a eso de las dos y media de la madrugada. «Ha terminado la vista de la causa. […] Ha sido condenado a la pena de muerte. Su hermano Miguel, a treinta años, y la mujer de este, a seis años», explicó ABC aquella jornada (un jueves) en su edición de Madrid. Un día después, este diario añadió también que la sociedad había acogido la noticia con una «serenidad desprovista de todo apasionamiento».

Así acabó un proceso que se extendió durante dos intensas jornadas y que fue seguido de forma exhaustiva por la prensa nacional. Sin embargo, lo que pocos medios recogieron fue un hecho estremecedor que se sucedió después de que el Presidente del Tribunal leyera la respuesta que el jurado había dado a las veintiséis preguntas planteadas durante la vista: Primo de Rivera se alzó, felicitó a su hermano y a la esposa de éste porque habían escapado del patíbulo, se dirigió al magistrado que acababa de hacer pública la sentencia... ¡y le dio un gran abrazo! No solo eso, sino que le musitó que sentía el «mal rato» que acababa de pasar por culpa suya. Y es que ambos eran buenos amigos.

El magistrado en cuestión era Eduardo Iglesias Portal, al frente de los novedosos (e ideologizados) jurados instaurados por el Frente Popular para dictar sentencia en los delitos de rebelión y sedición. Un juez estrella para la república que se había hecho famoso tras perseguir a los asesinos del tren correo de Andalucía en 1924 y que, como bien explica el periodista e investigador Honorio Feito en «El juez que condenó a José Antonio» (Actas, 2019) conocía a José Antonio Primo de Rivera de actuaciones pasadas como «el intento frustrado de golpe de Estado del general Sanjurjo». Adversarios, en efecto, pero siempre desde el respeto. La amistad entre ambos hizo que, tras la Guerra Civil, la familia del fundador de Falange intercediera por él para que pudiera regresar del exilio. Un ejemplo de la reconciliación.

El comienzo de todo

El origen del juicio (y la posterior muerte) de Primo de Rivera hay que buscarlo el 14 de marzo de 1936, día en que el fundador de Falange y otros tantos de sus seguidores fueron detenidos a primera hora de la mañana. Aunque, por entonces, su delito no era el de rebelión (ese llegaría después), sino el de «quebrantamiento de la clausura gubernativa del local de Nicasio Gallego». José Antonio fue acusado de haber obviado la prohibición de hacer uso de un centro que, como explicó la prensa de la época, había sido cerrado el 27 de febrero después de que se hallaran en su interior «algún olvidado pistolón, algún cargador y alguna porra». De la calle pasó a las dependencias de la Dirección General de Seguridad para ser interrogado.

Como ese, otros tantos centros fueron clausurados bajo la orden de «suspensión de las funciones» del grupo. Así recogió el ABC, en su edición del 17 de marzo de 1936, la noticia del arresto bajo el titular de «El señor Primo de Rivera, procesado»: «Por orden judicial, en la noche del domingo ingresó en la cárcel, procesado por un delito de injuria a la autoridad, don José Antonio Primo de Rivera. Los demás detenidos por funcionamiento ilegal de los centros fascistas continúan a disposición del juez». El fundador de Falange ya no volvería a ser libre. A partir de ese momento, y tal y como señala Feito en su obra, «alrededor de su persona se fue encadenando una secuencia de procesos» cuyo objetivo era que no abandonara la prisión.

José Antonio Primo de Rivera, en un mitin de Falange Española en el cine Madrid.
José Antonio Primo de Rivera, en un mitin de Falange Española en el cine Madrid. - ABC

El 30 de abril de ese mismo año, un Tribunal de Urgencia se reunió para dirimir la causa contra Primo de Rivera y la legitimidad de Falange Española. Los magistrados determinaron que el grupo era legal y que no procedería a su disolución. El acusado, sin embargo, no llegó a pisar la calle a pesar de haber sido absuelto. En palabras de Feito, apenas conocido el fallo se inició otro proceso contra él por la supuesta tenencia ilícita de armas. Aquello le irritó hasta tal punto que, cuando le comunicaron que seguiría en su celda, tildó a los jueces de farsantes y se enzarzó en una discusión contra un guardia. «Tan chulo como su padre», explicó, a la postre, uno de los alguaciles. A este se sumaron otros tantos procesos por desacatos o publicación clandestina.

