Un miembro del GIGN en la liberación de un avión de pasajeros
Un miembro del GIGN en la liberación de un avión de pasajeros - SF.CO
Atentados en París

GIGN, así es la unidad de élite francesa dedicada a asesinar terroristas en París

En 1972 el grupo «Septiembre Negro» secuestró y asesinó a 11 miembros de la delegación olímpica de Israel. Los galos reaccionaron creando el «Groupe d'Intervention de la Gendarmerie Nationale»

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Cinco de septiembre de 1972. La noche ya es cerrada en la villa de Múnich que acoge a los equipos que participarán en los Juegos Olímpicos. La situación no puede ser mejor para Alemania, pues entre los grupos convocados se destaca la delegación de Israel, la cual ha decidido presentarse a pesar de que a menos de 150 kilómetros del lugar en el que duermen se encuentran los restos del campo de concentración de Dachau. Sin embargo, poco después de las cuatro y media de la mañana, ocho terroristas entran en el edificio. Todos portan granadas y fusiles de asalto en las bolsas de deporte que forman parte de sus disfraces. Nadie les detiene, nadie les pregunta a dónde se dirigen. Decididos, acaban con la vida de dos atletas que se interponen en su camino. Posteriormente raptan a nueve deportistas judíos. Horas después, y tras una jornada típica de una película de ciencia ficción, la policía se interpone y trata de solucionar a balazos la situación. El resultado no puede ser más dantesco: todos los atletas muertos, un agente fallecido, y, eso sí, los malhechores reducidos.

Un grupo de intervención del GIGN, durante unas maniobras
Un grupo de intervención del GIGN, durante unas maniobras - GIGN.FR

La tragedia, medios de comunicación mediante, copó televisiones, radios y periódicos. Bautizada como « La masacre de Múnich», supuso toda una bofetada para la moral de la sociedad de la época, así como para los cuerpos de seguridad germanos. Quedó claro que -co,o afirmaron todo tipo de expertos- un gran país como era Alemania no estaba preparado para hacer frente a una crisis de esas dimensiones. Y lo cierto es que algo de razón había en aquellas afirmaciones pues, como se demostró después, el operativo policial organizado fue un desastre en el que reinó tanto la descoordinación como la improvisación. No obstante, aquel « Septiembre negro» (nombre que también recibió ese horrible suceso) sí logró poner sobre aviso a las diferentes naciones europeas. Estas entendieron rápidamente que era necesario organizar grupos policiales de élite con la capacidad de responder a ataques terroristas con rehenes. Francia fue una de las regiones que lideró esta reforma con la creación en 1974 (apenas dos años después) del «Groupe d'Intervention de la Gendarmerie Nationale» (GIGN), una unidad de élite que, en la actualidad, está considerada una de las mejores y más entrenadas del mundo.

Precisamente fueron varios miembros del GIGN los que, el pasado sábado 14 de noviembre, participaron en el asalto a la sala de conciertos Bataclán durante los atentados de París. Aquella noche -hace menos de 48 horas- una unidad de este Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional Francesa accedió al teatro, acabó con los terroristas y vio, de primera mano, a los aproximadamente 90 rehenes que habían fallecido después de que los atacantes se inmolasen. Poco antes, los agentes -armados con sus clásicos y manejables subfusiles MP5- habían llegado a los alrededores del lugar y, tras reunirse con los oficiales al mando para recibir órdenes, habían decidido tomar por las bravas la zona tras entender que los captores no buscaban negociar, sino causar el pánico en la capital gala. Por desgracia, esta misión ha logrado posicionarse como una de las más peligrosas en las que ha participado el «Groupe d'Intervention de la Gendarmerie Nationale». Aunque su lista de intervenciones es larga e incluye la liberación de un avión de pasajeros apresado por un grupo extremista en 1994 y el rescate de una treintena de niños en 1976 de las garras de cinco terroristas.

