Eva Clarke, en los brazos de su madre
Eva Clarke, en los brazos de su madre - RBA
Segunda Guerra Mundial

«Yo nací en un campo de concentración nazi»

ABC entrevista a Eva Clarke, una de las pocas niñas que logró sobrevivir a las matanzas de bebés que los alemanes practicaban en Mauthausen

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Un 29 de abril de 1945. Esa fue la fecha en la que vino al mundo Eva Clarke, quien cuenta hoy con 70 veranos a sus espaldas y en cuyo documento de identidad figura Austria como lugar de nacimiento. En principio, estos dos datos no tendrían por qué llamar la atención ni ser extraños. No obstante, la realidad es muy diferente, pues esta mujer -que hoy tiene familia e hijos- nació en Mauthausen, uno de los campos de concentración más sanguinarios que los nazis tenían en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

Lo hizo, además, en un carromato lleno de mujeres enfermas de tifus al que los germanos arrojaron a su madre al no percatarse -debido a su desnutrición- de que estaba embarazada. Con todo, y a pesar de que pudo haber fallecido a manos de los hombres de la esvástica (quienes solían asesinar a todos los niños judíos que eran alumbrados), la pequeña logró sobrevivir a la contienda y tener una vida próspera tras la barbarie perpetrada por Adolf Hitler.

La historia de Eva y la de su madre, la checa Anna Kauderová, es una de las tres que ha recopilado la escritora y periodista « Wendy Holden» en su último libro, « Nacidos en Mauthausen» (editado por « RBA») tras realizar varias entrevistas personales a estas supervivientes. En el, esta autora inglesa narra la vida de tres mujeres (Priska, Rachel y la propia Anna) que se vieron obligadas a dar a luz a sus hijos en un campo de concentración arriesgándose a que sus pequeños fueran asesinados por los miembros de las SS.

El texto es sumamente sobrecogedor y, además, ha logrado reunir de nuevo a Hana, Pete y la misma Eva (los tres bebés que vinieron al mundo en Mathausen) varias décadas después de que la 11ª División Acorazada de los Estados Unidos liberase la zona el 5 de mayo de 1945. Por entonces apenas había pasado una semana desde que Clarke había venido al mundo y no sabía lo que sucedía a su alrededor. Sin embargo, ese breve espacio de tiempo marcó su vida para siempre.

Eva viene al mundo

Para entender la historia de Eva Clarke es necesario conocer antes la de su madre, a la que todos llamaban Anka. Esta mujer, natural de la República Checa y sumamente jovial antes de la llegada de Adolf Hitler al poder, fue encarcelada en el gueto de Terezín (a pocos kilómetros de Praga) por ser judía. Allí, y a pesar de que estaba penado con la muerte, se quedó embarazada y tuvo un bebé que falleció a las pocas semanas debido a una grave enfermedad.

En junio de 1944, embarazada de nuevo, fue trasladada a Auschwitz, donde logró eludir los exámenes del cruel doctor Josef Mengele (que ansiaba encontrar mujeres con un pequeño dentro para poder experimentar con ellas) y esconder su incipiente tripa para que ninguna de sus compañeras la delatase. Tuvo suerte pues, si los soldados de las SS se hubieran percatado de ello, la hubieran torturado y asesinado por mentir al apodado «Ángel de la muerte».

Puedes leer la historia completa de Anna Kauderová en el siguiente enlace: « La heroica judía que evitó que los nazis practicasen la eutanasia a su bebé en un campo de concentración»

A finales de abril, y tras sufrir todo tipo de penurias, Anka fue enviada a Mauthausen, un campo de concentración ubicado en el norte de Austria que era conocido por su apelativo de «Quebrantahuesos» debido a las duras condiciones en las que se obligaba a trabajar a los presos. El 29 de ese mismo mes la judía arribó al lugar después de un viaje aprisionada en un tren fétido junto a miles de reos.

La llegada le impactó tanto que, de improviso, empezó a sufrir contracciones y se puso de parto. La noticia cogió por sorpresa a los nazis quienes, debido a la desnutrición de la joven (entonces de 27 años) y a que la ropa que llevaba era sumamente ancha para su cuerpo, no se habían percatado de su embarazo. Sin saber por qué gritaba de esa forma aquella presa, los soldados de las SS la arrojaron a un carromato lleno hasta los topes de cuerpos esqueléticos llenos de tifus. Fue allí, precisamente, donde fue alumbrada la pequeña Eva.

Eva vino al mundo cuando la noche llegaba a Mauthausen, entre enfermedades y en un campo de concentración que ya se había llevado las almas de miles de personas. Pero ni la suciedad, ni saber que su bebé podría dejar este mundo en cualquier momento a manos de los alemanes, privó de la alegría a Anka. Rebosaba felicidad junto a su bebé. No obstante, sabía que no tardarían en quitárselo de entre los brazos.