En octubre, tres meses después de que José Antonio fuese trasladado hasta Valencia, la Segunda República abrió sumario contra él, contra su hermano Miguel y contra la esposa de este (Margarita Larios) por rebelión militar y sedición. Es decir: por haber colaborado de forma activa en el Alzamiento contra el gobierno que habían orquestado Sanjurjo, Mola y Franco en verano. Los mencionados delitos, que podían llevarles hasta el patíbulo, serían juzgados por los nuevos Jurados Populares. Tribunales formados por 3 magistrados y una comisión de 14 miembros de reconocida lealtad al Frente Popular. Afirma Feito que eran tan contrarios a la justicia tradicional que rechazaron la toga por considerarla un símbolo de «burguesía».

Al frente del Tribunal Popular encargado de juzgar a Primo de Rivera fue puesto Eduardo Iglesias Portal, una suerte de Baltasar Garzón de la época (una superestrella de la judicatura) que se había enfrentado al Directorio Militar en los años veinte y que, a la postre, había demostrado su lealtad al gobierno tras la caída de la monarquía y la llegada de la tricolor en abril de 1936. La Real Academia de la Historia le define como un reputado juez de carrera que arribó rápidamente hasta el Tribunal Supremo y que tenía en su haber la instrucción de procesos como el del golpe de Estado de Sanjurjo (en 1932), la revolución socialista de 1934 en Asturias o el asesinato de José Calvo Sotelo (en 1936).

Juicio a Falange

La vista se inició el 16 de noviembre de 1936. En la misma, que se celebró en la sala de Audiencias de la Prisión Provincial de Alicante, se juzgó (además de los tres principales acusados) al exdirector de prisiones Teodorico Serna y a otros cinco funcionarios por colaborar en un intento de rescate del fundador de Falange . Para entonces, Primo de Rivera había demostrado su indignación en repetidas ocasiones por considerar los cargos una farsa. «¿No le da a usted vergüenza vestir toga y peinar canas para prestarse a esta inicua inmundicia?», le preguntó el día 13 al juez Federico Enjuto. No le sirvió de nada.

Poco después, el diario ABC llevó hasta sus primeras páginas el inicio del proceso bajo el descriptivo titular de «Ha comenzado la vista de la causa contra el jefe de Falange Española».

Primo de Rivera, en un acto celebrado en 1936
Primo de Rivera, en un acto celebrado en 1936

El juicio, que se desarrolló en cuatro sesiones, comenzó con una noticia curiosa. «José Antonio anuncia que se defenderá a sí mismo y a su hermano y cuñada», explicó ABC. A continuación, el fiscal, Vidal Gil Tirado, sorprendió a los presentes a prevenir al tribunal sobre las buenas «dotes de oratoria, arte e ingenio» de Primo de Rivera. Al parecer, no se quedó en una mera alabanza, sino que explicó que no podía competir con su cultura porque «estaba a la altura de los mejores parlamentarios españoles». El acusado respondió con sinceridad: «No es que yo tenga mucha cultura, pero la que tengo, la uso».

En esta primera parte, y tal y como señaló este diario, se afirmó que las acciones del fundador de Falange durante el Alzamiento constituían «un delito de rebelión militar previsto en los artículos 237 y 238 del Código de Justicia Militar».