Los juegos de la sangre

Para hallar el origen del GIGN es necesario retroceder en el tiempo hasta 1972. Y no precisamente hasta Francia, donde la lógica nos diría, sino hasta Múnich, una de las ciudades más grandes de Alemania. Por entonces, el mundo estaba viviendo un momento único pues, en una de las zonas que apenas 25 años antes había utilizado Adolf Hitler para asesinar a miles de judíos, se celebraban entonces unos juegos olímpicos en los que, incluso, participaba un equipo judío de Israel. Lo cierto es que sus integrantes no consideraban la posibilidad de ganar una medalla (pues no estaban lo suficientemente preparados), pero no les importaba. La clave era participar y saber que el hermanamiento había llegado por fin entre ambas naciones. Saber que los fusiles y las esvásticas habían quedado a un lado en favor de la tolerancia. Precisamente fue por ello por lo que se impidió a la seguridad de la villa olímpica de la región que llevase armas y se fue laxo en lo referente a la hora en la que los atletas debían acostarse. Muchos de ellos, de hecho, no dudaron en vivir alguna «aventurilla nocturna» y saltarse posteriormente la valla del recinto para meterse en la habitación sin ser vistos. Algo que las autoridades permitieron.

Fue precisamente ese contexto de tranquilidad el que aprovecharon ocho terroristas palestinos del grupo « Septiembre Negro» (el mismo que ya había acabado con la vida del Primer Ministro de Jordania Wasfi Tall hacía menos de un año) para saltar la verja y entrar en el recinto sin oposición. La falta de agentes de seguridad -la organización no se había gastado ni dos millones de dólares en ella- hizo que no tuvieran que molestarse mucho en mantenerse escondidos. No obstante, iban vestidos como atletas por si, durante el camino, se encontraban con alguien armado que tratase de detenerles. A su vez, cargaban en sus mochilas un amplio arsenal formado por varios explosivos y fusiles de asalto AK-47. Sin mayores dificultades lograron entrar en la residencia que la delegación israelí compartía con varios países. Durante el trayecto, los únicos que intentaron pararles los pies cuando vieron que portaban armas fueron Moshe Weinberger (entrenador de halterofilia) y el levantador de pesas Josef Romano. Ambos se enfrentaron al grupo y ambos acabaron igual: muertos.

Un terrorista se asegura de que todo marcha según lo correcto en la villa olímpica
Un terrorista se asegura de que todo marcha según lo correcto en la villa olímpica - ABC

Minutos después, nueve de sus compañeros fueron raptados a punta de fusil y obligados a levantarse de sus camas. Acababa de comenzar el calvario de estos pobres atletas. «Alrededor de las cinco de la mañana del día 5 de septiembre, uno de los ocho terrirstas de Septiembre Negro tiró un trozo de papel por la ventana del primer piso de las instalaciones de los israelíes en la villa olímpica. El mensaje anunciaba que la organización tenía a nueve rehenes israelíes que morirían si Israel no liberaba a los 200 prisioneros de la OLP [ Organización para la Liberación de Palestina]», explicaba Yaser Arafat en sus memorias. Aunque el líder político falla en la estimación (en realidad fueron 234 los reos que pretendían que se liberasen de las cárceles) lo cierto es que en lo demás estuvo acertado. Tras recibir aquel mensaje, el gobierno germano se puso a trabajar y contactó con Israel para saber si se contemplaba la puesta en libertad de los prisioneros.

Sin embargo, la respuesta fue negativa. «La Primer Ministro, Golda Meir, fue tajante: Israel no haría ninguna concesión. […] Un miembro del comité olímpico alemán, Walther Troger, se ofreció en reemplazo de los rehenes, pero los terroristas no lo aceptaron». explica la periodista Joanna Wurmann en « Paso a paso. El atentado de Munich, 1972» (publicado en «La palabra israelita»). Así comunicó de manera oficial el gobierno alemán la respuesta de Israel en 1972 (según publicó el diario ABC el día posterior al rapto): «El Gobierno israelí había comunicado a las autoridades alemanas su “decisión política”, inquebrantable, de no poner en libertad a los 200 prisioneros árabes que solicitaban los terroristas palestinos, ni siquiera a uno solo. A continuación, la Policía alemana intentó el canje de los rehenes por varias personalidades alemanas que se habían prestado voluntariamente, así como el entregarles la suma de dinero que pidieron, fuese la cantidad que fuese, y dejarles libre salida de Alemania si entregaban a los rehenes, lo cual fue rechazado por los terroristas palestinos». La situación se ponía difícil, pues que se derramase sangre en suelo germano con las heridas de la Segunda Guerra Mundial aún supurantes era un terrible golpe para Alemania.