Verja exterior de Mauthausen
Verja exterior de Mauthausen

Lo cierto es que tuvo suerte, pues lo que la checa no sabía es que, por aquellas fechas, los nazis andaban ya terriblemente acongojados por la inminente llegada de los aliados a Austra. Realmente podían estarlo, pues habían cometido todo tipo de infamias en sus « centros de reubicación» (como solían llamar a los campos de concentración) y sentían pavor ante la idea de que los reos informasen a los libertadores de todas las penurias a las que habían sido sometidos.

Quizás por eso, o quizás por mera suerte, Kauderová fue llevada junto a su recién nacido hasta la enfermería del campo (la «Sanitatslager»). «Para cuando llegamos, los alemanes estaban asustadísimos y empezaron a darnos de comer. El día anterior nos habrían matado sin miramientos y, de pronto, todo se había arreglado y éramos el “pueblo elegido”», explicó la propia Anka en declaraciones recogidas en el libro de Holden.

Tales fueron las atenciones de los miembros de las SS, que la mujer llegó a afirmar que eran demasiado «empalagosos». Con todo, el júbilo se adueñó de Anka, pues los nazis no amenazaron en ningún momento con asesinar al retoño y, por el contrario, hicieron llamar a un médico para que le hiciese un examen médico y determinase su sexo. Según dijo erróneamente, era un niño.

La liberación de Mauthausen

Pasaron los días mientras Anka y su bebé trataban de sobrevivir en la enfermería. Por suerte, el destino quiso que, a pesar de la desnutrición que sufría, la checa tuviera suficiente leche en sus senos como para poder alimentar a su pequeño. Así lo hizo mientras que, en el exterior del campo, la tensión de los alemanes podía palparse. La causa era obvia: los americanos habían entrado en Austria con el cuchillo entre los dientes y se disponían a llegar hasta el pueblo de Mauthausen para descargar todo su odio acumulado sobre la guarnición que defendiese el lugar.

El temor de los nazis terminó materializándose cuando, el 5 de mayo de 1945 (varias jornadas después del suicidio de Hitler) una escuadra de reconocimiento de los «Thuderbolts» (una unidad perteneciente a la 11ª División Acorazada de los EE.UU.) arribó al campo de concentración. Aunque aquellos libertadores apenas superaban la veintena y solo portaban seis vehículos, debieron asemejarse a un ejército completo para los reos, ansiosos de ver algún cuerpo uniformado que no fuese germano.

Curiosamente, los norteamericanos acudieron al lugar pensando que era una gigantesca fábrica, pero cuando se percataron del horrible hedor que emanaba de allí -y ante las peticiones de la Cruz Roja- decidieron subir hasta la cima de la loma para investigar de primera mano qué era aquel complejo de casas. Cuando llegaron no pudieron creer lo que vieron: esqueletos andantes y semidesnudos, cadáveres por doquier y algún que otro germano dispuesto a rendirse.

Presos de Mauthausen, vestidos con harapos
Presos de Mauthausen, vestidos con harapos

Así narró aquel traumático suceso el capitán Alexander Gotz -del Destacamento Médico del 41º batallón de Reconocimiento de Caballería Blindada perteneciente a la 11ª División Acorazada- en un dossier publicado en la página oficial de esta unidad. «Era un día cálido y soleado de la primera semana de mayo. Mi conductor, Edwards, avanzó por el camino serpenteante del pueblo de Mauthausen -en el Danubio- hacia la cima de la colina donde se alzaba el campamento. A mitad de camino notamos un olor dulzón que se hizo más fuerte cuando nos acercamos a la cumbre, y que era sin lugar a dudas el de los cuerpos en descomposición».

También dedicó varias frases al dantesco espectáculo que encontró tras los muros del campo. «Cuando comenzamos a trabajar nos percatamos de la inmensidad de los horrores cometidos por los alemanes […] El sufrimiento y las muerte fueron de tal magnitud que la expresión “pena” se queda corta para describir el lugar. […] Pasamos de barracón en barracón […] Encontramos muchos muertos en literas triples junto a personas que estaban demasiado débiles como para arrastre fuera de allí. La mayoría de ellas murieron cuando las sacamos a la calle. También encontramos un gran número de cadáveres rígidos, apilados como leña. Estos se correspondían con aquellos muertos que no habían sido quemados todavía por los alemanes en los hornos crematorios por falta de tiempo», añade el militar.