El primero en declarar fue José Antonio Primo de Rivera, como bien explicó el diario ABC: «Hace historia de su vida política y se extiende en consideraciones sobre la dictadura que ejerció su padre, que murió sin que nadie de los que en vida le animaban se interesara por él. Alude a la fundación de Falange Española y a su fusión con las JONS, negándole finalidad imperialista». También confirmó que pretendía «sustituir la Constitución por un régimen sindicalista» y que, a pesar de lo que se había extendido, la entrevista que había mantenido con Adolf Hitler en Alemania no había tenido una finalidad política. El fiscal, por su parte, se esforzó por relacionar su viaje al Reich con el de Sanjurjo y sentenció que ambos habían orquestado, durante su estancia en Berlín, el Alzamiento militar del 18 de julio.

Primo de Rivera negó también que hubiese ordenado a sus seguidores apoyar las acciones de los rebeldes. «Al indicársele que los de Alicante, que tienen relación con el procesado, secundan el movimiento, contesta que él no lo sabe, y que por él no han pasado los hilos de esta actitud», afirmó el redactor de ABC. Aquello generó un revuelo que no se calmó cuando confirmó que solo mantenía relación con Sanjurjo porque era amigo de su padre y que no tenía armas en su propiedad. Dos horas y media después, y en mitad de una tensión increíble, declararon Miguel y su esposa. «La declaración carece de interés y es una ratificación machacona de las prestadas por su hermano», añadía este periódico. La sesión fue clausurada a medio día y reanudada por la tarde para comenzar el proceso contra el resto de acusados.

El fin de Primo de Rivera

El 17 de noviembre se inició la segunda parte del juicio. La mañana se dedicó a recabar los testimonios de los acusados que no habían declarado el día anterior y, por la tarde (a partir de las cuatro), se leyeron las conclusiones definitivas del Ministerio Fiscal (que liberó a los funcionarios). Fue entonces cuando se inició la fase culmen de todo el proceso: las exposiciones del fiscal y la defensa sobre los tres principales acusados. La exposición de José Antonio terminó, aproximadamente, a las ocho menos cuarto de la noche. A continuación, el tribunal se retiró a una sala en la que fueron redactadas las veintiséis preguntas que el jurado debía responder y que determinarían la culpabilidad o no de los procesados.

Las preguntas abordaban desde su colaboración con los sublevados para «suplantar el Régimen republicano constituido por otro ilegal», hasta su dirección de Falange Española desde la cárcel. También dirimían si había ordenado a sus seguidores cooperar «con el movimiento subversivo militar». Las últimas cuestiones se centraban en la participación de Miguel y Margarita en todo este entramado y en su ayuda desde las sombras a los militares alzados.

Iglesias Portal
Iglesias Portal

El jurado dirimió cada una de las respuestas durante cuatro horas. De hecho, el reportero Ricardo Gullón (cronista del juicio) afirmó que tardaban tanto que un grupo armado de extrema izquierda dirigido por «un tal Santiago» entró en la sala de reuniones para saber qué sucedía. «La suerte estaba echada», escribió el periodista.

Durante este tiempo, y según Feito, muchos de los presentes felicitaron a Primo de Rivera por su buena defensa a pesar de pertenecer a organizaciones anarquistas. También especifica que José Antonio se dirigió a los tres magistrados que tomarían la decisión final con una frase tajante: «Sean ustedes valientes y no me condenen a muerte». No le hicieron caso, como recogió el ABC: «Ha terminado la vista de la causa. […] Ha sido condenado a la pena de muerte. Su hermano Miguel, a treinta años, y la muer de este, a seis años».

Una vez que el tribunal condenó a muerte a José Antonio Primo de Rivera se sucedió el abrazo con Iglesias Portal. Según corroboraron a la postre las hijas del magistrado, el fundador de Falange se giró primero hacia su hermano y su cuñada. «Estáis salvados», les felicitó. A continuación, se dirigió hacia el juez, le dio un abrazo y le dijo (en palabras de sus descendientes) que «sentía el mal rato que por su causa estaba pasando», ya que ambos eran grandes amigos.