Dos terroristas de «Septiembre Negro», vigilando
Dos terroristas de «Septiembre Negro», vigilando - ABC

Mientras todo aquello se sucedía en la villa olímpica, el país envió al jefe de policía de Múnich, Manfred Schreiber, a negociar con los terroristas. Este vivió una situación esperpéntica cuando tuvo que hablar con un sujeto de traje blanco y la cara ennegrecida por el betún. Era «Issa», el jefe del grupo terrorista, quien siempre andaba con Tony -su lugarteniente- entre las faldas. Los captores establecieron en principio un plazo límete (hasta las ocho de la mañana) para que se gestionase la liberación de los reos. De lo contrario, y según dijeron, comenzarían a masacrar a los atletas judíos. No obstante, aquel tiempo fue considerado imposible por las autoridades. Al final, tras minutos y minutos de charla, el comisario germano logró ampliar el tiempo hasta las doce del mediodía, pero lo cierto es que esas horas tampoco fue posible lograr colaboración del gobierno judío. Así pues, las autoridades alemanas no pudieron ofrecer nada a los captores.

Sin poder cumplir las exigencias de los terroristas, estos «movieron ficha». «Las exigencias cambiaron, los palestinos demandaron un transporte aéreo para huir al Cairo (aunque Egipto ya había dicho que no se involucraría en el hecho) y un bus que les trasladara a dos helicópteros [para llegar al aeropuerto]», añade la reportera. Arafat también tuvo unas palabras para este suceso en sus memorias: «Alrededor de las diez de la noche, los terroristas y sus rehenes habían sido conducidos en dos helicópteros al aeropuerto militar del Fürstenfeldbruck. Allí, a unos 150 metros de la zona de aterrizaje, estaba esperando un “Boeing” 727 con las luces encendidas, para llevarles a El Cairo. Aunque sospechaban que podía tratarse de una trampa, los terroristas habían sido informados de que Egipto había acordado retener a los rehenes hasta que el gobierno israelí dejara en libertad a los miembros del OLP».

Un plan desastroso

La situación era difícil para la policía germana, pues el país no se había enfrentado anteriormente a una situación similar y, por tanto, los agentes no estaban preparados para responder de forma efectiva a ella. De hecho, el plan ideado por la policía fue, cuanto menos, poco trabajado. «Los alemanes planeaban una emboscada. Por un lado, cinco francotiradores esperaban en el lugar, pero ellos no contaban con lentes de visión nocturna, por lo que su visibilidad era poca y, como se descubriría después, tampoco con la experiencia necesaria. Por su parte, la policía germana permanecía dentro del 727 disfrazada de tripulación esperando la orden para atacar», añade la reportera israelí. La estrategia puede parecer efectivo actualmente, pero en la práctica se transformó en un desastre. Y es que, los encargados de disparar contra los objetivos no eran tiradores de élite y no contaban con el armamento necesario para hacer un tiro de precisión (de hecho, y según se dijo después, no estaba equipados ni con los fusiles de adecuados). Por su parte, el equipo que aguardaba en el avión terminó poniéndose de acuerdo y decidió salir por piernas al discernir que aquello les podía costar la vida.