Para saber más: Veinte formas de vivir y morir en el infierno nazi de Mauthausen

Durante su «visita» al campo, los americanos entraron en la enfermería y se dieron de bruces con Anka -quien pesaba por entonces unos 30 kilos- y su bebé -de 1 kilo y medio-. Aquella visión les asombró tanto que, tras dar a ambos de comer, les sacaron fotografías y grabaron algunas imágenes para un documental. Muy probablemente, pruebas para atestiguar que lo que allí había ocurrido era real, y no un macabro cuento sobre el infierno.

Casi de forma instantánea, y en cuanto vio que aquellos «niños» con uniforme (pues para ella todos eran sumamente jóvenes), la checa pidió a los médicos del grupo que dieran un baño a su pequeño. Fue entonces cuando uno de ellos le dio la buena nueva: el retoño era realmente una niña. La mujer no pudo ser más feliz: «¡Me quedé encantada!¡Siempre había querido una niña! Era como un angelito», señalaba la propia madre.

Anka, la madre de Eva
Anka, la madre de Eva

Solo le quedaba una tarea, ponerle nombre, y no tardó en hacerlo. Su redescubierta hija sería conocida como Eva debido a que era un nombre que no se podía abreviar y no tenía traducción en otros idiomas. Tan feliz estaba por la llegada de sus libertadores y por aquella noticia, que decidió además que cambiaría la fecha de nacimiento de su pequeña y esta pasaría a cumplir años el 5 de mayo, el día de la liberación del campo de concentración.

La pequeña Eva, en casa

Después de pasar varios días en la enfermería recuperándose de lo sucedido entre esos terribles muros, Anka por fin pudo abandonar por su propio pie aquel centro de exterminio como una mujer libre. Lo primero que hizo fue bajar la colina sobre la que se había construido Mauthausen y acudir a la oficina de registro de la ciudad para que Eva recibiese un certificado de nacimiento (un «Geburtsurkunde»). En él se determinó que el lugar en el que la pequeña había venido al mundo había sido, literalmente, el «Antiguo campo de concentración de Mauthausen».

Junto a ese documento y a otros tantos como un carné provisional de identidad y otro que certificaba que habían sido presas de los nazis, la checa partió hacia Praga el 20 de mayo. Su objetivo era regresar a su antiguo hogar y esperar allí la llegada de Bernd, el padre de Eva. Este, por su parte, se encontraba en paradero desconocido desde que los nazis le habían llevado a Auschtwitz. Anka sabía que ese nombre era sinónimo de muerte, pero aún así no perdía la esperanza.

Pocos días después de comenzar su periplo, la feliz pareja llegó a Praga, donde, desgraciadamente, Anka se percató de algo en lo que nunca había pensado durante toda la guerra: no sabía si le quedaba un hogar al que regresar y una familia sobre la que apoyarse. Para su desgracia, pronto descubrió que sus más allegados habían sido asesinados por los alemanes. Desde sus padres, hasta sus tios.

Holden y Clarke, durante la presentación
Holden y Clarke, durante la presentación

Fue especialmente duro para ella saber que Bernd había dejado este mundo, muy probablemente, durante una de las denominadas « marchas de la muerte» alemanas (unos viajes en los que las SS obligaban a andar kilómetros a los reos de un campo de concentración a otro para evitar que los aliados los descubriesen al liberar la zona). Sola y con una pequeña a su cargo, terminó acudiendo a la casa de una prima lejana para poder tener algo de calor humano. Meses después, contrajo matrimonio con un piloto aliado.

En los siguientes años la pequeña Eva fue creciendo y un día su madre decidió desvelarle que había nacido en un campo de concentración. Lejos de causar estragos en la niña, aquella noticia le sorprendió tan positivamente que, durante algún tiempo, se jactó de ello frente a sus amigas (muy probablemente, y como la propia Eva señala en la actualidad, porque no sabía muy bien qué significaba).

Tampoco le afectó mucho saber que tenía «dos papás», algo de lo que también presumió durante su infancia. «En ese momento me di cuenta de que nada podría hacerle daño», explicaba Anka. Sin embargo, cuando tuvo más edad si le dolió sumamente el saber que Bernd había caído presa de los germanos. Con todo, nunca tuvo demasiado tiempo para pensar en ello, pues pasaba sus días estudiando o de viaje. Y es que, tanto ella como su madre se terminaron mudando en varias ocasiones para seguir al nuevo cabeza de familia.

Eva dedicó su vida a la docencia antes de jubilarse

«En 1968, con 23 años, Eva se casó con Malcolm Clark, un gentil que acabó siendo profesor de Derecho en la Universidad de Cambridge. La pareja tuvo dos hijos, Tim y Nick, y tres nietos -Matilda, Imogen y Theo-. Anka los conoció y los quiso a todos. “Fue maravilloso para mi madre -cuenta Eva- Todavía no había conseguido creer que hubiéramos sobrevivido y, de pronto, tenía dos nietos que le dieron bisnietos. Era un milagro”», explica Holden en su libro.