Una de las ráfagas mató al policía alemán y destruyó la emisora del aeródromo

Aun así, el plan continuó sustentándose en los cinco tiradores. Así definió lo sucedido en 1972 a la prensa (tal y como publicó ABC el día después de la tragedia) el vicepresidente de la policía de Múnich: «Los dos helicópteros aterrizaron a las 22:35 e, inmediatamente, de cada uno de ellos saltó un terrorista que se dirigió a inspeccionar el aparato de Lufthansa, que se encontraba a unos 150 metros de distancia. Otros dos terroristas salieron de los aparatos y, con ellos, los tripulantes alemanes. Todo el campo de aviación estaba perfectamente iluminado. Los dos primeros terroristas entraron en el avión de Lufthansa y poco después volvieron a salir, dirigiéndose nuevamente hacia los helicópteros». Ese momento fue el que aprovecharon los tiradores para disparar sobre ellos. Los dos enemigos cayeron después de aquella ráfaga mortal, lo mismo que un tercero al que no le dio tiempo a cubrirse en el interior del helicóptero. Sin embargo, la alegría pronto se transformó en desesperación para los agentes. «Otro terrorista [que había salido fuera] y que probablemente era el dirigente del grupo, logró parapetarse debajo de un helicóptero y comenzó a disparar con su fusil ametrallador contra la Policía. Una de estas ráfagas es la que mató al policía alemán y destruyó la emisora del aeródromo. No se descarta que al mismo tiempo dispararan también los terroristas que estaban en los helicópteros “dentro y hacia fuera de los aparatos”», añadía el político entonces.

El primer asalto se había librado, pero todavía quedaban por vivirse los momentos más desesperantes. A las 22:50, los agentes alemanes solicitaron a los terroristas que se se rindiesen en tres idiomas. Sin embargo, no obtuvieron ninguna respuesta. Todo quedó en silencio hasta la media noche, momento en que uno de los terroristas salió corriendo del helicóptero con una granada en la mano. Le acompañó el líder del grupo, que aún permanecía bajo uno de los aparatos. Ambos fueron alcanzados por los disparos de los agentes, pero decidieron marcharse al otro mundo dejando un trágico recuerdo. «La granada que llevaba el terrorista hizo explosión y uno de los helicópteros comenzó a arder. Los bomberos intentaron acercarse a apagar el fuego y fueron dispersados por los disparos de los terroristas con vida. La Policía, provista de tres coches acorazados, logró reducir a tres terroristas». Desgraciadamente, para entonces la suerte ya estaba echada y habían muerto (ya fuera por culpa de la explosión, o por las balas) los nueve atletas, así como cinco de los terroristas (el resto fueron capturados). La situación había terminado en tragedia. En parte, y según se dijo después, por la falta de experiencia de la policía, aunque desde Alemania se dijo después que «Nada podría haber salvado la vida de los rehenes».

Los grupos antiterroristas y el GIGN

Esta violenta acción dejó conmocionada al mundo, pues se había iniciado una nueva era de delincuencia: la de aquellos que exigían ventajas políticas asesinando de forma selectiva civiles. Fueron muchos los países que se replantearon entonces la necesidad de crear un cuerpo policial capaz en acabar rápida y eficazmente con situaciones en las que estuvieran involucrados rehenes. Así nacieron, inspirados en antiguas unidades especiales de los ejércitos estadounidense y británico, muchos grups policiales y militares dedicados a combatir el terrorismo. «El objetivo de una unidad antiterrorista es hacer frente a situaciones extremas que otras unidades convencionales no pueden resolver. Para ello, cuentan con un equipamiento -tanto en lo referente a armamento como a vehículos, así como con su entrenamiento- específico para poder solventar las dificultades que puedan hallar Su labor es actuar cuando la situación ya se ha sucedido y con el objetivo de evitar que se produzcan victimas. Por ello, hay que tener claro que no están destinadas a prevenir la delincuencia -para eso ya están los agentes al uso- sino a evitar que no se produzcan muertes de civiles en una situación de extrema violencia fomentada por un grupo terrorista», explica, en declaraciones a ABC, José Luis Hernández Garvi, divulgador histórico, estudioso de las unidades especiales y autor de libros como « Héroes, villanos y genios».

Precisamente una de las regiones más veloces en idear una unidad especial de este tipo fue Francia, el mismo país que ahora vive sus horas más aciagas por culpa de la infame bota del terrorismo. Concretamente, la unidad fue llamada «Comando Regional de Intervención» (ECRI) -embrión del futuro «Groupe d'Intervention de la Gendarmerie Nationale»- y nació exactamente el 10 de marzo de 1974 con el objetivo de responder rápidamente y de forma efectiva a cualquier ataque terrorista que se sucediese en territorio nacional. «Parte de la Gendarmería, la policía francesa a nivel nacional, la idea es que pudiese intervenir decisivamente en un acto terrorista de grandes dimensiones en apenas dos horas», explica Samuel M. Katz en su libro « Global Counterstrike: International Counterterrorism». En principio, se determinó que aquellos que fueran seleccionados para esta unidad (unos «locos amantes del peligro», como se dijo luego) permanecerían ubicados en una comisaría de París para, posteriormente, dirigirse hasta cualquier parte de la región si se sucedía algún ataque que no pudiera ser contenido por las fuerzas de seguridad habituales. El comando, según se decía, era de «atletas entrenados» y tiradores de grandes capacidades.

Vehículo del GIGN con un grupo de intervención
Vehículo del GIGN con un grupo de intervención - GIGN.FR

El encargado de organizar el grupo fue el capitán Christian Prouteau, entonces instructor de grupos de asalto de la Gendarmería. «Puede parecer inverosímil, pero se me dijo que pusiese en marcha una unidad anti toma de rehenes. Los medios eran inversamente proporcionales al margen de maniobra», explica el propio oficial en el documental « El GIGN de la Gendarmerie Francesa» («History Channel»). Curiosamente, y tal y como se explica en este documento gráfico, aquel primigenio GIGN comenzó siendo una unidad que buscaba la tranquilidad de la población tras los asesinatos cometidos en Múnich, y no una eficacia real. Así lo considera, al menos, el propio Prouteau: «Los chicos que vinieron eran, en principio, gallitos para lucirlos en la Gendarmería, con el carácter menos adecuado. Chicos para hacerles marcar el pasó, llevar el pelo corto...». De hecho, apenas se dio fondos al grupo, cuyos miembros entrenaban con pistolas de aire comprimido. No obstante, esta fase del grupo duró poco. Exactamente el tiempo que tardó el gobierno francés en unir el ECRI con el escuadrón de paracaidistas de Mont-de-Marsan y pasar a llamr al primero GIGN I y, el segundo, GIGN IV.

Apenas unas semanas después de la creación de estos dos grupos, estos grupos participaron en su primera acción de combate en Ecquevilly al desarmar a un loco por la fuerza. Posteriormentre, en 1976, las dos unidades se fusionaron y formaron el definitivo «Groupe d'Intervention de la Gendarmerie Nationale». Tal y como se explica en la página Web oficial del propio grupo, desde ese año hasta 1985 la unidad participó en 650 misiones en las que sus miembros liberaron más de 500 rehenes, acabaron con una docena de terroristas y arrestaron a un millar de criminales.

Acceder a esta unidad es, a su vez, sumamente difícil: «La admisión en el GIGN no es sencilla, exige trabajo duro, rigurosidad y valentía. El aspirante debe ser un policía de carrera, debe cumplir unos requisitos específicos y debe contar con un curso de paracaidismo. Su currículum y su hoja debe servicios deben, además, ser impolutas», explican los responsables del grupo en su página Web oficial. Las pruebas son sumamente exigentes. Para empezar, solo se realizan dos veces al año (en primavera y otoño) y, para poder participar en las mismas, es necesario contar con el apoyo expreso de un oficial superior. Además de las fuertes pruebas físicas (nadar, por ejemplo, 50 metros atado de pies y manos en un tiempo determinado) y los candidatos deben contar con dotes para el combate (se les exige boxear con otro miembro y vencerle). La puntería es otra de las exigencias básicas. Todo miembro de esta unidad debe superar una estricta prueba de tiro en la que se le exige que sepa «neutralizar» al enemigo de un solo disparo, pero sin matarle. Y es que, el grupo nació bajo la premisa de acabar solo con una vida en casos extremos.

Las armas más características del GIGN

1-Revólver MR-73 Manurhin.

Wikimedia
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2-HK MP5 A5.

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3-FN P90.

WIKIMEDIA
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4-Escopeta Spas 12.

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4-Fusil de asalto Famas con mira telescópica OB-50.