En las décadas siguientes, Eva visitó todos los lugares en los que había vivido su madre durante su cautiverio (desde el gueto de Terezín, hasta Mauthausen) y dedicó su vida laboral a la enseñanza. En la actualidad, viaja por el mundo contando la historia de su madre y la de ella misma. De hecho, suele colaborar con la Asociación Educativa del Holocausto (HET) y visita regularmente Auschwitz con estudiantes y profesores para narrar las vivencias de Anka allí. Su progenitora, desgraciadamente, ya no puede hacerlo, pues falleció a los 96 años.

Siente preguntas a Eva Clarke

Pregunta: ¿Cuándo oyó hablar del nazismo por primera vez?

Respuesta: «Me resulta muy difícil decirlo con exactitud. No lo recuerdo. Probablemente oí hablar a mi madre de nazismo en alguna ocasión. También tuvo constancia de él gracias al “Diario de Ana Frank”, que me permitió hacerme una idea de cómo era esta ideología. Eso sí, para mi madre significaba lo mismo alemán que nazi, lo cual es comprensible dadas las circunstancias».

¿Cómo fue la vida para ustedes después de Mauthausen?

«Nuestras vidas fueron... felices [Ríe]. Mi madre siempre dijo que volver a Praga después de lo sucedido en el campo de concentración de Mauthausen fue uno de los peores momentos de todos esos años porque nunca, hasta entonces, se había permitido el lujo de pararse y pensar lo que le había sucedido a sus seres queridos. Cuando llegó se enfrentó al hecho de que prácticamente no quedaba ningún miembro de su familia vivo. Esto le resultó durísimo».

¿Tuvieron contacto con alguien de su familia que sobreviviera al Holocausto?

«Bueno. Mi madre se enteró de que una de sus primas había sobrevivido y había vuelto a Praga. Entonces la buscó. Reunió dinero para coger el tranvía y se fue a buscarla al piso en el que había vivido antes de la guerra. Por suerte la encontró allí. La verdad es que pudimos tener un núcleo familiar, aunque fuese muy pequeño, en el seno del cual poder superar todo lo que había pasado. Hubo mucha gente que no tuvo nisiquiera eso, que estuvo sola al acabar la guerra».

¿Tuvo su madre rencor hacia Alemania?

«Mi madre nunca fue capaz de dirigirse o hablar con alemanes de su generación. No quería tener nada que ver con ellos. Sí pensaba que, si eran sospechosos de haber cometido crímenes de guerra, debían ser juzgados aunque tuviesen 80 o 90 años. Ella creía que ser ancianos no los eximía de juicio y que debían ser juzgados y condenados a la pena que fuese oportuna. Sin embargo, no tenía ningún problema con los alemanes más jóvenes. Alemanes que, según ella, no habían tenido nada que ver con la guerra. Era algo que había sucedido antes de su nacimiento y nunca fue tajante con respecto a ellos».

Eva, durante la entrevista
Eva, durante la entrevista

Oskar Groening (más conocido como el «Contable de Auschwitz») acaba de ser condenado por sus crímenes ¿Cree que existe el perdón para los soldados nazis?

«El tema del perdón es muy difícil. La ética cristiana cree en que hay que perdonar, cree en el perdón, pero es un tema muy complejo. Mi madre decía que los únicos que pueden perdonar son los muertos. No tengo una respuesta tajante sobre ello».

Hace poco se ha descubierto que, cuando los americanos entraron en el campo de concentración de Dachau, se vengaron de los soldados nazis que guardaban el lugar torturándoles ¿Considera esta práctica reprochable?

«No lo sé. Es muy difícil de decir. No sé cómo reaccionaría si hubiese pasado todo lo que mi madre pasó y si me hubiese visto en esas circunstancias. No lo justifico, pero tampoco lo condeno. Cuando los americanos (los aliados) liberaron los campos de concentración se encontraron con muchísimos actos de venganza que estaban cometiendo los propios presos contra los «kapos», prisioneros que, en teoría, eran de sus mismas nacionalidades pero que habían colaborado con los nazis en la gestión de los campos de concentración. Hubo muchos asesinatos, violencia y actos de venganza por parte de los reos. Los americanos fueron testigos de ello, de multitud de hechos así. No hicieron nada al respecto, no les ayudaron, pero tampoco les detuvieron».

¿Ha salido algo bueno de su historia?

«Lo bueno que se puede extraer de esta historia es la esperanza y la educación. Enseñar que no se puede castigar a alguien porque sea distinto a ti y que, quien lo haga, será juzgado y será condenado a morir».