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Las dos acciones más determinantes del GIGN

3 de febrero de 1976

Una de las intervenciones más determinantes de este grupo se sucedió en 1976 en la frontera entre Djibouti y Somolia. Aquella triste jornada, cinco terroristas del Frente de Liberación de las Costas de Somalia secuestraron un autobús cargado con unos 30 niños. Aproximadamente a las cuatro de la tarde, el oficial al mando de la unidad del GIGN ordenó disparar a la vez a los cuatro enemigos que, según creían, había dentro del vehículo. Todos fueron asesinados. Sin embargo, un quinto (que no había sido distinguido por los policías) se atrincheró dentro y acabó con la vida de una prisionera, la pequeña Nadine. El enemigo finalmente fue abatido, aunque los miembros de la unidad terminaron su primera y más destacada misión pesarosos por no haber podido salvar a la niña. Aún así, fueron recibidos como héroes.

26 de diciembre de 1994

En plena navidad, el GIGN participó en una de sus misiones más conocidas a nivel internacional. Aquel trágico día una unidad de este grupo operativo liberó un avión (un A-300) procedente de Argel y secuestrado por cuatro terroristas. En el interior del aeroplano había unos 173 inocentes. El grupo accedió al avión a las 17:12 de la tarde. Tras dos jornadas de tensión internacional, la situación finalizó gracias al «Groupe d'Intervention de la Gendarmerie Nationale».

Así narró ABC lo sucedido tras la liberación de los rehenes el día 27: «Después de dos jornadas de pesadilla en las que los secuestradores asesinaron a cuatro pasajeros para intimidar a las autoridades, las fuerzas de élite entraron por la fuerza en el avión, lanzando granadas junto a la puerta delantera del aparato y disparando desde varias posiciones. En la acción fueron abatidos los cuatro secuestradores, en tanto que resultaron heridos siete policías, seis pasajeros y el piloto del avión, que se encuentra en estado muy grave. Un violento final para una siniestra pesadilla». Por desgracia, uno de los agente fue alcanzado en el brazo, perdió la movilidad en el mismo y acabó su carrera como oficial de campo.

Cuatro preguntas a José Luis Hernández Garvi

1-¿Son duras las pruebas que debe pasar un miembro de una unidad especial?

Sí. Son pruebas tanto físicas como psicotécnicas que incluyen conocimientos en artes marciales, nociones de supervivencia en territorio enemigo, conocimientos de primeros auxilios, paracaidismo (en la mayoría de los cuerpos) y, en muchos casos, se les examina también de submarinismo de combate. Todos estos rasgos forman al soldado perfecto que, posteriormente, se especializa dentro de la unidad en un campo concreto (francotirador, experto en explosivos...).

2-¿Qué diferencias hay entre una unidad policial antiterrorista y una unidad militar antiterrorista?

Puede parecer de perogrullo, pero la única diferencia es que una ha participado en acciones de carácter militar y otra no. El SAS, por ejemplo, tiene una amplia tradición militar en escenarios como las Malvinas, Irak, Afganistán o Irlanda del Norte. Por su parte, las unidades policiales se dedican a llevar a cabo acciones de combate urbano. Con todo, la separación entre unas y otras es cada vez menor. Un claro ejemplo son los SWAT, que están cada vez más militarizados por su equipamiento aunque son un grupo policial.

3-¿De cuántos miembros debe componerse el perfecto grupo de intervención?

A partir de 4 hombres. Este número fue instaurado por el SAS británico, que usó el modelo de los Boinas Verdes estadounidenses. Ellos usaban grupos de 4 combatientes con unos rasgos generales y, a su vez, expertos también en un campo militar concreto. Con todo, en la actualidad el grupo perfecto debe formarse de aproximadamente 8 u 9 hombres. De esta forma, se puede contar con un equipo de apertura que de acceso (con ariete o explosivos) al interior del lugar; otro que entre y, finalmente, uno que cubra a los otros dos mediante fusiles de precisión.

4-¿Cuál es el escenario más difícil al que puede enfrentarse un miembro de una unidad especial?

Sin duda, el momento en el que tiene que tomar al asalto un avión. El avión es un espacio muy reducido en el que las entradas suelen estar controladas por los terroristas, que también pueden apreciar desde el aparato si alguien intenta acceder a su interior. A su vez, moverse por unos pasillos estrechos como los de un aeroplano es de suma dificultad para los grupos de intervención. Finalmente, deben utilizar vehículos específicos para poder acceder al aparato debido a que sus entradas no están a ras de suelo.